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jueves, 1 de marzo de 2012

Desjarretar los Toros (Curiosidades) / Plácido González Hermoso



Desjarretar los Toros 
(Curiosidades) 

Plácido González Hermoso
Una de las suertes utilizada desde épocas pretéritas para abatir los toros en los festejos, y que ha pasado a mejor vida, era la “media luna”, que consistía en un palo como el de la garrocha o vara de detener, que en uno de sus extremos llevaba colocada una media luna de acero cortante en su borde cóncavo.
El encargado de desjarretar se acercaba al toro por detrás, y de un golpe le cortaba los tendones de las patas traseras al toro.

Desjarretadera

El diccionario de Autoridades, de 1732, define así la “Desjarretadera”: “Cierto instrumento que sirve para desjarretar los toros o vacas en las fiestas que se hacen en las plazas, o en otras ocasiones en que hai precisión de hacerlo. Es compuesto de un palo del gruesso y longitud de una pica, y al fin de él una media luna de acero mui cortante, con la qual el que va a desjarretar el toro, lo executa sin riesgo”. En otra acepción dice: “Salen negros o blancos en sus caballos, con desjarretaderas al campo, y corren los toros ò vacas, y la res que hieren y cae, es suya”. Esta última definición, se refiere a una práctica de caza en las colonias americanas, descrita por Cossío y que más adelante se detalla. 

El verbo “desjarretar” lo define como: “Cortar las piernas por el jarrete o por la corva: como Desjarretar el toro”.
Alabarda con desjarretadera

Las armas que llevaban los componentes de las Reales Guardias de Alabarderos, fundados en 1506 por el coronel D. Gonzalo de Ayora, cronista oficial de Isabel la Católica, durante el reinado de Fernando el Católico, eran las llamadas “alabardas“, que incorporaban, como una de las tres utilidades de dichas lanzas, una desjarretadera. 

Esta bárbara suerte, de origen venatorio, era una práctica tan antigua y extendida, como, lo demuestran las referencias citadas en la Biblia, cuando Jacob (hacia 1.800 a.C.) antes de morir, al bendecir a sus hijos en Egipto, le dice a dos de ellos: “Simeón y Leví son hienas, instrumentos de violencia son sus espadas… porque en su furor degollaron hombres y caprichosamente desjarretaron toros”.(1)
En otro pasaje comprobamos que no solo se desjarretaban toros, como cuando los reyes del norte de Israel unidos en alianza marcharon contra Josué (sucesor de Moisés, hacia 1.200 a.C..), Yahvé dijo a Josué: “No los temas, porque mañana, a esta misma hora, yo te los daré traspasados delante de Israel: desjarretarás sus caballos y quemarás sus carros”. (2)
En el pasaje no se citan los caballos que se desjarretaron, presumiendo fueron algunos cientos o miles, como ocurrió cuando David (1.015-975? ) venció a Hadadecer, hijo de Rojob, rey de Soba, cuando iba camino para establecer su dominio hasta el Eufrates: “Tomóle David mil setecientos caballeros y veinte mil infantes; desjarretó a todos los caballos de los carros de guerra, no dejando más de cien tiros de carros…”(3).

Este mismo pasaje se especifica mejor en otro pasaje de la Biblia: “Le tomó David mil carros, siete mil caballeros y veinte mil infantes; desjarretó a todos sus caballos de tiro, no conservando más que los de cien carros”. (4)

Entiéndase que esa práctica, aunque bárbara, solo se daba con ocasión de las contiendas tribales que se sucedían con bastante frecuencia, ya que en la vida normal es reconfortante encontrar en códigos, como el de Hammurabi (1.730-1.686 a.C.), que penalizaban costumbres semejantes, como recoge su artículo 246 : “Si un señor ha alquilado un buey y le ha roto una pezuña o le ha cortado el tendón…, pagará al propietario del buey un buey equivalente” , algo parecido se legisló en las Leyes Hititas (1.500-600 a.C) y en su artículo 74 establecía: “Si alguno quiebra el cuerno o las patas de un buey, debe tomar a ese animal y dar al dueño del buey otro en buen estado”.
Entiéndase que, en pueblos agrícola-ganaderos, la pérdida de un animal tan valioso suponía perder parte de la hacienda. Por ello tanto babilonios como hititas, lo mismo que en las leyes mesiánicas, se dedicaron muchos artículos a la protección de los animales que eran de utilidad para el hombre.

