
Una compañera de los cursos de doctorado, allá por 1993, en el Departamento de Historia Moderna de la Universidad Complutense, que era japonesa y estudiaba algún tema específico sobre la política española en el Pacífico, en la costa asiática, en los siglos XVI y XVII, me dio la pista. En ese contexto, cierto día entablé conversación con ella y le pregunté si en la cultura japonesa había alguna evidencia que asemejara (que explicara) y que acercara al ámbito de su civilización los valores de la tauromaquia hispana. Su contestación fue muy precisa: la novela de Yukio Mishima, Caballos desbocados (1969). Ahí quedó su consejo que al cabo del tiempo he podido comprobar al cumplir recientemente la lectura de su tetralogía, El mar de la fertilidad (1966-1971). La primera de las novelas de este empeño literario de Mishima, Nieve de primavera (1966) es una obra maestra absoluta, plena de lirismo (Mishima es un consumado poeta) y de penetración psicológica (entablada en un medio sociológico y humano totalmente diferente al de la cultura occidental). Viene a ser una novela de iniciación (Pabellón de oro también lo era) y que no sé por qué significados y planteamientos su atmósfera me ha remitido y recordado a la narrativa de Thomas Mann.
Al afrontar la segunda de las novelas de esta serie novelesca, la recomendada por aquella doctoranda japonesa allá en tiempos todavía de la juventud, la citada Caballos desbocados, fui leyendo con radar de detección de vestigios simbólicos taurinos habidos en este texto, de cariz y contenido histórico, político y espiritual. En este escrito, sumergiéndonos en la empresa comunicativa de Mishima, en su afán de ambientar, componer y materializar una obligada Restauración histórica y política de Japón y su cultura, a través de su obra literaria final (el conjunto de El mar de la fertilidad), observamos que el sentido de la muerte atraviesa continuamente la cima literaria que se propone construir. La muerte es y viene a ser para Mishima una realidad al servicio de propuestas éticas apoyadas en un sentido de restitución de la limpieza del alma individual y social, que se transmite mediante la idea y el anhelo de la pureza; cuando los actos del hombre y de su entorno están regidos por una ética máxima, en defensa de lo más prístino del ánima humana —y de la comunidad— en un pulso y aliento espiritual de componente casto, virginal, honesto, virtuoso y auténtico. La muerte como motivo de la vida; un final de la misma que da siembra para la renovación de los ciclos vitales.
En un determinado momento de la novela, cuando el protagonista (Isao Iinuma, un joven de naturaleza reencarnada) se manifiesta inserto en volcar el peso de la tradición sobre el presente histórico (la narración refiere el Japón de la década de los años treinta del siglo XX) para limpiarlo y restaurarlo: se prepara para actuar sobre la realidad. Instante en el que Mishima nos transfiere el sustrato que sustenta la explicación de cualquier ideal y tarea de la vida y del hombre: «La muerte purifica todo». El hecho de morir dignamente y el suceso de matar por rectitud y justicia se enclava en el misterio de la existencia y en el motivo que asegura que el cosmos, al que pertenecemos, exista con la garantía de unos principios de vida llevaderos, entendibles y reconfortantes. Merecedores del esfuerzo por seguir viviendo en una convivencia atildada, en culturas humanas que se han creado por medio de un por qué, con un pasado, con una trayectoria, con unos valores propios que no merecen ser transformados por las ideologías mercantiles dominantes —con sus diferentes particularidades y programaciones de mercado económico y filosófico— en el último mundo contemporáneo (Mishima las señala: ni capitalismo, ni comunismo).
En Caballos desbocados, el personaje central acomete un viaje sin retorno para conseguir su propósito de purificar a su sociedad, en pos de la defensa de la tradición. Para ello echa mano de la vía de la integridad como leitmotiv, y cuyo destino es el restablecimiento de los valores comunitarios antiguos donde habita la pureza, raíz, medio y meta, de todo quehacer humano imbricado en una determinada cultura —que posee el derecho a no ser contaminada—. No es un móvil arbitrario sino que va acompañado de un sentido y un compromiso con la historia, según la entiende Mishima, para que cada persona al acudir a ella alcance un «cuadro global de su tiempo», en cada etapa histórica, para comprenderla. Para tener una percepción fiel de la misma; a través del cotejo de épocas con sus enseñanzas, Mishima lo explica: «la visión amplia ofrecida por la historia actúa doblemente: suministra información y a la vez constituye una guía del presente» que le ayudará al hombre a formarse y a situarse en el mundo que le corresponde vivir: «El hombre atado al presente de cada día puede, sirviéndose de la visión ofrecida por la historia, que trasciende el tiempo, proporcionarse una imagen amplia de su mundo y, de tal modo, corregir su propia versión estrecha de las cosas. Tal es el fructífero privilegio que la historia ofrece a los hombres». Caballos desbocados habla de la historia (de Japón) y del recurso de la tradición para lograr los fines de convivencia y civilizatorios.
