'..No puedo entender que este extraordinario torero haya confirmado su alternativa en una Feria de Otoño, que haya actuado un domingo de Ramos en Las Ventas, que haya cortado tres o cuatro orejas en tan difícil coso. Me resulta inaceptable tamaño vacío informativo. También me extraña que nadie me haya hablado de este torero..'
EN CORTO Y POR DERECHO
Adrián de Torres, una figura del toreo desconocida
Por José Carlos Arévalo
Tarde de domingo sin toros. Hojeo periódicos, solo titulares. Suena el teléfono. Es mi hijo, Antonio. "¿Estás viendo la corrida?", "¿Qué corrida?", "La de Canal Sur, torea Castella y...", "La pongo y hablamos después". Así empezó la tarde en que descubrí a un torero del no tenía la menor referencia, que no torea ni una y que torea como una figura en plenitud. Se llama Adrián de Torres. Pero antes de escandalizarme y de buscar culpables por las cuatro esquinas de la Fiesta he creído más honesto hacer un ejercicio de autocrítica. No como periodista, pues me retiré precisamente cuando Adrián de Torres tomaba la alternativa en Cazorla de manos de Padilla y en presencia de Fandi. Pero sí como aficionado., pues quien de verdad lo es no se retira nunca, Y ahí he fallado. No puedo entender que este extraordinario torero haya confirmado su alternativa en una Feria de Otoño, que haya actuado un domingo de Ramos en Las Ventas, que haya cortado tres o cuatro orejas en tan difícil coso. Me resulta inaceptable tamaño vacío informativo. También me extraña que nadie me haya hablado de este torero.
Por eso, al término de la transmisión de Canal Sur hice varias llamadas. Y no me aclararon mucho. Por ejemplo, que tan buen torero siempre toreó en Las Ventas "corridas duras", que por estos pagos se le consideró un torero de valor -¿quién?-, y que rentabilizó (?) estos éxitos toreando en Francia en plazas "toristas". Por su parte, el gran periodista jienense, Luis Miguel Parrado, me dijo que de este torero hace años circuló por las redes una faena inusitada, irreal, de un temple despacioso y mágico. Casualmente, en una cena, la viuda de Corbacho, el gran maestro de toreros, me dijo que Antonio quiso apoderarle, pero ya entonces había entrado en la fase terminal de su enfermedad.
Las confidencias de Maria Corbacho y de Parrado me tranquilizaron, aunque no del todo. Hay preguntas, en el caso Adrián de Torres, para las que no tengo respuesta. ¿Por qué se me ha escapado este torero? ¿Por qué la Fiesta da la espalda a un torero tan bueno? ¿Por qué de la corrida transmitida por Canal Sur no se ha dicho absolutamente nada? En todo caso, yo sí voy a escribir sobre algo inédito en la fiesta de toros: el toreo extraordinario de un torero que no torea casi nunca.
Así torea Adrián de Torres:
Primero, el toro. La corrida era de Salvador Domecq. O sea, el toro ideal para el examen final de un torero. Otro tipo de toro. Por ejemplo, el llamado "toro torista" califica el valor, la voluntad, la destreza (la defensiva, menos la que exige entrega y apuesta). Pero esta ganadería, como todas las que proceden directamente de Domecq-Núñez Villavicencio, reclama el valor que exige la bravura. Es decir, tener el valor, la maestría y la inspiración como medios al servicio de un fin superior, el toreo. Si al final de la lidia ha prevalecido cualquiera de los medios sobre el toreo, el techo de quien así haya actuado será bajo. Si, por el contrario, las tres aludidas virtudes han desaparecido oscurecidas por el toreo, el torero no tendrá techo.
¿Cuál fue la sorpresa que me deparó Andrés de Torres? Que al valor lo escondía el toreo, que la maestría se ocultaba tras la naturalidad, que el arte brotaba inmerecido, como si lo regalara el toro. No había miedo en el torero, estaba a gusto en el ruedo con el toro, había trasladado la emoción al tendido.
El toreo de Adrián no tiene pellizco, ni gracia, ni inspiración repentina. Tiene algo mejor: una elegancia tranquila. Su verticalidad le yergue con prestancia ante la acometida del toro, pero no lo eleva porque su pecho tornea y su cintura se quiebra mientras entrega la embestida al brazo que torea y este a la muñeca que remata. Nos dice Adrián que el torero es el eje de la suerte, el artista que la engendra, la inteligencia que acaricia la peligrosa violencia del toro, que la doma, que la saborea, que la templa. Hay en su toreo, tanto con el capote como con la muleta, naturalidad y delectación. Encuentra, sin buscarlo, el sitio de torear. Imanta sin esfuerzo la fuerte embestida del toro levantado al capote tranquilo que la mece. Y con la muleta su temple deletrea los tiempos del pase para mayor delectación del toreo: gallardía en el cite, tacto en el embroque, cadencia en el viaje y una sorprendente y templadísima sobredosis que alarga los muletazos cuando se los creía terminados, lo que sacia de toreo a los tendidos. Quizá esa tendencia a prolongar la reunión con el toro le incite a torear con los vuelos como si quisiera que el pase no terminara nunca. Su naturales con la mano derecha fueron de una largura y un temple inefables.
No entiendo el vacío sufrido por este gran torero. No entiendo mi culpable ignorancia. Pero no me gusta ir por la vida de profeta de nadie. Y sin embargo, tampoco suelo callarme lo que pienso. Y en este caso, he visto en Adrián de Torres un verticalidad manoletista, un temple ordoñista y una naturalidad bienvenidista. Que Dios me perdone.

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