'..¿No se ha enterado todavía, biempensante lector? Pues vaya abriendo los ojos, porque este proceso no va a ser pacífico, y algún día se sorprenderá de que ha empezado a salpicarle la violencia, como ya sucede de vez en cuando, y de momento en pequeñas dosis, en otros países europeos multiculturalmente más avanzados..'
Prioridad extranjera
Jesús Laínz
Hace treinta años un buen amigo parisino, políglota y licenciado en Historia, me contó que se había presentado a una selección para trabajar de guía en el Louvre. Había sido rechazado debido a la prioridad «de color» que ya regía por aquel entonces en los museos públicos de Francia. Los argelinos, marroquíes, cameruneses y senegaleses pasaban por delante de los franceses independientemente de la capacidad de cada cual. Mi amigo, naturalmente, era tan mala persona que votaba a Jean-Marie Le Pen. Dado que reclamar la prioridad nacional quedaba feo por fascista, racista y no sé cuántos istas más, su partido aspiraba a que los franceses alcanzasen al menos la igualdad de derechos con los africanos.
Treinta años más tarde, en una ciudad española cualquiera, un veterano mendigo nacional, sentado en el suelo en la entrada de un supermercado, reprochaba a un joven mendigo negro que estuviese haciéndole la competencia: «¡Éste es mi supermercado! ¡Llevo aquí muchos años! ¡Además, yo no recibo las ayudas que recibes tú!».
Imagínese, vulnerable lector, que se va usted sin documentación, sin dinero, evitando controles fronterizos, y se presenta en Canadá, Japón, Nueva Zelanda, Arabia Saudita o Madagascar —habrá observado que he evitado astutamente mencionar países europeos, ya que en nuestro continente hace mucho que reina la locura— y, carente de trabajo, ingresos y domicilio, exige que el Estado al que acaba de llegar y al que nunca aportó ni un céntimo de impuestos le dé una paga mensual, ayudas por cada hijo, prestaciones por su situación de vulnerabilidad, atienda a su salud gratuitamente, le ponga un piso y le dé la nacionalidad y el derecho al voto para participar en las decisiones políticas.
Por más que lo intenta no consigue usted imaginárselo, ¿verdad? Pues exactamente eso es lo que está pasando en la España y la Europa multiculturales que, sin habérsenos consultado nunca en las urnas, nos están imponiendo nuestras élites políticas, económicas, culturales y eclesiásticas. Y si a alguien se le ocurre ser tan malvado como para oponerse a esta inundación suicida deseando que se cumpla la ley y se aplique el sentido común, se le amordazará, se le insultará y se le acusará de fascista, de racista y de no sé cuántos istas más.
Las naciones, los Estados y los ciudadanos están siendo sacrificados en el altar del sacrosanto igualitarismo, nuevo dios que ha venido a sustituir al que creíamos que estaba en los cielos. La Constitución, de hecho —el papel lleva décadas mojado—, ya no es española, ya no atribuye la soberanía al pueblo español, ya no define los derechos y obligaciones del Estado y los ciudadanos españoles… Ahora parece ser la Constitución de la ONU, o incluso de la galaxia entera, cuyos nuevos ciudadanos, con igualdad de derechos e incluso con privilegios, serán todos los bípedos implumes que deseen instalarse aquí sin que nada ni nadie pueda impedírselo. Y lo mismo sucede, claro está, con los demás países europeos, tan suicidas como Expaña. Sí, con equis.
Soy consciente de que hace falta ser muy malvado para escribir esto, pero parece que los partidos, iglesias y empresarios deseen eliminar físicamente a la mayoría —esa mayoría descendiente de los imperialistas, reaccionarios e intolerantes españoles de siglos anteriores— para que no vote lo indebido, seguros como están de que los recién llegados serán menos críticos y más fáciles de someter.
¿No se ha enterado todavía, biempensante lector? Pues vaya abriendo los ojos, porque este proceso no va a ser pacífico, y algún día se sorprenderá de que ha empezado a salpicarle la violencia, como ya sucede de vez en cuando, y de momento en pequeñas dosis, en otros países europeos multiculturalmente más avanzados.
«¡No es esto! ¡No es esto!», gimotearán asustados millones de europeos que hasta ese momento no se enteraron de nada y señalaron furiosos a quienes osaron oponerse. Pero es que el Homo Votantis es así: no suele enterarse de la presencia de la mierda hasta que le cagan en el bigote.
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