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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 31 de julio de 2026

Gays de ultraderecha, pirómanos que incendian… / por Javier Torres


Gays de ultraderecha, pirómanos que incendian…

Javier Torres
Sólo a alguien que viva de espaldas a la realidad, como la madre de Alex en Good bye, Lenin!, o retoza embriagado de ideologías incapaces de explicar el mundo de hoy, le puede sorprender que la mayoría de los homosexuales respalden opciones de lo que el sistema llama ultraderecha. Semejante fenómeno obedece a la creciente inseguridad que padecen fruto de la inmigración de origen musulmán que abunda en Europa. El último don Oppas, por cierto, es el alcalde de Sevilla (PP), que da luz verde a la primera macromezquita de la ciudad.

Tanta tolerancia tiene consecuencias. El partido predilecto de los homosexuales en Francia es la Agrupación Nacional de Le Pen, en Alemania la AfD de Alice Weidel y en el Reino Unido el Reform de Nigel Farage. Estas tres formaciones tienen algo mucho más importante en común: lideran los sondeos en sus respectivos países, lo que refuta la teoría de quienes tratan a los homosexuales como una minoría pintoresca o un rebaño arcoíris cuyo voto responde a su orientación sexual. ¿Eres gay?, echa aquí la papeleta.

Los gays votan como la mayoría de sus compatriotas y eso rompe los esquemas del poder que les había confinado al armario progre. Lo que algunos consideran una sorpresa es la consecuencia natural del giro ideológico acaecido en Occidente en los últimos años. Muchos homosexuales se preguntan si tiene sentido apoyar a quienes abren la puerta a gente que les hostiga en la calle o desearían lapidarles como en sus países de origen.

Esta realidad, el pan nuestro de cada día europeo, comienza a tener eco en la prensa española, que es siempre la última en llegar a los grandes cambios. El día que El País publica un perfil del terrorista Abdul Ballout, que mató a una mujer en el orgullo gay de Berlín, también lleva a la portada la performance de un fotógrafo neoyorquino que reúne a quinientas personas desnudas frente a la catedral de Las Palmas para “reivindicar la inclusión LGTBIQ+”. El islamismo mata, pero la protesta frente a una iglesia.

Si miramos las cosas en perspectiva y nos alejamos del eje izquierda-derecha que lo embarra todo e impide debatir sobre cualquier cosa, veremos que nada de lo que ocurre es fruto del azar. La izquierda abandonó al obrero y ahora llega el turno del homosexual, al que reduce a la condición de colectivo (dichoso término marxista) y le intenta convencer de que quien le odia no es el que le atropella, pues la famosa ‘LGTBIfobia’ no se creó para protegerle, sino para endosarle el muerto a la extrema derecha. Los organizadores del orgullo berlinés, sin ápice de vergüenza ni respeto por la víctima, piden que no se use políticamente el atentado islamista. Silencio, siempre silencio, el asesino nunca es un europeo blanco, cristiano y hetero.

De este modo el homosexual queda desprotegido si el criminal no encaja en los cánones de la propaganda. El potentísimo lobby gay —vanguardia del sistema— maneja el cotarro, aunque es probable que muy pronto muchos homosexuales se revuelvan contra el mismo, igual que los obreros franceses recibieron a pedradas a Dany Cohn-Bendit cuando quiso llevar su revolución de mentira a las fábricas durante mayo del 68.

Esa batalla permanente entre la información y el relato también se cuela para explicarnos la causa de los incendios en España. Aspersores gubernamentales derraman su mercancía en las tertulias. El diagnóstico lo conocemos antes de que la policía detenga a los pirómanos: la culpa es del cambio climático, da igual que el 90% de los incendios sean provocados.

La reacción gubernamental es de auténtico manual. Sánchez declara la guerra a los bulos, no al fuego, reclama un Pacto de Estado «frente a la emergencia climática» y anuncia una red nacional de refugios climáticos. Aquí, ahora sí, está permitido utilizar el término nacional. Sánchez no ha comprado un solo avión para extinguir incendios en ocho años y dice prio-ri-dad na-cio-nal sin que su retén de voceros invoque las leyes de Núremberg.

Parece que todo es intencionado a todos los niveles. Si el causante de los incendios es el cambio climático la culpa se reparte, así que al currela de Getafe le toca apechugar. El obrero es responsable del calor por conducir un viejo coche de combustión, por eso no puede acceder al centro de su ciudad. Por si fuera poco recochineo, también está obligado a subvencionar con sus impuestos la compra de vehículos eléctricos que, ya sabemos, nunca arden. Así, el usuario de clase media-alta que paga 45.000 euros por un Tesla tiene ventajas fiscales gracias a Manolo de Getafe, doblemente humillado. El consenso verde da la bienvenida a Borja, el del coche eléctrico, que goza de una deducción del 15% en el IRPF, la exención total del impuesto de matriculación y bonificaciones locales en el impuesto de circulación. He aquí el Gobierno de la gente.

Europa se islamiza y los bosques arden. El sistema responde arrastrándonos a vivir entre dos relatos: la amenaza ultraderechista que pone en riesgo la convivencia y el negacionismo climático, puro combustible para el fuego. Es tan urgente escapar de esta trampa como de las llamas. No podremos recuperar la libertad sin derribar el Himalaya de mentiras de la propaganda oficial.

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