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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 5 de abril de 2026

Lo que votan los que botan / por Carlos Esteban


'..Es una curiosa paradoja que sea en una democracia, supuestamente el gobierno del pueblo, donde mayor sea la distancia entre lo que siente, piensa y vive el común y lo que expresa el poder..'

Lo que votan los que botan

Carlos Esteban
Hay un ritual moderno que aborrezco más que muchos otros, una ceremonia de humillación del sentir popular que se ha multiplicado como una plaga en el último lustro. Me refiero a las falsas expresiones de indignación de nuestras élites.

Lo que lo hace aún más repulsivo es que a menudo va emparejado con el desprecio y la condena de expresiones genuinas y verdaderamente populares de indignación razonable.

El estallido de justa ira por una violación se denigra como un acto de racismo; si se protesta en voz alta contra la denigración de nuestros símbolos nacionales o religiosos, siempre hay un gurú de guardia en cualquier redacción comprada para recordarnos que nuestra rabia es vergonzosa y ridícula.

Pero detalles que apenas nadie se molestaría en reseñar, gestos menores y perfectamente explicables en un pueblo al que ni siquiera le dejan quejarse en paz, son recibidos por nuestras autoridades como si se tratase de crímenes de lesa humanidad.

Y no es lo malo aquí que reflejen una sensibilidad extrema o equivocada. Lo sulfurante es que expresan lo que no sienten, lo que no pueden de ninguna manera sentir, lo que saben que sabemos que ni siquiera se creen. Se nos quiso convencer, ¿recuerdan?, que el beso fugaz y aparentemente consentido de Rubiales a Jenni en la euforia de una celebración merecía más páginas de condena implacable que una violación grupal.

El escándalo del día ha consistido en que, durante un partido de la Selección Española contra Egipto, una parte de la grada ha coreado algo tan atrozmente blasfemo como esto: «¡Musulmán el que no bote!». Ningún insulto, ninguna ofensa. Casi la más inocente de las invectivas que se me podrían ocurrir en la habitual combatividad verbal del público en una competición deportiva. Pero, en un país cuya casta gobernante se lleva hasta los ceniceros y relativiza muertos en riadas y accidentes ferroviarios, se nos quiere persuadir que estamos ante un crimen colectivo.

Uno puede lamentar la piel delgada como un papel de fumar y ultrasensible de un sujeto, o quejarse de su epidermis de elefante, insensible a las ofensas propias o ajenas. Pero lo que padecemos es una absoluta insensibilidad para lo que ofende al común unida a la susceptibilidad de la princesa del guisante ante explosiones verbales de una plebe que bastante poco dice para lo que aguanta.

Este tipo de escándalos falsificados, de ficciones evidentes que estamos obligados a creer para ser contados entre los ciudadanos decentes, no hace otra cosa que ensanchar una sima entre el pueblo y la casta gobernante que es ya insalvable. Es una curiosa paradoja que sea en una democracia, supuestamente el gobierno del pueblo, donde mayor sea la distancia entre lo que siente, piensa y vive el común y lo que expresa el poder. No es ya cuestión de grado, sino de naturaleza: vivimos en realidades que ni siquiera se rozan.

Pero la tensión no puede mantenerse para siempre, por algún lado tiene que saltar.

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