Libro de la Montería, de Argote de Molina, 1582

En los siglos XV y XVI, la media luna que usaban los cazadores, llamados cimarrones en las Indias occidentales, eran “garrochas largas de veinte palmos que en la punta tienen un arma de fierro, de hechura de media luna, de agudísimos filos, que llaman desjarretadera, con la cual, dichos cimarrones, acometen a las reses al tiempo que van huyendo, e hiriéndolas en las corvas de los pies, a los primeros botes las desjarretan”, según escribe un autor de la época. (10)

La filosa media luna colocada en la punta de una tacuara y que servía para desjarretar de a caballo las reses que se quería matar, es mencionada por primera vez en una carta de Hernandarias (Hernando Suárez de Sanabria, 1561-1634, militar y Gobernador de Buenos Aires y Paraguay) del 26 de setiembre de 1621.

En esa carta, Hernandarias dice que confiscó “los desjarretaderos” de los santafesinos, al tiempo que prohibía las vaquerías hechas con único objeto de cuerear o sebear. Sobre la forma en que se usaban estos instrumentos nos ilustra, un siglo después, el Padre Cataneo en los siguientes términos:
Indios argentinos

“El sistema de que se valen para hacer en brevísimo tiempo tantos estragos es el siguiente. Se dirigen en una tropa a caballo hacia los lugares que se sabe se encuentran muchas bestias, y llegados a la campaña completamente cubierta se dividen y empiezan a correr en medio de ellas, armados de un instrumento que consiste en un fierro cortante de forma media luna puesto a la punta de una hasta, con el cual dan al toro un golpe en una pierna de atrás, con tal destreza que le cortan el nervio sobre la juntura; la pierna se encoje al instante, hasta que después de haber cojeado algunos pasos, cae la bestia, sin poder enderezarse más; entonces siguen a toda la carrera del caballo hiriendo otro toro o vaca, que apenas con el golpe se imposibilitan para huir. De este modo diez y ocho o veinte hombres solos postran en una hora siete u ochocientos. Imaginaos que destrozos harán prosiguiendo esta operación un día entero y a veces más. Cuando están saciados se desmontan del caballo, reposan y se restauran un poco. Entre tanto, se ponen a la obra los que han estado descansados, y enderezando los animales derribados, se arrojan sobre ellos a mansalva, degollándolos, sacando la piel y el sebo, o la lengua, abandonando el resto para servir de presa a los cuervos“.

Un caso curioso, en la conquista de América, nos lo cuenta Bernal Díaz del castillo (1492-1581), soldado y cronista del ejército cortesiano, quien relata detalladamente los primeros obstáculos que debieron superar las tropas de Hernán Cortés, en la conquista de Honduras: “…Desde hace unos días dimos en una sierrezuela de unas piedras que cortaban como navajas; (…)e hicieron tanto daño aquellas piedras a los caballos, que como llovía resbalaban y caían, y cortábanse piernas y brazos y aun en los cuerpos (…)allí se nos quedaron ocho caballos muertos, y los más escaparon desjarretados, y se le quebró una pierna a un soldado”.

De estas pérdidas informó Cortés a Carlos V, donde resaltaba las adversas condiciones que tuvieron que soportar a su llegada a Honduras, debido a las intensas lluvias y lo agreste de la zona, cuyas pérdidas se elevaron a 68 caballos “despeñados y desjarretados”(11)

Gauchos argentinos

En principio, los que desjarretaban los toros eran los esclavos moros, después fueron negros y mulatos, como refiere Lope de Vega en su Jerusalén:

“…que en Castilla los esclavos

hacen lo mismo con los toros bravos”.

Otro tanto acontecimiento nos relata Lope de Vega, conocido como “el Fénix de los Ingenios”, en el Acto II de su obra “El mejor maestro el tiempo”, donde describe cómo uno de sus personajes se gloría de haber infringido desjarrete a unos graníticos animales:
“Turín.- ¡Ha visto vuesa merced en aquel pradillo ameno
a los toros de Guisando?

