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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 3 de abril de 2026

Periodista (deportivo) el que no bote / por HUGHES


'...Durante años, la selección ha estado vetada en campos de fútbol donde no se guardaba el minuto de silencio por las víctimas del terrorismo. Si lo de los equipos vascos clamaba al cielo, no era menor lo del Barcelona, capaz, entre otras hazañas, de dar altavoz al golpe de 2017. La conjunción de las dos trayectorias solía cristalizar en la final de Copa del Rey...'

Periodista (deportivo) el que no bote

HUGHES
Los periodistas deportivos quizás sean los más ovinamente progresistas de toda la profesión. En Estados Unidos, Steve Sailer tenía la teoría de que era un contrapeso a las evidencias del deporte, donde las diferencias raciales son manifiestas. Para paliar tanta realidad, necesitaban mucha corrección política, y eso explicaba que los periodistas deportivos llegaran a perseguir hasta el despido a un analista por sugerir que los negros eran más rápidos.

En España, los periodistas deportivos son algo parecido, pero el papel de la cuestión racial lo vino a ocupar la nacional. Durante años, la selección ha estado vetada en campos de fútbol donde no se guardaba el minuto de silencio por las víctimas del terrorismo. Si lo de los equipos vascos clamaba al cielo, no era menor lo del Barcelona, capaz, entre otras hazañas, de dar altavoz al golpe de 2017. 

La conjunción de las dos trayectorias solía cristalizar en la final de Copa del Rey, donde a menudo el Barça del Negreirato y un equipo vasco quedaban para pitar el himno nacional.

Esta realidad fue ignorada por la prensa muchos años. El periodista deportivo metía la cabeza en el 4-4-2, miraba hacia otro lado o salía con eso de «no mezclar política y fútbol», cosa propio de fascistas.

El periodista deportivo ha tenido, pues, dos ideologías oficiales: el tikitaka y el progresismo oficial, con el que prosperar en la SER como en la COPE (el deporte inauguró el puente entre ambas) o en Onda Cero, la emisora del muahaha (enhorabuena a los Caídos del Guindo Alsina en 2026). Pero esa ideología ahora exige ponerse muy serio con el cántico de Cornellà: «Musulmán el que no bote».

La reacción ya revela algo, porque podrían haberlo ignorado, como ignoraron tantos antes, pero su interés es evitar que prenda una expresión identitaria. Y se observan auténticas filigranas; quienes ignoraban o negaban el racismo con Vinicius consideran que la frase también lo es, cuando no lo es en absoluto. El cántico rechaza una religión; si acaso, una civilización. O ni siquiera: es un cántico popular de (perdón) «otredad», como cuando la Virgen del Pilar decía que no quería ser francesa.

En España, en cualquier caso, antes que la «islamofobia», habrá siempre otra cosa instintiva: la morofobia o maurofobia. Si algo cabe reprochar al cántico es falta de sentido primario, de espontaneidad, pues antes que musulmán nos viene esa otra palabra a la cabeza.

Hasta cierto punto, tranquiliza que en Cornellá se cantara eso y no cánticos «islamofachas» como en la poco representativa realidad de Internet (estimulada por fuerzas consensuales). Lo extraño sería que en la grada cantaran a favor de Irán o exhibieran banderas de los hutíes o cánticos de hermanamiento con Marruecos. «¿Acaso estamos organizando un mundial con nuestro enemigo?» se preguntaba sorprendidísimo un locutor deportivo.

La ideología oficial consiste en no advertir quién y cómo ha organizado el mundial y cuál es la relación entre los dos países. La gente cree que la conquista política consiste en abrir Overton. Abrirla hasta que no haya ventana y todos seamos cromañones. Pero consiste, más bien, en advertir las cosas, en percibir su realidad. Y hay más realidad en los cánticos de Cornellà que en la reacción que trata de acallarlos.

(Posdata deportiva: si Iniesta pudo hacer una gran carrera escuchando cada semana el «Puta España», sin rechistar además, Lamine podrá soportarlo).

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