
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Jueves, 9 de julio de 2026. Tercera novillada nocturna del verano madrileño.
Encierro de novillos de Toros de Brazuelas (encaste Domecq, diversas líneas). Desigualmente presentados. Primero discreto de trapío; el resto subieron en seriedad; sexto, alto y largo, destartalado. Mansos y nobles. Todos flojos. Sin fuerza el primero y el quinto. Dos parados, segundo y tercero. Pastueño el cuarto. Remiso el quinto. Toreable el sexto. La mayoría se repucharon en el caballo, lo cual puede indicar falta de casta y de raza. El cuarto empujó en la primera vara en el caballo saliendo al capote y en la segunda vara (picotazo) salió suelto. El sexto, manso, salió suelto de las varas. Algo más de un tercio de entrada. Noche veraniega en espera de futuros cambios climáticos.
Terna: Nacho Torrejón, de Casarrubios del Monte (Toledo); de almagre y oro; veintitrés años; dieciocho festejos en 2025; saludos tras un aviso y oreja tras aviso. Jorge Hurtado, de Coria (Cáceres), de blanco y plata, con cabos negros; veinte años; ocho festejos en 2025; silencio y silencio tras un aviso. Marco Polope, de Valencia, de grana y oro; veintidós años; un festejo en 2025; silencio y silencio. Los tres novilleros se presentaban en Madrid.
Suerte de varas. Los novillos fueron al caballo y se repucharon en la pelea por falta de fuerza y celo. Los hierros en general cayeron detrás de la cruz. Buen indicio. El primero salió disminuido de varas, en la primera se le aplicó metisaca. Al segundo se le barrenó. El tercero cambió a parado tras el segundo encuentro, en este se le administró la batidora. El quinto de condición mansa pidió en la segunda vara terrenos del cinco cercanos a su querencia: se le picó en el ocho alargándose la lidia. Al sexto en el segundo puyazo se le tapó la salida y se le pegó. Ilustrativa fue la suerte de varas del cuarto porque se demostró cómo un novillo que en la primera vara fue bravo, en la segunda mutó a manso. De ahí la importancia de la tercera vara, eliminada en la lidia actual.
Pepe Campos
En las novilladas nocturnas y en las corridas de toros fetén de San Isidro estamos viendo cómo sale un toro bravo preparado para la faena artística de muleta. Es un toro bravo prefabricado, al que se le han limado todas las condiciones fieras naturales. Digamos que es un toro —ayer noche, novillo— colaborador con el artista que se va a encargar de pasaportarlo al otro mundo. Si bien antes de que ocurra el fatal encuentro entre estoque y blandos del toro —ayer no tanto, pues hubo alguna buena estocada aparente— su matador se entretendrá en darle pases de toda guisa para mostrar al respetable su anhelo artístico y sus finas maneras. Así pues estamos acostumbrados a ver tarde tras tarde —ayer, noche— cómo sale de chiqueros un animal dócil, obediente y predispuesto a ser toreado según el gusto del torero al que le toque «enfrentarse». Aquí aparece una enorme contradicción, ya que normalmente el astado pensará que se verá sometido a un verdadero enfrentamiento, cuando en realidad se encontrará con la presencia de un ser que decide «perfilarse» ante él, es decir, el bóvido observará, a un lado, al humano, de perfil y, a otro lado, a un trapo rojo amplio (en la fase de muleta) que desde su extremo o pico le invita a irse por caminos abiertos, para volver a ser requerido después, desde lo espacioso, hacia otro terreno aun más despejado. Y así durante diez minutos. En una especie de ballet cómodo para él, en el que incluso dadas las holgadas comodidades que se le ofrecen puede ir a más en su deambular trotón por la arena. Hasta que suena un clarín, que le permite dejar de esforzarse en los toques a los que ha sido sometido, para entrar, tras muchas monsergas —trapazos— en el territorio previo a la estocada.
La vida del toro bravo contemporáneo en el ruedo es esta, muy ocupada, de esfuerzos homogéneos, confortable en el fondo, en ocasiones, chic, sometida a deambulaciones, a desplazamientos y a circulaciones. Es requerido desde y para la belleza, y él, como buen actor, si los clones que le han metido [uf, qué habrá pasado ahí] responden, se muestra contento y cómplice en la obra de arte que torero y toro tienen que componer.