Otón.- ¡Huélgome dello!
Pues yo los desjarreté
y al de piedra, que está puesto
en Salamanca, en la puente
de un revés rapé los nervios.
Así están sin pies ahora.
Desjarrete de la canalla, litografía nº 12 de Goya

Esta práctica infame servía de regocijo para muchos espectadores, quienes al toque de desjarrete, saltaban al ruedo armados con todo tipo de armas regodeándose en la masacre, como lo reseña D. Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), en su “Carta histórica”: “…y después tocaban a desjarrete, a cuyo son acometían al toro acompañados de perros; y unos le desjarretaban y otros le remataban con chuzos y a pinchazos con el estoque corriendo y de pasada, sin esperarle y sin habilidad, como aún hacen con rústicamente los mozos de los lugares; y yo lo he visto hacer por vil precio al Macaco de Alhóndiga”. Precisamente Goya pintó para ilustrar la “Carta histórica” de Moratín, doce litografías y precisamente la número doce corresponde al desjarrete de un toro por la canalla. 

Otro divertimento consistía en arrastrar los toros desjarretados vivos, como ocurrió en la plaza de Burgos en tiempos de Felipe IV, con motivo del casamiento de Luis XIII de Francia (el del Cardenal Richeliu) con doña Ana de Austria, en 1.615, celebrándose una fiestas de toros, y en las mismas “se usaron cuatro mulas, no domadas, con sus cuerdas tirantes, y estando el otro desjarretado, las meten en el coso y amarran el toro, y como van huyendo de él, tiran tanto, que lo hacen saltar, y de esta manera, regocijan mucho a la gente, y pareció muy bien como cosa nunca vista”.(6)

En 1725 y con motivo de la subida al trono de Felipe V, por segunda vez (1724-1746) por la muerte de su hijo don Luis I, hubo en la plaza Mayor de Madrid funciones reales de toros, en que rejoneó y lidió a caballo magistralmente el hidalgo de Pinto don Bernardino Canal, así como otros caballeros de la Corte; concluyendo la función con desjarrete por la plebe a los últimos toros. Dícese que, de acuerdo con la autoridad y con conocimiento del rey, se colocaron en los medios de la plaza dos hombres embozados y tapados con sus anchos sombreros, que cuando las reses venían a ellos, las sorteaban quebrando el cuerpo, sin desembozarse, y continuaban su fingida conversación tan luego como el animal acudía a otro punto; y hay quien supone que bajo aquellas capas se ocultaban personajes de alta clase, diestros en el arte de torear, que sin publicar sus nombres querían hacer ostentación de su habilidad.

Vargas Ponce (1760-1821), dice al respecto: “La costumbre estableció, una vez corrido el toro y ya sin fuerzas para el festejo e inhábil para el campo, entregarlo al vulgo. Este, en desorden y de tropel, le postraba a fuerza de pinchazos dados de pasada con sus estoques y chuzos y la ayuda de perros. Para facilitar semejante carnicería se tocaba a desjarrete; y en tiempos antiguos los esclavos moros y, expulsos éstos, los esclavos negros o mulatos, traidoramente y con las mismas espadas que tan sin acuerdo les enseñaban los señores a esgrimir para que los guardasen –o bien con orquillas y medias lunas, género de guadañas al intento-, encojaban casi siempre los toros cortándoles los nervios e, imposibilitados hasta de huir, los remataban entre todos.”(7)