Aparte de los planteamientos meramente políticos e ideológicos que vertebran el discurrir de la novela, existen enunciados vitalistas que son los que nos permitirán acercarnos a un modo de exponer el motivo de la muerte que se podría relacionar con la existencia de la misma en el campo de la tauromaquia. Así Isao Iinuma en un determinado pasaje de su viaje vital por cumplir su misión purificadora y restablecer la pureza en su sociedad hacia 1932, se siente apremiado a depurarse espiritualmente para sobreponerse a los impedimentos que le van surgiendo en su apuesta: para que se frene —el entorno convencional le demanda que no actúe— en su acción liberadora sobre la historia de Japón. Isao dirige un grupo de jóvenes idealistas que tienen como referencia la condición y la naturaleza samurái en la versión de lo que estipuló La Liga del Viento Divino [una reacción del mundo samurái y sus principios —llevada a cabo en 1876— frente a la transformación social y económica ejercida por la Restauración Meiji —1868—, una modernización considerada por Mishima insana y contaminadora para la cultura japonesa y que había desposeído a los samuráis de sus privilegios y del uso de la espada, un símbolo patriótico el de la espada —en sus diferentes versiones y no sólo para los samuráis— mantenido desde la Antigüedad —desde la época del emperador Jimmu, en el siglo VIII a. c.—]. Isao y su grupo (Liga Showa del Viento Divino)planean una acción directa como aldabonazo social para reconducir la realidad histórica hacia lo primigenio.
La impulsiva limpieza espiritual que siente el joven Isao le guía hacia el contacto con lo venatorio y le impele al hecho de matar (cazar) un animal (un venado, o un ave), y al palpamiento de la sangre para sentir y satisfacer la lavación de su psique, de su interior, de su yo profundo; manera de avanzar en su mandato de lograr la catarsis colectiva e individual del Japón de su tiempo; inserto su país en una crisis social y económica propiciada por la apertura al exterior con la impregnación de la contaminación mercantil propia del capitalismo occidental. El animal en este escenario representa la personificación de lo perverso y mediante «su muerte» se manifestaría «la fuerza de la maldad pura» revelado «en los sombríos reflejos de la sangre derramada»[1]. Con la aniquilación de las fuerzas del mal —Isao finalmente cazará un faisán alojado en la densidad de la vegetación cercana— supera el maleficio propio de la naturaleza (los hombres y los animales se muestran en un plano diferenciado) y se exterioriza «la voluntad de actuar» en acción contrarrevolucionaria en la conquista de su ideal limpio y puro. Matar al faisán con su rifle —animal que después fue comido— se convirtió en el medio para acercarse a la parca como una confirmación de la existencia de la misma; aquí al margen de cualquier rito, sólo como fuente de conocimiento que incluye y adelanta, tras ese acto de matar —de cazar—, la comprobación de la esencia de la validez futura de la propia muerte de Isao (su cuerpo, no su ánima), en servicio público decisivo que se manifiesta y se ejecuta con el «seppuku» que él se idea realizar como medio purificador. Y como cauce una acción directa contrarrevolucionaria, de rebeldía, de reivindicación, un lance de justicia por su mano —en forma de homicidio sobre una figura pérfida del plano político— contra la corrupción en su sociedad (Japón y la perversión moderna de las finanzas y del dinero) y en su ámbito familiar (acomodado a las circunstancias y a la conveniencia). Ambos ámbitos, sin ideales ni pureza, alejados del Espíritu Yamato.
Sabemos de la relación del mundo samurái con el código ético denominado Bushido (el camino del guerrero) que comporta normas para preservar el honor y sellar la lealtad al Emperador y al compañero, con la muerte —su tangibilidad y su administración— en el centro de ese mundo que entraña valores (rectitud, respeto, valor, honestidad, lealtad, sinceridad y compasión). Virtudes que para adquirirlas requiere la vía del aprendizaje, del esfuerzo, del sacrificio, de la lucha, de la adquisición de la técnica en el combate y en el manejo de los actos personales en el medio social, en la vida real y en el entorno. Si realizamos un viaje conceptual y nos trasladamos a lo que representa y simboliza la figura del matador de toros (diestro, torero o toreador) percibimos la existencia de un código de conducta cercano al del samurái[2]. Tal vez, la idea de la muerte difiera en el mundo de la tauromaquia porque el matador (anclado en el tiempo lo venatorio, no podemos dejar de pensar en José Ortega y Gasset, La caza y los toros, 1964) es un sacerdote que como especificó Ernst Hemingway administra la muerte (lo definía así pensando en Antonio Ordóñez, en Verano sangriento, 1960) que al matar al toro tras la lidia, lo hace en una acción purificadora, para enseñanza del aficionado y del espectador para que sienta y se asiente en la realidad de nuestra existencia (que discurre entre la vida y la muerte).