Ante este toro artista —aquél que idealmente se creía perfecto para el toreo utópico de Rafael de Paula— que hoy es de común lidia se le aplica una tauromaquia adaptada a pocas exigencias, una tauromaquia, digamos, ligera, etérea, rápida —pues siempre hay prisa—, dilatada y larga. Siempre leve. Esto nos remite a la obra maestra de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser (1984), en la que su autor cuenta ese contorno anodino de aquel mundo programado del este de Europa, donde sólo había salida y desahogo para el sexo. Un mundo planificado de perfil bajo, que hoy intuimos circula a nuestro alrededor, y que esconde una sensualidad. Una sensorialidad que ya enmascara la actual tauromaquia con su técnica de perfiles, lejanías, ligerezas y conforts. Un toreo a años luz de toda contundencia, de cuando había pocos pases, que eran fundamentales, cuando se llevaba detrás de la cadera al astado y a partir de ahí, la faena se intensificaba y se abreviaba, para bien de la pureza. Hoy un espejismo. Debido a que actualmente el toro bravo se ha convertido en un ser que carece de fuerza, aunque es todo voluntad. Una voluntad a medida del humano que le torea para que este se exprese y manifieste sus deseos y sus emociones, que le permita plantear sugerencias, mediante formas suaves, con lluvia de intuiciones, manifestación de sutilezas, y en definitiva, un enunciado de levedades.
Decíamos que este tipo de toro de ahora, antes se pensaba como una idealidad para disfrutar del toreo exquisito de Rafael de Paula —un torero conceptual—, y hoy cuando sale —incluso en la plaza de Las Ventas— y es una realidad, no hay torero que lo toree con los planteamientos artísticos rotundos —tauromaquia clásica— de aquel Rafael de Paula, o de Curro Romero, aunque más regular este y más humano. O con los conceptos puros de Antoñete —lo hemos visto—, de Pepe Luis Vázquez hijo, de Curro Vázquez y de Pepín Jiménez. Antes, Gregorio Tébar. Después, César Rincón. Etc. Todos ellos también lo hicieron con el toro encastado verdadero.
Todo esto se ha perdido, se ha ido al garete. Hoy sale ese toro voluntarioso para un torero también afanoso, pero sin fe, sin creencia en la técnica del toreo profundo. Sino exponente de una tauromaquia transmoderna. De perfiles. De suavidades. Despegada. Poco comprometida. Y un toro afín. Se le llama toro bravo, pero no lo es. Se habla de esmerada técnica, si bien acabada en la banalidad. Mismos tiempos, mismos modos. Ese toro —anoche, novillo— lo vimos en la novillada en los ejemplares primero, cuarto y sexto. Los demás astados fueron un apunte que acabó en la nada. El mundo no es perfecto.
Ahora debemos hablar de los novilleros que lidiaron la novillada de Toros de Brazuelas. Nacho Torrejón como mejor condición se le vio sentido del temple y cierta elegancia de su figura. Compone y aplica una tauromaquia transmoderna, al uso. Torea por fuera y despegado. Pico. Y muchos pases. En el primer novillo —un bendito— apuntó sin profundidad. Mató de una estocada en la suerte contraria. En el cuarto, el más toreable de la noche. De igual modo. La cosa se fue hacia menor temple y mayor encimismo. No encontró la distancia. Mató, de nuevo, de estocada en la suerte contraria.
Jorge Hurtado, tuvo que pechar con el novillo moderno desrazado, sin fuerza y que se muestra parado. Desde este punto de vista quedó inédito. En sus dos novillos viendo el percal tomó la sabia decisión de irse a por la espada. Al segundo de la noche lo mató de media estocada baja en la suerte natural. Al quinto tras cuatro pinchazos y un descabello.
A Marco Polope se le vio muy nuevo. Con poca pericia. Su primer novillo embestía a arreones. No le encontró ese punto en el que le hubiera respondido con transmisión. Estuvo al hilo del pitón, sin cruzarse. No dio el paso adelante. O no supo darlo. Mató en la suerte natural, de pinchazo y estocada. Al sexto, que tenía el inconveniente de embestir con la cara alta, no le pudo meter mano. Se le fue, no queremos decir que por su calidad. Mató en la suerte natural de estocada casi entera.

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