María Celia Forneas Fernández, nos comenta en su obra “Abenamar, periodista taurino I”, que esa suerte se encontraba en decadencia durante el siglo XIX y tampoco gozaba del beneplácito de Francisco Montes Paquiro, ni de Santos López Pelegrín “Abenamar” cuya descripción, de un hecho acaecido el 23 de octubre de 1839, prueba su disgusto. «Era buen mozo y de sentido, tomó nueve varas, mató tres caballos, le pusieron dos pares de banderillas, y habiendo salido a matarle Juan Jiménez, le dio un pinchazo, otro a toro corrido y una buena recibiéndole, que tuvo tanto más mérito cuanto que el toro necesitaba ser más estudiado que la concesión de los fueros, pero a pesar de que estaba haciendo la cama para echarse, mandó la autoridad que saliese la media luna, y la media luna salió a punto que la luna entera, que ya había salido, se asomó por el tejado de la plaza a ver lo que los habitantes de la tierra vemos todos los días, una autoridad que mandaba mal, y un público que se lo echaba en cara con muchísima razón, pero que se quedaba sin ella. La autoridad fue obedecida y la noche tendió su velo negro sobre la plaza avergonzada de lo que los hombres habían hecho en ella de día». Esta autora habla de otro caso donde se sacó la media luna a un toro de Elías Gómez, corrido el 11 de abril de dicho año. (9)

El citado Montes Paquiro en su “Tauromaquia completa”, en el capítulo XVII, tras describir el instrumento dice al respecto: “Esta operación es muy desagradable, y sería de desear que se desterrara de las plazas”. (11)

Cossío transcribe, en Los Toros, un artículo de la revista El Enano, en su número del 12 de abril de 1.853: “Otra que mejor baila. Si brutal es la costumbre de los perros, la de desjarretar los toros con la media luna excede mucho, siendo tan repugnante y bárbara, que nunca habrá seguramente quien la pueda ver con gusto. Si hay un espada tan torpe que no puede matar un toro, no ha de ser el desdichado animal en quien se castigue su torpeza; ábrasele las puertas del corral y allí mátesele como se quiera, pero no se dé al público espectáculo tan horroroso”.
Una de las últimas veces que se tiene noticia de que a un diestro le sacaron la media luna, en una corrida de toros, fue a Cayetano Sanz en la plaza de Madrid, el 9 de mayo de 1.861, alternando con Julián Casas y El Tato, con tres toros de Agustín Salido y otros tres de Cúhares y Santiago Martínez. El boletín de “Loterías y toros” dice del torero: “Cayetano Sanz, después de once pases naturales, tres más con la derecha, dos por encima de la cabeza y uno de pecho, dio una corta y delantera a volapié, una en los cuernos, otra baja y delantera a volapié, otra lo mismo, otra igual, otra al aire, otra corta a volapié, en que le descordó y tres estocadas arrancando, saliendo la media luna…”. Total diez estocadas
Tras este rosario de pinchazos, no sabemos que era más desagradable y repulsivo, si la media luna o el recital del señor Cayetano.
Cortando el cepo, La Lidia, 21 Octb. 1895

Dice Cossío que esa suerte repugnante “…nunca aparecía en el tiempo de los diestros Romero, Hillo y Costillares. Esta acción, repugnante en sí misma, es además la ignominia de la tauromaquia, y la más opuesta al espíritu de ella, que consiste en ostentar la destreza en la lidia, el conocimiento, la serenidad y el valor estoqueando noblemente las fieras cara a cara cuando están en toda la libertad y aptitud para defenderse de sus enemigos; y por tanto, el inutilizar al toro traidoramente… y sea asesinado a mansalva de un modo ruin y cobarde…”(5)

Sobre su antigüedad, Cossío dice que no le ha sido posible determinar con exactitud el momento de su introducción, al tiempo que transcribe una carta que el torero Pedro Romero (retirado en 1799) envía a D. Antonio Bote, de fecha 4 de diciembre de 1829 en la que le dice: “…acerca de la media luna [le digo] que el año 1775 fue el primero que fui a esa Corte y no vide nunca la media luna ni la oí mentar; oigo ahora nombrar muy a menudo la media luna, hasta en los papeles públicos, y aunque me hago cargo como es, no conozco a semejante bicho”. También transcribe una reseña de “El Correo Literario y Mercantil”, de 22 de noviembre de 1829, que dice que: “…tras dar Juan León mil pinchazos al toro, como iba ya oscureciendo y el toro no caía se le desjarretó con la media luna” (5)
Tras su abolición, aún permaneció la obligación de mostrar al público la media luna y estaba recogida en varios reglamentos de la época, como lo reflejan los de las plazas de Madrid, Barcelona y Puerto de Santa María, entre otras, aprobados en 1.880, estableciendo en su articulado la obligación, del empresario de la plaza, de proveer al menos una media luna y que la autoridad: “transcurridos quince minutos, hará una señal el Presidente y el toque de un clarín anunciará haber pasado dicho tiempo y servirá para que el espada se retire al estribo, y que el puntillero saque y muestre al público desde el callejón la media luna para ludibrio (escarnio)del espada, pero no hará uso de ella por ser este un acto repugnante”.(8)

Según cita Cossío, el uso de la media luna quedó abolida definitivamente en 1.917.

