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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 18 de septiembre de 2026

Nunca hubo ningún abrazo / por Carlos Marín-Blázquez


'..No hubo, por tanto, ningún anhelo de reconciliación. Sí, en cambio, un feroz empeño de
desmantelamiento de la nación y de subordinación del conjunto de las instituciones a la voluntad sacrosanta de los nuevos amos. Liquidada la separación de poderes (¿alguna vez existió?), quedó el campo libre para acometer aquello que representaba la máxima ambición de los oscuros estrategas de palacio: un descomunal proyecto de ingeniería social. El fin último era la transformación de las conciencias..'

'Los padres de la Constitución'

Nunca hubo ningún abrazo

Carlos Marín-Blázquez
Hay períodos de la historia que sólo cabe interpretar como una suma de malentendidos. Se toma, por ejemplo, una etapa del pasado y se procede a su cristalización en la gota de ámbar de un concepto que nadie se toma la molestia de cuestionar. Es una idea que se filtra en la psique colectiva y permanece allí durante años, toda la vida quizá, inmune a la corrosión de los hechos. Su mención provoca una reacción pauloviana, en el sentido de que concita una unanimidad que tiene algo de perruna.

En el caso de España, el ejemplo más cercano tiene que ver con el automatismo a través del cual se sigue asociando la Transición con el surgimiento de un espíritu de reconciliación nacional. La llegada de la democracia habría tenido un efecto taumatúrgico. Habría supuesto la sanación de las heridas que impedían el abrazo entre españoles y el punto de inflexión a partir del cual las diferencias ideológicas que ya se empezaban a exacerbar importarían menos que el deseo de la mayor parte de la ciudadanía de emprender un mismo camino de armonía y prosperidad.

Todavía hay personas de buena voluntad que viven en la creencia de que aquello fue un proyecto bien fundado, aunque malogrado por la fatal propensión del temperamento patrio a las discordias fratricidas. En realidad, importa poco si se comparte ese parecer o si se es partidario de un punto de vista menos indulgente en relación a los orígenes del sistema por el que ahora nos regimos. Porque lo único cierto es que, al cabo de estos 48 años de experiencia constitucional, la nación está exhausta.

Las bellas palabras han quedado atrás. La descripción del panorama que tenemos antes nuestros ojos no admite eufemismos. Baste señalar que el desbarajuste actual puede que se nos antoje un paraíso en comparación con lo que nos aguarda. Pero es imprescindible tener meridianamente claro cómo se ha llegado hasta aquí. Y la respuesta a esta cuestión es que la España que hoy conocemos es, en sus líneas maestras, el resultado del diseño urdido por una oligarquía que, desde el instante mismo en que se hizo con el poder, exhibió una capacidad portentosa para poner la totalidad de los resortes del Estado al servicio de sus intereses particulares.

No hubo, por tanto, ningún anhelo de reconciliación. Sí, en cambio, un feroz empeño de desmantelamiento de la nación y de subordinación del conjunto de las instituciones a la voluntad sacrosanta de los nuevos amos. Liquidada la separación de poderes (¿alguna vez existió?), quedó el campo libre para acometer aquello que representaba la máxima ambición de los oscuros estrategas de palacio: un descomunal proyecto de ingeniería social. El fin último era la transformación de las conciencias. De ahí que, siguiendo al pie de la letra el catecismo gramsciano, lo prioritario fuera el control de los medios que modelan la mentalidad de las masas.

Para ello, se desmanteló el sistema educativo; se fomentó la endogamia universitaria; las televisiones públicas y la mayor parte de las privadas hicieron un solo cuerpo con la clase gobernante, y esta forma de prostitución sistémica encontró su correlato en la creación de una casta de supuestos agentes culturales en cuyo encumbramiento jugó un papel decisivo el imperio mediático organizado bajo el paraguas subvencionador del Poder.

El objetivo, por tanto, iba más allá de lo político. Se trataba de la implantación de una nueva moral colectiva que debía sustituir los valores y costumbres en torno a los cuales se había venido perfilando una nación imbuida de una sólida identidad histórica y todavía sujeta a los dictados del sentido común. Se le aplicó al proyecto una vistosa pátina de modernidad. Al muñeco lo vistieron con los ropajes de un igualitarismo lúdico que ya por entonces desprendía el mismo olor a naftalina que las consignas florales del mayo francés.

Por lo demás, en este proyecto de desmembración nacional sus artífices no hacían otra cosa que situarse como discípulos aventajados de una corriente más amplia en virtud de la cual Europa se encaminaba hacia su colapso.

A la vista de los resultados, el éxito ha sido clamoroso. Hoy no hay una sola esfera de la vida pública o privada que no se halle impregnada de las categorías mentales fabricadas por el Partido del Estado y difundidas a través de su omnipresente aparato propagandístico. Unas pocas décadas han bastado para que, en ausencia de una fuerza política y sociológica que actúe de contrapeso eficaz, se nos haya impuesto una visión del mundo de la que resulta peligroso disentir. Millones de personas siguen respirando la atmósfera narcótica de una fantasía que en su imaginación se desarrolla al margen de las evidencias de una realidad que se descompone. Ningún hecho, por grave o escandaloso que parezca, las sacará ya de su burbuja estupefaciente. Como colofón, el terreno ha quedado abierto a la llegada de la autocracia, régimen propicio para el florecimiento de los temperamentos psicopáticos y los hábitos delictivos.

Ratificación y sanción de la Constitución Española por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I.
Si nada lo remedia, la debacle va a ser para todos. Pero mientras unos la viviremos con amargura, otros lo harán como una feliz manada de zombis.

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