la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 23 de julio de 2012

MADRID: Novillada de la Guadamilla. Tomando postura (s) / Por José Ramón Márquez

El capote tieso de Paquito Leal, como la jaima de Miramamolín, resume la tarde guadamillera en Las Ventas


Novillada de la Guadamilla. Tomando postura (s)

 José Ramón Márquez

Vaya por delante lo bueno, por si alguno tiene prisa y no quiere perder el tiempo en leer estas letras: la entrada fue muy buena para ser una novillada con dos ‘nuevos en esta plaza’ a finales del mes de julio.

Ahora, lo demás. En primer lugar que de los muchos espectadores que hoy fueron a Las Ventas por primera vez en su vida, resulta realmente difícil pensar que pueda nacer algún aficionado a los toros.

Alguien que dentro de quince años diga:

-Pues yo, la primera corrida que vi fue una novillada de Guadamilla para Fernando Adrián, Juan Leal y César Valencia.

Si la novillada de hoy le ha servido a alguien para que en él nazca el interés por este espectáculo, eso debería ser catalogado dentro de la categoría de milagro. A lo mejor hoy se ha dado, tengamos fe.

Para tratar de hacer posible el milagro hoy la empresa nos anunció, como se dijo antes, una corrida de ‘eliminando lo anterior’ de Guadaira, juampedrojuampedrojuampedro, que ya produce hastío tanto juampedro. El primero, sin embargo, parecía de tipo Lisardo, que ya sabemos que juampedro en principio no tiene nada que ver con Atanasio, pero algo debe haber porque hoy se vio a Barquerito por Las Ventas y es conocida la finura de su olfato para los lisarnasios, o sea que a lo mejor algo había. 
 
La novillada fue como una escalera de mano de pintor, llena de chafarrinones: unos más gordos, otros menos; unos más largos, otros menos; unos más castaños, otros menos; diríamos que parecía que el camión había ido por aquí y por allá recogiendo los animales, como cuando la policía hacía redadas, y que los fueron soltando unos detrás de otros diciendo que eran del mismo amo, que lo mismo que eran de uno podían haber sido de media docena. Bueno, digamos en honor a la verdad que el amo de esto es el que mandó a hacer puñetas lo que tenía de Santa Coloma para comprarse unos bibelots de juampedro, y con eso ya queda perfectamente retratada la calaña del propietario que ampara su oprobio ganadero tras la frialdad de una Sociedad Limitada.

Entre los bureles de la Sociedad Limitada, pues digamos que hubo más o menos de todo, tontuna en diversos grados, blandura extrema y hasta su atisbo de casta en el novillo Seguidillo, número 62, tercero de la tarde. Digamos que la corrida cumplió las exigencias de July en cuanto a no meter miedo a sus matadores, brillando con luz propia el descaste tan querido por la mayoría de los ganaderos y de los matadores de toros y novillos de nuestros días.

Para despachar el encierro guadamillesco trajeron a Fernando Adrián, de Madrid; a Juan Leal, de Arles; y a César Valencia, de Caracas, como Antonio Bienvenida. Corrida internacional para el toro del monocultivo.

Siempre hablamos de la personalidad de los toreros, lo que les hace únicos y distinguibles de los demás: ManiliRafael Ortega,Pepe LuisJosé Antonio CampuzanoDámaso Gómez,Antoñete... toreros únicos en su personalidad, cada cual con su estilo, con su tauromaquia. Unos gustarán más que otros, pero cada cual es único e irrepetible. Pues hoy, de eso apenas nada.

Fernando Adrián es una especie de July pelmazo, un déjà vutaurino, un sin ton ni son, un copiota que se decía en el colegio, sin un gramo de nada propio. Planteó la faena a su primero a la julianesca manera y su numerosa parroquia de seguidores le jaleó como oro molido la vulgaridad de su toreo despegado y ayuno del más mínimo compromiso. En el segundo, el más flojo y el más bobo de toda la corrida, le dio los pases que consideró oportunos, como quien se entrena con un carretón, sin atisbo de emoción ni de interés. Era este toro un auténtico imbécil sin apego alguno a la vida y sin motivo alguno que le impulsase a seguir viviendo, que en la languidez de su mirada y en la bobalicona lengua que le colgaba de la boca demandaba una estocada de cualquier manera que diese pronto fin a su innecesaria vida terrenal. Resaltan con brillo propio en la prescindible tauromaquia del torero madrileño los circulares invertidos y las pedresinas, que como es bien conocido son el signo y la hora del toreo contemporáneo.
 
 Juan Leal es seguidor en lo estético de Castella y como él busca de las cercanías del ¡Uy! más que de las distancias del ¡Ole! Para que el truco funcione necesitaría un toro que metiese al prestigio la emoción que el torero es incapaz de poner, pero en ese caso es harto dudoso que los argumentos del torero fuesen los mismos que los que presenta con las babosas de lengua fuera, descaste y derrengamiento generalizado. Como es natural no se privó ni de la pedresina ni de los circulares invertidos, que dio con profusión y, en general, con más voluntad que acierto. A sus dos novillos, cuesta un montón escribir la palabra ‘oponentes’, los despenó de sendos julipiés con atlético salto, perdiendo el engaño en el segundo de ellos. Para que se vea que la escuela de Juliancín va haciendo mella, ahí quedan sus influencias en esta tarde con Fernando Adrián copiándole en las formas y con Juan Leal en la manera de matar.
 
César Valencia es distinto a sus dos compañeros de terna. Posiblemente sea una de tantas víctimas a las que llevan a Las Ventas a ver qué pasa. Está muy poco placeado y no debería haberse anunciado en Madrid con tan poco bagaje, de hecho la tarde de hoy era la de su debut con picadores. No obstante, frente a lo gastado de las propuestas de Adrián y Leal, Valencia puso sobre la arena de Madrid cierta frescura, anegada en buena parte por una patente falta de oficio, junto a un toreo por afuera, bastante despegado y un deficiente uso del estoque. Dentro del bajo nivel de la tarde, lo más salvable fue este jovencísimo venezolano que no debía haber entrado en este cartel.

De las cuadrillas, José Ney dio el pecho del caballo y echó el palo con suficiencia al novillo más serio de la tarde.