Esa suerte infame, como vimos al principio, fue muy utilizada en las contiendas bélicas, en donde tienen cabida todo tipo de excesos y crueldades, como desgraciadamente seguimos conociendo.

Uno de esas crueldades ocurrió, durante la guerra de la Independencia, en la Batalla de Tudela el 23 noviembre 1808, de la que un interviniente en la misma, de nombre Marbot, nos cuenta en sus Memorias, que al comenzar la lucha tuvo un altercado con el teniente Labedoyère. Este oficial, hombre de genio brusco, montaba un caballo joven e indómito que, asustado por el ruido de los cañones, clavó sus patas en la tierra negándose a avanzar. Su jinete, harto de espolearlo, saltó furioso de la silla y tirando de sable, desjarretó de dos mandobles al pobre bruto que cayó al suelo, por donde se arrastraba desangrándose de sus patas traseras. Este brutal suceso llegó a oídos del Jefe de las tropas, quien se indignó con el oficial por tan execrable comportamiento, relevándole de su cometido y relegándole a la inactividad hasta que fuese juzgado. Labedoyère, desesperado, empuñó su pistola, resuelto a levantarse la tapa de los sesos, cuando compañero de armas le contuvo diciéndole: «Más honroso que quitarse la vida, sería ir a buscar la muerte entre las filas españolas».

Un caso curioso, que no brutal, cuenta que en la batalla de Aguere o batalla de La Laguna (el topónimo aborigen significa “laguna”) durante la conquista de la isla de Tenerife por los castellanos, al mando de Alonso Fernández de Lugo, el 14 de noviembre de 1495. Estos se encontraron con una fuerte oposición de los nativos tinerfeños, al mando del guerrero Doramas, miembro, también, de la resistencia aborigen en la isla de Gran canaria. La fuerza descomunal que poseía ese guerrero quedó plasmada en las crónicas de la época que lo describían así:

“El Doramas señaló muchos con su espada de madera tostada muy pesada y grande que después un hombre muy fuerte de los nuestros no podía jugarla con dos brazos, y él con una mano la jugaba más liberalmente y hacía muy gran campo alrededor de sí porque todos se guardaban de sus fuertes golpes que al caballo que alcanzaba lo desjarretaba y cortaba brazo o pierna como si fuera de hierro y aún peor porque no tenían cura sus golpes y heridas. Tiraban lanzas de tea todo a puño que pasaban el escudo y a un hombre de parte a parte, y lo peor fuertes pedradas a brazo muy grandes y ciertas como tiradas con ballestas“

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 Se cuenta que Simón Bolívar -el libertador de las repúblicas de Colombia, Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia-, prestó su caballo blanco, llamado Palomo, a uno de los próceres que le acompañaban en la conquista de Colombia, murió desjarretado por el esfuerzo de una jornada exigente. Esto ocurrió el 17 de diciembre de 1840, en la hacienda Mulaló del municipio de Yumbo, en el Valle del Cauca, y dicen que fue enterrado al lado de la capilla de dicha hacienda, y las herraduras, montura y demás aperos se exhiben en el museo de dicho municipio.

Conocemos, también, que esta depravada práctica se llegó a usar como tortura y castigo en la época de las persecuciones a los cristianos en el Imperio romano.

San Espiridón

Se cuenta en la hagiografía de San Espiridón de Tremitunte (270-348) que el gran perseguidor de los cristianos, el emperador Maximino Daya (270-313), hostigó reiteradamente a este santo taumaturgo, siendo obispo ortodoxo de Chipre, hasta detenerlo y someterlo al ignominioso castigo de sacarle el ojo derecho, cortarle el nervio y desjarretarle la pierna izquierda, condenándolo, a demás, a trabajar en las minas.

