
'..Es el toro quien otorga al matador el estatus de ídolo, de héroe capaz de hacer aquello que el resto de los mortales somos incapaces siquiera de imaginar. La Tauromaquia comienza a resquebrajarse cuando el espectador sentado en el tendido llega a pensar que lo que sucede sobre el albero no entraña demasiada dificultad..'
CAPOTAZO LARGO
Sin un gran toro no hay grandes toreros
Por Carlos Bueno
El toro es el que le confiere importancia a todo. Es el auténtico eje sobre el que gira la Tauromaquia. Resulta fundamental que su trapío despierte admiración y respeto desde el mismo instante en que salta al ruedo. Pero aún más importante es que haga honor a su condición de bravo, que exhiba la casta que se le supone y que transmita sensación de poder.
Es el toro quien otorga al matador el estatus de ídolo, de héroe capaz de hacer aquello que el resto de los mortales somos incapaces siquiera de imaginar. La Tauromaquia comienza a resquebrajarse cuando el espectador sentado en el tendido llega a pensar que lo que sucede sobre el albero no entraña demasiada dificultad, que incluso él mismo sería capaz de coger una muleta y dibujar algunos pases. Cuando desaparece la sensación de riesgo y de exigencia, también se desvanece buena parte de la grandeza del toreo.
Recuerdo que en 1994, el representante de Jesulín de Ubrique, Manuel Morilla, se atrevió a coger la muleta para darle unos pases a un toro de su poderdante en la plaza de Sanlúcar de Barrameda. Aquella escena llamativa y desafortunada evidenciaba la extrema docilidad de los toros. Lejos de ensalzar la figura del torero, contribuía a restarle mérito, porque transmitía la falsa impresión de que cualquiera podía ponerse delante de un astado.
Sin embargo, cuando el toro acomete con codicia, prontitud, recorrido y poder, a nadie se le ocurre pensar que lo que presencia es una tarea sencilla. Todo lo contrario. Cuanto mayor es la exigencia del animal, mayor es el reconocimiento que recibe el torero. Su labor adquiere categoría, peso y significado.
No se trata de reclamar la aparición de la alimaña imposible que hace inviable el toreo, sino del toro enrazado, el que exige aptitud, recursos, valor y capacidad; el que pone a prueba al matador y, precisamente por ello, le concede jerarquía cuando es capaz de imponerse. El toro que permite veinte muletazos mandones, ligados y emocionantes, sin ofrecer la cómoda excusa de que se ha parado o de que ha embestido con esa sosería que convierte la faena en un ejercicio estético y rutinario.
La reciente Feria de Julio de Valencia dejó un ejemplo muy ilustrativo. Roca Rey pudo haber salido por la Puerta Grande porque existió petición de dos orejas. Sin embargo, la presidencia únicamente concedió una amparándose en el artículo 82.2 del Reglamento de Espectáculos Taurinos, que establece que “la concesión de la segunda oreja de una misma res será de la exclusiva competencia del Presidente, que tendrá en cuenta la petición del público, las condiciones del animal, la buena dirección de la lidia en todos sus tercios, la faena realizada tanto con el capote como con la muleta y, fundamentalmente, la estocada”.
El palco interpretó que la extraordinaria dulzura del toro, que permitió torear prácticamente como de salón, sin aparentes complicaciones —aunque evidentemente siempre las hay—, restaba entidad a la obra del diestro. Y, en consecuencia, únicamente concedió el trofeo cuya atribución corresponde a la voluntad del público.
Es muy posible que, con un animal apenas un punto más encastado, con un ápice más de transmisión y de exigencia, la rotundidad de la faena hubiera resultado incontestable y la segunda oreja no habría encontrado discusión.
Entrenamientos de toreros
El toro que necesita la tauromaquia es el que transmite, el que provoca emoción, el que confiere importancia a todo.
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