La lección que se explica en la corrida de toros y que se dicta en acto público, es la relación del hombre y del animal con la muerte, como exponente de nuestro vínculo —por ser hombres— con la naturaleza, con el cosmos, con Dios o con los Dioses si hablamos de la cultura de Japón, el firmamento trascendente del que nos habla Mishima en Caballos desbocados, un territorio cultural, histórico, social, donde lo joven, la juventud, en su estadio inicial educativo, desea tener protagonismo, influir, sin apartarse de la tradición, en búsqueda de lo primigenio, de los orígenes; y actuar en la vida con verdad y pureza. En la tercera entrega de El mar de la fertilidad, en Templo del Alba (1970), al realizar un balance de lo sucedido a Isao en la novela precedente, Mishima desbroza el respeto por la tradición en la cultura española y lo confronta con el papel del progreso habido en la cultura japonesa con el periodo Meiji: «A diferencia de los españoles, que conservaron su deporte nacional de los toros pese a las acusaciones de los amantes de los animales en todo el mundo, los japoneses, cuando a finales del siglo pasado abrazó la nación una cultura y ética nuevas, consagraron sus esfuerzos a eliminar las costumbres bárbaras de las generaciones precedentes. Como consecuencia de ello, el espíritu nacional genuino y sin adulteración se hallaba subordinado y su energía emergía de vez en cuando en explosiones de violencia que repelían y alienaban a las gentes todavía más». La reflexión sobre la tauromaquia de Mishima ahí la dejamos.
Otras temáticas incluye este sueño hacedor de Yukio Mishima de El mar de la fertilidad, como una cuidada meditación sobre el budismo en su vertiente india y japonesa. Desde ese plano leemos en la última de las novelas del serial La corrupción de un ángel (1971) que la vida del hombre al final de su peregrinar (tras la reencarnación) se funde sin individualidades (sin el yo) en lo ecuménico natural; previamente se nos dice que la clave del subsistir, al margen del devenir histórico —la aculturación sufrida por Japón desde el siglo XIX—, se comprende y se discierne —por cada persona— tarde en la vida, y que consiste en saber que la carne/el hombre en sí «era enfermedad y decadencia». Que su realidad (la consciencia de este hecho para el Ser) se manifestará en un momento avanzado, en un estadio final de la vida humana (vejez), de su viaje o en la última morada, antes de que el alma se disuelva definitivamente en la creación. En el vacío: situados en el enclave filosófico oriental. En polvo si habláramos desde la perspectiva cristiana. Pero esta cavilación filosófica y religiosa pertenece a otra materia.
(Ilustración de José Manuel García Hernández. Título: Cerezo y espiga. Cera y tinta sobre papel, 2026)
[1] En la tauromaquia, en ocasiones, se ha establecido un nexo entre el toro y el mal. Llama la atención que un escritor, como José Bergamín, en cierto modo contemporáneo a Mishima, desde el lado del catolicismo viera esa implicación del toro en las fuerzas del mal —como representante de la naturaleza, y portador de verdad—; y hallara en la propia tauromaquia un sentido purificador. Véase un atisbo de ello en Rafael Cabrera Bonet, «Sobre el toro en la obra de José Bergamín», Revista de Estudios Taurinos, 29, pp. 179-220.
[2] Véase para acceder a esta temática el estudio «Bushido y tauromaquia. El caso Corbacho», Rebeca Fuentes Arcos, Óscar Escribano Muñoz y Carlos Rodríguez-Villa Rey, en Encuentros en Catay, Ediciones Catay, nº 38, 2025, pp. 511-541.
Pepe Campos
Bujalance (Córdoba), 1957. Doctor en Historia. Profesor de Historia de España y Cultura popular española en la Universidad Wenzao, Kaohsiung, Taiwán. Autor de El toreo caballeresco en la época de Felipe IV: técnicas y significado socio-cultural (Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Universidad de Sevilla, 2007), y Toreo clásico contemporáneo (Ediciones Catay, Taichung, Taiwán, 2018).
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