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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 23 de abril de 2026

Hacer países / por Itxu Díaz


'..lo que debería llamar la atención de todos los psiquiatras y prestidigitadores, es que Sánchez sea capaz de «hacer países», no tanto por las oportunidades increíbles que eso concede al caso español, que ya está hecho, sino por el de Cataluña; esa república que no existe, idiota, y que siempre estaría por hacer..'

Hacer países
Itxu Díaz
Un país es un territorio constituido en Estado soberano, según la Real Academia Española, que no es dogma de fe, pero resulta útil para los conceptos más básicos, aquellos en los que suele tropezar el alumno tontorrón. Es decir, un país es algo así como Italia, Colombia, o Brasil. No me preguntes por qué, pero son países también Tuvalu, Nauru, San Marino, Liechtenstein, y hasta Djibouti. Y, ahora bien, síganme de cerca aquí: ¿Es Cataluña un país? No, ni siquiera un poquito, nada de nada, lo mires por donde lo mires. Pretender la soberanía catalana es una grave traición a España, y especialmente a los catalanes, pero pretender además que sea un país es una tarugada de dimensiones cósmicas; algo que nunca va a sorprendernos de un nacionalista, en cuyo negocio lleva las convicciones, pero que resulta inédito en un presidente del Gobierno de España.

Rescato para desasnar al alumno Pedro Sánchez el apartado «España» del célebre El Parvulito de la Enciclopedia Álvarez: “Todos los que hemos nacido en España somos españoles. España es nuestra Patria”. Es claro, preciso, directo, y no deja lugar a dudas, ni en la letra ni en el mapa, sobre la verdadera identidad de esa cosa que llaman Cataluña. Me encanta la Enciclopedia Álvarez porque en dos líneas y sin despeinarse se carga media docena de leyes de Sánchez.

España, españoles, patria. Comprendo que son conceptos más elaborados de los que está acostumbrado a manejar cualquier miembro de la dirección actual del PSOE, más familiarizado con términos como “farra”, «escort», «lechuga» y «sauna», pero aún así creo que El Parvulito, que está repleto de dibujitos, es bastante asequible incluso para las mentes más obtusas, aquellas que los académicos definen como tardas en comprensión. Por ilustrarlo en una escala, Sánchez sería tardo en comprensión, mientras que María Jesús Montero sería impermeable a la comprensión, que en Andalucía dentro de nada van a empezar a llamarla «La The North Face».

Un país es una lengua, una cultura, una historia, y una gente. Un paisaje, un montón de libros, largas genealogías, una fe. Un trozo de tierra a compartir, viejos pliegos repletos de leyes, y algún que otro milagro que le da sentido a todo. Un país puede sobrevivir fácilmente a casi cualquier cosa, incluyendo la invasión del enemigo o terribles atentados terroristas, menos a una: estar en manos de un imbécil. Eso no garantiza la muerte o desaparición, pero sí pone en jaque su pervivencia.

Dice Pedro Sánchez en el Congreso que su Gobierno va a hacer de Cataluña y España «países mejores» y, por si alguien pensaba que era un lapsus y no algo que acordó decir con los independentistas con el calzón a la altura de los tobillos, repitió en medio de abucheos generalizados: «¡sí, países mejores!». Él, como acostumbra: cero en Geografía e Historia, diez en marcar paquete en la piscina del Congreso.

Hace tiempo que no analizo lo que dice el presidente porque encuentro más coherencia, sinceridad y audacia en las cosas que dice el loro del vecino, que llevo veinte años intentando asesinar –al bicho, no al pájaro-, pero hoy haré una excepción. Fíjense en que lo de mejores o peores no tiene importancia aquí. Lo verdaderamente asombroso, lo que debería llamar la atención de todos los psiquiatras y prestidigitadores, es que Sánchez sea capaz de «hacer países», no tanto por las oportunidades increíbles que eso concede al caso español, que ya está hecho, sino por el de Cataluña; esa república que no existe, idiota, y que siempre estaría por hacer. Además, yo querría que mi piso fuera un país, que mi bar de cabecera sea también una gran nación —para poder expulsar con leyes de extranjería a los que me roban mi mesa favorita—, y que Sydney Sweeney fuera un país como la copa de un pino, gobernado por este nada humilde columnista, y con la escalofriante cifra total de dos habitantes.

No sé, bien pensado, después de todo, si Sánchez puede liarse la Constitución a la cabeza e irse a hacer países, confío en que también pueda irse a hacer puñetas.

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