Su cuerpo descansa en las grutas de San Antonio, del monasterio de Las Lavras, en Kiev, Ucrania y su festividad se celebra el 14 de diciembre.
Tumba de San Espiridón

Como ocurre en la mayoría de los pueblos, todas aquellas habilidades, destrezas, costumbres, usanzas etc., practicadas por las sociedades en cualquiera de sus manifestaciones tienen, casi siempre, su reflejo e incidencia en el folclore popular, poniendo de manifiesto la importancia con cedida al asunto de que se trate.

Refiriéndonos concretamente a la costumbre descrita de “desjarretar” los toros, encontramos una curiosa costumbre que se sigue practicando en el pueblo burgalés, en la comarca de La Bureba, de Poza de la Sal, donde nació el famoso naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, que son unas fiesta declaradas de Interés Turístico Regional, que se celebra el domingo siguiente al día 3 de febrero y consiste en un baile, llamado del “Desjarrete”.
Baile del Desjarrete, Poza de la Sal

Los protagonistas en el baile son animales –gallinas, gallos y conejos- en torno a los cuales bailan, primero los mozos y luego las mozas casaderas del lugar con una espada y después ambos intercalados, terminando cada danza con un saludo a las autoridades, luego se prosigue bailando la jota pozana, a partir de donde ya puede intervenir libremente cualquier espectador. Algunos musicólogos consideran que el origen de esta danza está relacionado con la cultura prerromana autrigona(los autrigones eran una tribu prerromana de la zona, citados por primera vez por Tito Livio en el 76 a.C.).

Antiguamente eran las mozas casaderas las que tenían que cortar la cabeza al animal (desjarretar), para así asegurar la felicidad en su matrimonio; hoy en día el animal no sufre ningún daño mientras se realiza el espectáculo e incluso, por deformación fonética la danza se la conoce como el baile del “Escarrete”.



Moza bailando elodesjarrete

miércoles, 8 de febrero de 2012

CORRIDAS PAPALES (Curiosidades) / Por Plácido González



César Borjia enfrentandose a un toro

Por Plácido González
Tal vez pudo parecer sorprendente lo expuesto en el artículo “Curas Toreros” sobre las aficiones clericales a las corridas de toros y los correspondientes desencuentros con las autoridades eclesiásticas. De su lectura pudo deducirse que tal afición solo arraigaba entre curas de pueblo, novicios o seminaristas.
Mas a pesar de lo sorprendente que pudiera parecer y como contradicción a las prácticas imperantes en la Santa Iglesia Católica, que decretaron varias prohibiciones papales contra las corridas de toros, intentando su total abolición en los reinos cristianos, también en la cuna de la Curia Romana se realizaron muchas corridas o cazas de toros, como así se las conocía en Italia, “en donde se corrían también, pero enmaromados y con perros, y aún hoy se observa en Italia;…”, según cita D. Nicolás Fernández de Moratín en su “Carta Histórica”(1775).
Ese mismo autor, en igual obra, sigue diciendo: “y no pudo ser menos que con este desorden y atropellamiento, la fatalidad que acaeció en Roma el año 1332, cuando murieron en las astas de los toros muchos plebeyos, diez y nueve caballeros romanos, y otros nueve fueron heridos; desgracia que no se verifica en España siendo el ganado mucho más bravo. Por este suceso se prohibieron en Italia ese año”.

Juan XXII
Las fiestas a que se refiere Moratín se dieron en tiempos del Papa Juan XXII (1316-1334), el que instituyó el famoso “Tribunal de la Santa Rota” de Roma, aunque es de justicia señalar que éste Papa nunca estuvo en Roma, ya que su papado transcurrió enteramente en la sede de Aviñón (Francia), que fue la sede papal mientras duró el llamado “Cisma de Occidente”.
A pesar de lo que dice Moratín, el desorden imperante en la mayoría de los festejos, romanos y españoles, provocaba que más de un clérigo denunciase los desmanes que se producían en dichos eventos, como lo reseña el Padre Pedro de Guzmán en su obra ”Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad”, de 1.614, cuando dice: “Es desgracia corriente tirar al toro una vara y clavarse en la cabeza o pecho del que está en el tablado”.
Por diversos autores tenemos conocimiento de varias celebraciones de corridas de toros en el mismísimo Vaticano.

