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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 16 de enero de 2019

El indio Gerónimo hablaba español / por María Elvira Roca Barea



Los blancos que avanzaban con carretas no se encontraron con tribus hostiles, sino con un mundo hispanomestizo.

El indio Gerónimo hablaba español

  • Las mentiras de las películas del Oeste conectan con otra maniobra de distracción: la que tapa a los responsables del exterminio nativo de EE. UU.


Enero / 2019
Es bastante fácil encontrar a un español o un mexicano que, si le preguntas quién es Gerónimo, no acierte a contestar algo. Esto con independencia de su nivel cultural o de que tenga estudios superiores. Como mínimo sabrá decir que es un indio que sale en las películas de vaqueros. O algo así. Pero va a ser muy difícil tropezar con alguien en uno u otro país que sepa que Gerónimo hablaba español y que conozca siquiera aproximadamente la verdadera historia de este apache y los bendokes, su tribu; de Cochise y los chiricaguas, de Mangas Coloradas, Victorio, Pósito Moragas, Irigoyen, Ponce… Todos ellos jefes indios en las guerras apaches contra Estados Unidos, uno de los conflictos más sangrientos en la historia de este país en su conquista del Oeste. Aunque en realidad la insurrección apache había comenzado antes, tras la independencia de México. Parece que en la época virreinal no hay conflictos destacables y que los apaches vivían razonablemente integrados dentro del imperio.

Para que el lector se ubique es necesario que sepa que más de un tercio de lo que hoy es Estados Unidos fue en algún momento de su historia parte del imperio español. Estados Unidos ocupó en 1848 el 52% del territorio mexicano. Estamos hablando de más de dos millones de kilómetros cuadrados, o sea, la superficie de España multiplicada por cuatro.

En esa franja aproximadamente estaba la Apachería, que es como se denomina la región en la que se asentaron los apaches cuando atravesaron las fronteras del imperio español en el siglo XVIII buscando protección frente a las feroces incursiones de los comanches. Es una pena, pero el paraíso indígena no ha existido nunca más que en los libros. El primer documento que menciona la existencia de los apaches se escribió en Taos en 1702. En 1720 llega allí una embajada apache solicitando permiso para asentarse en el territorio, permiso que es concedido por el gobernador español. Sigue un largo y difícil proceso para acomodar a los apaches en una región donde ya había otros pueblos que no sentían mucha simpatía hacia ellos (El silencio tiene un precio, E. Roca, Revista de Occidente, septiembre de 2018).

Todo esto va dicho para explicar que la puesta en escena mil veces repetida en el wéstern según la cual los blancos avanzan con sus carretas desde el oeste, por territorio inexplorado y habitado por tribus hostiles que nunca han tenido contacto con el hombre blanco, es completamente falsa, porque obvia la existencia de la verdadera realidad con la que el blanco protestante se tropezó conforme ocupaba la mayor parte de los territorios: un mundo hispanomestizo donde había pueblos y se hablaba español, entre otras lenguas. Más o menos lo mismo que había en Arizpe (hoy, en el Estado mexicano de Sonora), donde Gerónimo nació el 1 de junio de 1821. La localidad fue fundada por el jesuita Jerónimo del Canal, por eso el nombre era frecuente entre los bendokes. Estaban bautizados Gerónimo y sus padres, y se conservan las partidas de bautismo recientemente descubiertas (Apaches. Fantasmas de Sierra Madre, M. Rojas, 2008). Eran sedentarios y productivos, es decir, no se dedicaban a las correrías depredatorias. Eso vino después, cuando entre las autoridades mexicanas y las estadounidenses no les dejaron otra opción para sobrevivir.

Acaba de publicarse en España Ahora me rindo y esto es todo (Anagrama), del mexicano Álvaro Enrigue. A medio camino entre la reivindicación y el homenaje, Enrigue intenta rescatar del olvido la vida de la Apachería, asombrado de haber descubierto un buen día que Gerónimo era “más mexicano que la salsa verde”. El novelista en cambio no parece asombrarse ni preguntarse por qué ha llegado a la edad adulta desconociendo esta parte de la historia mexicana, que yace en el olvido más profundo. No por casualidad. Se limita a culpar a los yanquis y al wéstern por haber ofrecido, popularizado y exportado una versión completamente falsa de la realidad. Y es cierto: el wéstern es una falsificación, desde La diligencia (1939) hasta Django Unchained (2012), pasando por Kung-Fu. Pero las razones por las cuales Enrigue y la inmensa mayoría de los mexicanos no sabe nada de Gerónimo ni de la verdadera historia de la Apachería no están solo en Estados Unidos. También están en el mismo México y tienen mucho que ver con la persecución implacable a que sucesivos Gobiernos mexicanos sometieron a estas gentes (véase Ignacio Almada Bay y Norma de León Figueroa, Las gratificaciones por cabellera. Una táctica en el combate a los apaches, 1830-1880, Intersticios Sociales 11, 2016, páginas 1-29 —muy interesante—) después de la independencia.

Los blancos que avanzaban con carretas no se encontraron con tribus hostiles, sino con un mundo hispanomestizo.
Puede parecer una exageración considerar que el wéstern forma parte de la leyenda negra, pero con ella comparte dos características esenciales. Primeramente falsifica la realidad histórica por medio de la ficción literaria (cinematográfica en este caso) y la propaganda, y además oculta lo que verdaderamente sucedió operando una gigantesca maniobra de distracción. En realidad, la leyenda negra es eso: una maniobra de distracción, simplona, pero tremendamente eficaz
En este sentido el wéstern conecta con lo que está sucediendo en California, donde le quitan las estatuas a Colón y destrozan las de fray Junípero Serra, una maniobra de distracción WASP (blanco, anglosajón, protestante, por sus siglas en inglés) para tapar a los verdaderos responsables del exterminio de las poblaciones nativas, que no fueron ni Colón ni fray Junípero ni los españoles, como prueba de manera irrefutable una investigación que acaba de ser publicada en la Universidad de Yale (An American Genocide. The United States and the California Indian Catastrophe [Un genocidio americano. Los Estados Unidos y la catástrofe india de California], Benjamin Madley, 2016). 

El trabajo de Madley es demoledor. Los grandes hombres cuya memoria se venera y se enseña a respetar en las escuelas son los verdaderos culpables. Al día siguiente de haberse incorporado a California a la Unión, el coronel John Frémont, uno de los padres del Estado californiano (tiene calle, plazas, escuelas y hasta una ciudad a la que nadie le quitará el nombre), presentó ante el Senado de Estados Unidos 10 proyectos legales cuyo objetivo era “transferir vastas extensiones de terreno californiano indio a no indios y al nuevo Gobierno estatal” y declaró allí (y así está registrado en el correspondiente diario de sesiones): 

“La ley española, de manera clara y absoluta, aseguraba a los indios sedentarios derechos de propiedad sobre la tierra que ocupaban. Esto está más allá de lo que este Gobierno puede permitir en sus relaciones con nuestras tribus domésticas” (página 163).

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