'..Privar a las ferias de lidiadores con la verdad de Juan Miguel es despojar al toreo de su dimensión más sagrada y heroica. La afición de piedra berroqueña, aquella que sabe distinguir el oro de ley de la bisutería, reclama que el esfuerzo y el dolor tengan su justa recompensa en forma de oportunidades..'
LA VOZ DE LA ALTANERÍA
Juan Miguel: el estoicismo de Colmenar de Oreja forjado en el valle del terror
Por Aitor Vian
En los confines de la Comunidad de Madrid, allí donde el asfalto y la gran ciudad ceden su imperio a las encinas y a la dureza del campo, se extiende una geografía taurina que no entiende de concesiones ni de postines. Es el temido "Valle del Terror", un rosario de pueblos y cosos donde el toro impone su ley más severa y donde los lidiadores se miden por su capacidad para mirar a los ojos a la tragedia. De ese crisol de exigencia e inclemencia, concretamente desde la histórica Colmenar de Oreja —cuya imponente Plaza Mayor encierra en sus soportales siglos de liturgia taurina— emergió la figura de Juan Miguel, un matador que encarna, quizá como pocos en el escalafón actual, el romanticismo descarnado de los toreros de trinchera.
Hablar de Juan Miguel es abrir el libro de la tauromaquia por sus páginas más cruentas, pero también por las más auténticas. Su historia no sabe de alfombras rojas ni de apoderamientos de salón; es la epopeya de un gladiador esculpido a golpes de cornada, de sangre derramada y de silencios en los despachos. Durante una larguísima y durísima etapa como novillero, se batió el cobre frente a los hierros más terroríficos del campo bravo, asumiendo compromisos que muchos otros rehuían y entregando su propio cuerpo como garantía de su verdad insobornable.
Su concepto del toreo está desprovisto de cualquier alharaca o falsedad. Juan Miguel practica una tauromaquia de estoicismo puro, donde la quietud no es una pose, sino una necesidad vital. Cuando se abre de capa o presenta la sarga, lo hace con las plantas firmemente hundidas en el albero, ofreciendo el pecho y aguantando miradas que hielan la sangre en los tendidos. Ese valor seco, austero y castizo, se transforma en clasicismo cuando el toro, dominado por la firmeza del madrileño, se entrega a los vuelos de una muleta que busca siempre someter por abajo con trazo largo y sincero.

Sin embargo, la recompensa del sistema a tanta sangre y tanta entrega suele ser, paradójicamente, el más absoluto de los ostracismos. Tras alcanzar el codiciado y merecidísimo doctorado, Juan Miguel ha tenido que enfrentarse al muro invisible de una industria que, con demasiada frecuencia, olvida a quienes sostienen con su sacrificio la grandeza moral de la Fiesta. En el amargo desierto de la espera, frente a la escasez de contratos y el eco vacío del teléfono, este diestro ha demostrado una dignidad colosal, refugiándose en la soledad de su entrenamiento y manteniendo intacta la fe en su vocación.
Privar a las ferias de lidiadores con la verdad de Juan Miguel es despojar al toreo de su dimensión más sagrada y heroica. La afición de piedra berroqueña, aquella que sabe distinguir el oro de ley de la bisutería, reclama que el esfuerzo y el dolor tengan su justa recompensa en forma de oportunidades.
Juan Miguel es el baluarte de Colmenar de Oreja y el triunfo de la voluntad sobre el abismo. Un superviviente nato que ha hecho de sus cicatrices un mapa de honor y de su muleta, una bandera de resistencia. En su estoicismo habita el alma inquebrantable de la tauromaquia, aguardando con paciencia franciscana el instante en que las puertas de los chiqueros se abran para demostrar que el valor auténtico, el que se forja en el dolor y en el silencio, jamás pasa de moda.

Estoy sorprendiéndome, que ensalzáis lo vuestro, aún más que los chovinistas sevillanos lo suyo, y curiosamente no supieron ver a Paco Camino... ¿Saben qué? A quien he visto torear con mayor inolvidable belleza es a MANOLO CASCALES... ¡Que cadencia o luz del Mediterráneo!
ResponderEliminarPadecí vuestro horrible Valle del Terror, que no tiene la menor belleza de lo que es torear. Sólo E. Ponce jovencísimo novillero dió un recital de maestría torera