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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 21 de marzo de 2016

Domingo de Ramos en Madrid. La Puerta Grande de Calderón para Curro Díaz / por José Ramón Márquez


Fuese Abella, y ahí sigue el Paño Deshilachado



Domingo de Ramos en Madrid. 
La Puerta Grande de Calderón para Curro Díaz


Hoy, Domingo de Ramos, la primera de la temporada en Las Ventas, con el número 1 en la entrada. Parece que fue ayer cuando poníamos punto final a la temporada anterior, con aquellos martinlorca, y aquí estamos de nuevo como si tal cosa, que cinco meses no es ná. Cinco meses, en efecto, no es ná, pues ni siquiera ha sido un plazo suficiente para que Fernández, a quien sus amigos llaman Fernández y Fernández, haya adecentado mínimamente la mochuelera venteña; y ahí seguimos con el orín en las barandillas, con las montañas de arena y la dúmper enchiqueradas bajo las arcadas neomozárabes, con los orificios de Black&Decker, termita industrial, por aquí y por allá, con los chafarrinones, huellas y manchas en los paramentos, y sobre todo con esa inequívoca seña de identidad venteña que es la de hacer ondear sobre la fachada principal un trapajo negruzco y hecho jirones con unos colores que vagamente rememoran los de la bandera constitucional. Cifuentes, la gatoparda, en su afán por modernizar, cambió algo para que todo siguiese igual, y ahora ha conseguido que, como homenaje vívido a la Comunidad de Madrid que le paga el sueldo, Fernández tenga también la bandera de dicho organismo ondeando en la plenitud del desgarro y la hilacha.

Para el festejo número 1 pintaron en los carteles el hierro y la divisa, antiquísima divisa blanca del Raso del Portillo, que son propiedad de la ganadería de Gavira. Según el tradicional galimatías, y para no dar vueltas, juampedros de El Torero, que ni AREVA habría sido capaz de sacar los parecidos de los seis galanes que echaron, no ya con lo de juampedro, sino con algo reconocible. Corrida muy poco pareja en volumen y en hechuras, con algunas pavorosas cabezas como la del Varillo, número 46, que abrió plaza y temporada, con variedad de comportamientos, desde los que -en la moderna terminología- “se dejaron” hasta los que sacaron sus complicaciones. El segundo se fue al antro de Florito tras ver el pañuelico verde y fue sustituido por uno de Torrealba -Torrealtas salmantinos-, Impetuoso, número 7, de una extrema condición tonta y colaboracionista. Poco que reseñar del ganado, la verdad.

Por la parte del toreo vinieron Curro Díaz, David Galván y Juan Ortega, que confirmaba su alternativa. Cartel de aire andaluz del que el único interés estaba en el veterano linarense Curro Díaz.
A Juan Ortega le correspondió el honor de inaugurar la temporada con el tal Varillo, cuya presencia impresionaba lo suyo a los que estábamos sentados, o sea que en la arena debía meter un miedo de narices. Luego, como les pasa a esos que tienen cara de asesino y no han roto un solo plato en su vida, el bicho sacó unas condiciones de lo más colaboradoras ante las que Ortega -¡menudo apellido para un torero!- sacó casi toda la neotauromaquia que nos anega por tierra, mar y aire. De cruzarse ni hablamos, de cargar la suerte... ¡para qué!, de citar a una distancia un poco generosa para el toro, ni hablar; de renunciar a las ventajas, al pico, a esconder la pata atrás, nada, o sea, lo de cada día. El resultado es que la faena de Ortega al de su confirmación poseyó las mismas propiedades que los romanos otorgaban al río Lethes: producir el olvido. Lo tumbó de aquella manera y retornó al callejón a esperar a su segundo que se corrió en quinto lugar por lo que luego se verá. Este sexto corrido como quinto, Cantarero, llevaba el número 5 como una premonición de que esa sería su posición, negro bragado, que era lo opuesto al primero: parado y mirón, el toro se orientaba y no estaba dispuesto a regalar nada a su matador. Muchas veces hemos señalado aquí cómo los toros difíciles van mejor a los toreros que no tienen mucho que decir, y en este caso, en la porfía que entabló Ortega con el toro frente al 9 se vio la que acaso sea la mejor cara de este joven matador, pisando a veces terrenos comprometidos, cruzándose esforzadamente para provocar la embestida y aguantando la mala baba de un toro nada artístico al que fue intentando matar, echándose fuera, por diversos lugares de la Plaza y con el que finalmente acabó frente a chiqueros.

