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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 1 de mayo de 2026

Fue en el Primor / por HUGHES


'..A mí me ocurrió en verano. En una perfumería Primor en un centro comercial. Iba a comprar un regalo y al poco de estar allí, deslumbrado por la iluminación, me percaté de que todo el mundo era extranjero; lo eran las clientas y también las dependientas. Todas. Yo era el único español..'

Fue en el Primor

HUGHES
No solo había una Agenda 2030. También una 2050: para entonces, el 50% de la población serán «no nacidos en España». Se lo ha recordado al gobierno el consejero delegado de Caixabank, como diciendo que tampoco hace falta correr. Porque las cifras impresionan. En 4 años han llegado más de 4 millones de inmigrantes, más de dos en 2023 y 2024, y ahora se avanza que otros dos y medio solicitan la nacionalidad por la Ley ‘de nietos’ de la Memoria Democrática.

En proporción, supera la crisis de refugiados de Merkel y quizás solo pueda compararse con el coladero de ilegales permitido por Biden.

Esto afecta a la realidad. Nos dirán que genera xenofobia, el rechazo del otro, del extranjero, pero eso era un estadio anterior. A esta velocidad es la realidad lo que cambia.

Hay un instante en que se siente. Debería tener un nombre esa sensación. Es un momento en el que uno se da cuenta, como si fuera una revelación.

Por supuesto, el momento ya ha sido. Sucedió antes de los titulares. Probablemente ya lo han sentido.

A mí me ocurrió en verano. En una perfumería Primor en un centro comercial. Iba a comprar un regalo y al poco de estar allí, deslumbrado por la iluminación, me percaté de que todo el mundo era extranjero; lo eran las clientas y también las dependientas. Todas. Yo era el único español.

Mucha gente ha vivido ese momento en el metro. La revelación suburbana en el vagón. En el Primor se siente de otro modo. No diría que es malo ni bueno. No es como otras manifestaciones de la inmigración. Es distinto, es otra categoría. No lo viví dramáticamente sino como un darme cuenta, una revelación, una especie de melancólico extrañamiento. Como cuando vuelves a tu ciudad y han cerrado los lugares de siempre. La ciudad está, pero el tiempo la ha transformado. No está, para empezar, la gente que estaba.

Eso que produce el Tiempo poco a poco, suavemente, la inmigración masiva lo consigue de sopetón. Una sensación de extrañeza. Todo está aparentemente bien, funciona, no es un atraco, no es una situación dramática o disfuncional, puede ser incluso muy agradable, mujeres comprando perfumes, pero parece irreal, no del todo familiar, como el término freudiano aquel: unheimlich, no-familiar… y es verdad que el darse cuenta es como un desvelamiento heideggeriano, un instante, augenblick migratorio, un momento en el que se revela el cambio, el cambiazo demográfico: «pero ¿y los otros? ¿dónde están los otros?». Es una extrañeza que afecta al yo porque uno se da cuenta de ser el distinto, y se pone de relieve una cierta unicidad (no ser minoría sino el único), una condición menguante, como de lince ibérico, como el superviviente en una película de serie Z.

No es que haya un otro conflictivo, la famosa otredad; es que el otro eres tú. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo y unos actores te estuvieran gastando una broma.

De repente, eres el único aborigen y a esa sensación de obsolescencia le sigue otra pregunta: ¿pero qué ha pasado? ¿cómo ha sido?

Creo que esto le ha ocurrido a mucha gente. A mí me sucedió en un Primor. Por supuesto no es una experiencia que vaya a tener prestigio literario o que despierte preocupación humanitaria o solidaridad humana. Probablemente, será catalogada como algo repudiable. Pero debería tener un nombre. / La Gaceta de la Iberosfera /
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