Escudo papal de Calixto III
Una de las ocasiones en que estas fiestas taurinas se celebraron en Roma fue en tiempos del Papa español Alfonso Borja, conocido como Calixto III (1455-1458), miembro de una influyente familia de Xátiva y gran aficionado a la música de campanas, hasta el punto de ordenar, siendo Papa, que todos los días del año, a las doce de la mañana, todas las campanas debían hacer sonar su broncínea melodía. Ese “talante festivo” del Pontífice, unido a su raíz hispana, nos lleva a presumir que también es probable que ordenara la celebración de algún festejo taurino con motivo de la canonización, recién elegido papa, de su paisano san Vicente Ferrer, en 1.455.

Inocencio VIII
Igualmente existen referencias de celebraciones taurinas en tiempos del Papa Inocencio VIII (1484-1492), quien al parecer ayudó a Cristóbal Colón en el descubrimiento de América, y se sabe que celebró solemnemente la “toma de Granada” (por cuya gesta concedió a los reyes Isabel y Fernando el título de “Católica majestad“, tras cuya distinción fueron conocidos como “Reyes Católico“). Suponemos que, con motivo de esas dos efemérides, las corridas de toros formarían parte de los festejos programados.
Tras la etapa de venalidad y nepotismo de Inocencio VIII, accede al solio pontificio otro español, nacido en Xátiva, de la famosa familia Borja o Borjias para más señas, de nombre Rodrigo, que tomó el apelativo papal de Alejandro VI (de 1492-1503, fue elegido Papa siendo obispo de Cartagena-Murcia 1482-1492). Su vida disoluta y su ambición no tuvieron límites y de su relación licenciosa con una tal Vannozza Catanei le nacieron varios hijos, entre ellos César y Lucrecia, con la que el vulgo decía que, tras una relación incestuosa con su padre, tuvo un hijo conocido como “el infante romano”. Decir en su favor, a fe de no parecer ser un verdugón, que fue el que abrió la “puerta Santa” del Vaticano y encargó a Miguel Ángel la famosísima escultura de la Piedad.
Durante su pontificado se celebraron varias corridas de toros en el Vaticano y en una de ellas murieron dos hombres. Al parecer uno de los que destacó como torero de gran habilidad fue su propio hijo César (nombrado por su padre Obispo de Pamplona a los 16 años, y en él se inspiró Maquiavelo para escribir su obra “El Príncipe”), de cuyas hazañas se levantaron algunas estelas reseñando sus proezas, como la que relataba lo ocurrido en la corrida del 24 de junio de 1.500, celebrada detrás de la Basílica de San Pedro y que “…se enfrentó a pié con un trapo y una espada corta a cinco toros, llegando a separar la cabeza de uno de ellos de un solo golpe”.

Alejandro VI
Esas fiestas del “cacce di tori“, como se las conocía en Italia, las continuó el sucesor de Alejandro VI, el antiespañol Julio II (1503-1513). Este mecenas de las artes, como la mayoría de los papas del Renacimiento (fue el que encargó la construcción de la actual Basílica de San Pedro y a Miguel Ángel el fresco de “El Juicio Final”), también con tres hijas ilegítimas, siguió con la costumbre de celebrar corridas de toros a pesar de que:“… ni el odio profundo que sentía a los Borjias -a quienes combatió ferozmente-, ni su antipatía a España impidieron la continuación de una costumbre tenida por genuinamente española e introducida por los Borjias”.