David Galván sólo mató uno de los de su lote por el percance que sufrió en el inicio de su faena: el bicho, llamado Verdiale, número 1, se lo llevó por delante en la memez de la pedresina y le fastidió el gemelo. Pese a ello el hombre continuó su labor, sobreponiéndose al percance, y como regalo a la parroquia nos echó encima un bidón de la más deplorable vulgaridad, ventajismo, falta de gusto, de acople, de toreo, sustanciando su larguísima labor con la franela en no dar nada que pudiera albergar el más ínfimo interés ni siquiera para un aficionadillo medianejo de diez corridas al año. Si hubiese habido una faena diríamos que habría sido a menos, muy a menos, pero lo que hubo fue una sucesión de pases, medios pases, telonazos y desplantes rematados con los inevitables invertidos circulares que, unidos a una estocada atropellada de zambullón trasera y tendida le valieron al gaditano una inaudita oreja, como quien va por la calle y se encuentra un reloj Hublot. Pasó a la enfermería y no había que ser el Doctor Marañón para saber que, incluso desconociendo por completo el alcance de su lesión, no volvería al ruedo.

Y luego Curro, que le hemos dejado para el final. Curro Díaz tiene una gracia que Dios da a quien Él quiere. Él, en su infinita sabiduría, compensa; y si te da esa elegancia, compensa la cosa quitándote valor. Si Curro Díaz tuviese el valor de Manili estaríamos hablando de uno de entre los 20 más grandes de todos los tiempos, pero hay lo que hay y a eso hay que ceñirse. Lo primero, lo bueno: la disposición con la que hoy ha venido Curro a Las Ventas, como hace mucho tiempo que no se le veía. El sobrero que hizo segundo, Impetuoso, era lo suficientemente bobo como para que Díaz pudiese mostrar junto a él su cara más auténtica y ante él montó un estético espectáculo armado sobre la verticalidad de su figura y en la elegancia en el trazo de su muletazo. Bien es verdad que todo ello basado en la ventaja, en no meterse en el viaje del toro, en no romper el viaje, en no torear. Curro mueve el toro de acá para allá con una exquisita composición de figura: estética pura al servicio de la pura estética, no del toreo. Y luego entre medias intercala sus impecables signos de puntuación: las sublimes trincherillas, los pases del desprecio, los cambios de manos. Todo ello nos trae, ¡cómo no!, la evocación de otros modos de torear que se van perdiendo, inexorablemente, pero nos deja el agrio sabor de comprobar que ese despliegue de estética no va orientado a lo que se nos enseñó en aquella concisa sentencia del catecismo del aficionado: “hacer ir al toro por donde no quiere, obligándole”. A este primero lo mató de estocada trasera y dos descabellos. Unos 78 u 87 se pusieron a pedir la oreja y el usía no estaba por ésas, pero el Gargamel del palco, el avieso Joselito Calderón urdía sus consejos de manera ostensible y convenció a la tercera al presidente, don Trinidad López-Pastor, para que exhibiese el moquero blanco cuando las mulas ya arrastraban al funo. Así, con una exigua petición, Curro se llevó la que podríamos llamar “la oreja de Calderón”. En su segundo, Viñatero, número 21, se da cuenta de que tiene la puerta entreabierta y echa el resto, transformando su habitual abulia en decisión. Acaso tenga menos estética este trasteo que el anterior, menos solemne verticalidad; a cambio, hay una decidida voluntad del torero en que no se le vaya el triunfo y, con un titánico esfuerzo, construye su secuencia de pases basados en lo que se explicó más arriba. Al final ensaya algunos naturales de frente y otros por fuera, sin ligazón, y de nuevo echa el resto en los pases de trinchera y en un gran cambio de manos. Se perfila, cierra los ojos y se tira a lo que sea, hule o puerta, y cobra una estocada rinconera muy efectiva con el torero encunado y trompicado. Ahí cae del guindo Calderón, que ha abierto la antaño prestigiosa Puerta Grande de Las Ventas a Curro Díaz con el sistema del 1+1. Esto mismo ocurrió a porrillo el año pasado. Al tercero no quiere ni verle, porque el toro es de peor condición y porque él ya quiere colocar sus gónadas contra el cogote de un capitalista e irse hacia la calle de Alcalá a disfrutar de su día grande. Aliño y espadazo, pues.

Luego, cuando los capitalistas le dan la vuelta al ruedo, la Plaza se ha vaciado. Ochenta o cien personas quedamos por ahí diseminadas por los tendidos a ver la salida de Curro Díaz. Pensamos que el resto de la gente acaso se hayan ido a la explanada a verle salir en triunfo..