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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 17 de abril de 2026

Morante: cuando el toreo se volvió imposible de explicar / por Por María Padillo


'..Y entonces, cuando todo apuntaba a un final redondo, apareció la espada para recordar que el toreo también está sujeto a normas. El fallo con el acero impidió ese rabo que ya estaba concedido en el sentir unánime de la plaza, reduciendo el reconocimiento oficial a dos vueltas al ruedo que, en realidad, sabían a poco frente a lo vivido..'

Morante: cuando el toreo 
se volvió imposible de explicar

Por María Padillo
Hay figuras en el toreo que se pueden explicar, que se pueden medir, que incluso se pueden comparar. Y luego está Morante de la Puebla, que pertenece a otra dimensión donde todo intento de análisis se queda corto. Decir, como afirma Antonio Lorca, que es el dios del toreo puede sonar exagerado en frío, pero cobra un sentido casi literal cuando uno presencia una tarde como la vivida en la Real Maestranza de Sevilla. No fue solo una buena tarde ni una actuación bonita: fue una de esas cosas que te descolocan por dentro, que no sabes muy bien cómo contar porque se te queda grande incluso al recordarlo.

Porque, en efecto, se hablará mucho de la polémica: de la salida por la puerta principal, de la negativa a abrir la Puerta del Príncipe, de si la autoridad estuvo a la altura o no de lo ocurrido en el ruedo, e incluso de precedentes como el de José María Manzanares padre. Pero detenerse ahí es, en el fondo, no haber entendido nada. Lo verdaderamente importante sucedió mucho antes de cualquier decisión, cuando Morante con "Colchonero" se plantó junto a las tablas, apoyado, y comenzó a torear con una sola mano como si aquello no le supusiera esfuerzo alguno. Ese inicio fue una declaración de que lo que venía después no iba a ajustarse a ninguna norma.

A partir de ahí, la faena fue creciendo con una naturalidad que desconcertaba. Las verónicas rematadas con una media que parecía cerrar un círculo perfecto, no eran simples lances, sino una forma de decirle a la plaza que el tiempo iba a jugar a otro ritmo. El quite por tijerillas añadió ese punto de personalidad que caracteriza a los toreros irrepetibles, encendiendo definitivamente a una Maestranza que ya no observaba, sino que empezaba a sentir. Y en ese contexto de entrega total llegó uno de los giros más inesperados de la tarde: Morante decidió coger las banderillas, no como un gesto anecdótico, sino como parte de un discurso, cargado de evocación, de sabor antiguo, de una torería que parecía rescatada de otra época.Biografías Toreros

Sin embargo, lo verdaderamente inolvidable estaba aún por llegar, porque cuando pidió una silla y la colocó en el ruedo, el toreo cruzó una frontera invisible. Aquello era una manera de desafiar la lógica desde la quietud más absoluta, de reducir el espacio hasta lo mínimo y, aun así, dominarlo por completo. Clavar el último par de banderillas desde la silla fue impactante, sí, pero iniciar desde ahí la faena de muleta fue sobrecogedor. Sentado, inmóvil, citando al toro en un terreno imposible, Morante construyó una serie de tandas que parecían suspender el tiempo, como si dentro del coso todo hubiese quedado detenido en un instante irrepetible.

La música irrumpió casi sin que nadie la llamara, desbordada por lo que estaba ocurriendo, y la plaza entera entró en un estado de emoción difícil de describir. Ya no había juicio, ni análisis, ni distancia: solo una conexión absoluta entre el torero y los tendidos. Cada muletazo era un latido, cada pase una especie de revelación íntima que hacía que muchos se descubrieran con las lágrimas en los ojos sin saber muy bien en qué momento había ocurrido. Porque hay faenas que se ven, y otras —muy pocas— que se sienten hasta el punto de desbordar cualquier intento de explicación racional.

Y entonces, cuando todo apuntaba a un final redondo, apareció la espada para recordar que el toreo también está sujeto a normas. El fallo con el acero impidió ese rabo que ya estaba concedido en el sentir unánime de la plaza, reduciendo el reconocimiento oficial a dos vueltas al ruedo que, en realidad, sabían a poco frente a lo vivido. Pero ahí es donde se evidencia la gran paradoja: lo reglamentario quedó empequeñecido ante lo artístico. Porque nadie salió de la plaza hablando de lo que faltó, sino de lo que había ocurrido, de esa sensación de haber asistido a algo que no se repite.

La salida a hombros por la puerta principal, la polémica, la intervención de la autoridad… todo eso formó parte del relato, pero no de la esencia. La esencia fue esa pregunta que quedó flotando en el ambiente cuando todo terminó: ¿y ahora qué? ¿Quién es capaz de ponerse delante de un toro después de algo así sin sentir que todo lo demás será inevitablemente menor? Esa es la verdadera dimensión de Morante, la que no se mide en trofeos ni en estadísticas, sino en su capacidad para romper el orden establecido y recordarle a todos que el toreo, en su forma más pura, no pertenece al reglamento, sino al territorio indomable del arte.

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