Escudo de la familia Borjia
Otro evento conocido fue el acaecido el lunes de Carnaval de 1.519, y lo refiere el padre Julián Pereda, jesuita, que lo toma de la “Historia de los Papas” de J. Pastor y dice: “…se celebraba una gran corrida en la Plaza de San Pedro (la actual plaza se construyó posteriormente, entre 1656 a 1665, obra del escultor Bernini), a vista de León X (1513-1521, el que creó el “Monte de Piedad” para préstamos y el que excomulgó a Lutero),en la que por cierto murieron tres pobres hombres. Les costeó el Papa los espléndidos trajes a los toreros y se echaban de menos los tiempos del Cardenal Petrucchi que, por uno solo de estos trajes para los toreros, solía pagar hasta 4.000 ducados; corridas y más corridas se siguieron celebrando en años sucesivos, aunque no siempre, ni mucho menos, a la

Julio II
manera española, sino despeñando los toros por el Testaccio (un monte artificial hecho con los cascotes de las ánforas de barro que allí se rompían durante siglos, y que en su mayoría procedían de España, conteniendo aceites, vinos y la famosa “garum” de Cartagena y Mazarrón, una pasta de pescado macerado en salmuera, famosísima desde los tiempos de la dominación romana), y esperando los jinetes armados que los despedazaban en su loca huída con tan poco garbo como sobrada crueldad”. Otro tanto ocurrió en la corrida celebrada en el Capitolio, en tiempos de ese mismo Papa León X, en el carnaval del año 1.520, donde murieron dos hombres.
A este respecto, sobre las formas anárquicas de celebrarlos, nos dice el Padre Regatillo en “Casos de derecho Canónico, II” que: “innumerables gentes se apiñaban en la típica plaza de Navona para contemplar la lidia, sin que hubiera barrera ni más valla que la que ofrecían los cuerpos inermes de la multitud, se comprenderá lo brutal y condenable de tales espectáculos”.

León X
Tras la pausa impuesta por el Saqueo de Roma, en 1.527, las fiestas de carnaval volvieron a celebrarse en el año 1536, con la participación popular, en la que: “se despeñaron por el Testaccio carros cargados con cerdos y unas corridas de toros en la que se despeñaron trece toros, que luego fueron despedazados a mandoble por caballeros que los esperaban en la caída”.

Pablo III
Otra fiesta de cacce di tori fue la que dispuso el Papa Paulo III en 1539 (el que convocó el Concilio de Trento, uno de los más importantes de la Iglesia Católica, y el que aprobó la fundación de los Jesuitas), para celebrar los esponsales de Octavio Farnese con Margarita de Austria, más conocida como Margarita de Parma, hija natural del Emperador Carlos V, que como podrán suponer estuvieron revestidas de la mayor suntuosidad y adornamiento.
Muchas corridas más se siguieron celebrando en años sucesivos en las que no faltaron, junto a las corridas de toros, carreras por la vía del Corso, a las que asistió como espectador Julio III (1550-1555), el que, por temor a perder las prerrogativas papales, clausuró el Concilio de Trento.
En 1556, el poeta francés J. du Bellay todavía pudo contemplar una corrida de toros en el carnaval romano, lo que le motivó para escribir tres sonetos, que reunió en su libro Regrets, donde cantó la suerte de la suiza…” según dice Flores Arroyuelo.
Once años después, de la muerte de Julio III, llegarían las famosas prohibiciones pontificias a las corridas de toros. El primero en intentarlo fue Pío V, quién ordenó al Gobernador de Roma que las prohibiese, bajo pena de muerte a quienes no acatasen la orden.
A decir verdad ni la Bula Salute Gregis de Pío V en 1567, ni la Exponis Nobis de Gregorio XIII en 1575, ni el Breve Nuper Siquidem de Sixto V en 1586, surtieron verdadero efecto en España, por diversas razones. Más eso pertenece ya a otro asunto, que tal vez desarrollaremos en otra ocasión.
Plácido González
BIBLIOGRAFIA
- Luis del Campo, “Pamplona y Toros. Siglo XVII”
- Vargas Ponce, “Disertación sobre las corridas de toros”
- Luis del Campo “La Iglesia y los Toros”
- Julio Caro Baroja “El estío Festivo”
- Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
- P. Julián Pereda, S.J. “Los toros ante la Iglesia y la Moral”
- Urbano Esteban Pellón, “El Toro Solar”
- Padre José M.March, S.J., “Razón y Fé”
- Julio Gutiérrez Marqués, “Tauromaquia en tres tiempos”
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