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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 5 de mayo de 2026

El Cordobés: 90 años de un mito vivo


Manuel Benítez rebasa su novena década de vida en plena forma física y sin abdicar del impresionante carisma, de su aura de gran figura El Cordobés sigue siendo el rey Premios Andalucía de Tauromaquia 2025.

El Cordobés: 90 años de un mito vivo

Por Álvaro Rodríguez del Moral
Nació el 4 de mayo de 1936, en un hogar mísero de Palma del Río y ahora cumple 90 años. Son 9 décadas en la que la historia de nuestro país ha caminado paralela a la de un torero que, más allá de su impresionante dimensión taurina, acabaría convirtiéndose en el icono más inconfundible de toda una época.

El destino de Manuel Benítez Pérez parecía sentenciado. No tardaría en quedarse bajo el cuidado de su hermana mayor, Angelita, por la temprana muerte de sus padres en medio de aquella España desolada. Pero una determinación vital le animó siempre a salir hacia adelante, fuera robando gallinas y naranjas o saltando los cercanos de los toros de don Félix Moreno que se abrían a un tiro de piedra de su propio pueblo.


El futuro Cordobés, al que habían apodado sucesivamente El Renco y Palmeño, parecía predestinado para la miseria y tenía tomada la firme decisión de marchar -como tantos españoles de la época- a trabajar a Francia como emigrante. Como maletilla ya se había tirado de espontáneo aquí y allí; había vivido el submundo de las capeas y hasta había conseguido vestirse de luces sin demasiada fortuna por pueblos sin nombre. Todo parecía metido en un callejón sin salida cuando, el 13 de septiembre de 1959, sufrió una cornada de un novillo resabiado en Loeches. Era el mismo novillo que había herido también a su compañero Manuel Gómez Aller al que vio morir desangrado en la cama contigua del Hospital General de Madrid.

Pero hubo un encuentro providencial que cambiaría la vida del incipiente torero dibujando una de las imágenes más inconfundibles de la España de los años 60. Rafael Sánchez El Pipo sería el encargado de modelar el personaje, aprovechando y dramatizando la extracción humilde del antiguo Renco; su condición de ratero ocasional, de buscavidas en esos caminos polvorientos de la España que empieza a olvidar la posguerra. El Pipo, además, sería el primero en anunciarle como El Cordobés. El 15 de mayo de 1960, después de una campaña de relaciones públicas que logró llenar la plaza, organizó una novillada en Córdoba que supondría su despegue inmediato.

La tila por las nubes…

La tila por las nubes se titularía la crónica del recordado periodista local José Luis de Córdoba. “El público, nervioso -tila, tila-, se miraba asombrado. ¿Se trata de un chalado o de un inconsciente? Nosotros, simplemente, decimos: se trata de un chaval que quiere ser torero”. Aquella novillada sin picadores le lanzó definitivamente. Palma del Río, su pueblo natal, iba a servir de escenario para su debut con picadores al que siguió, prácticamente sin solución de continuidad, su participación en la película Aprendiendo a morir.

Benítez ya era un ídolo de masas sin haber tomado la alternativa y fue reclamado desde El Pardo para participar en un inusual festival invernal bajo la presidencia del mismísimo Franco. El festejo se celebró en los jardines del palacio y cuentan las crónicas que aquel hijo de represaliado republicano se llevó más tiempo volando por los aires que andando. Había conseguido la bendición del generalísimo…


Y llegó la alternativa…

Se había organizado todo para el 12 de octubre de 1962 en la vieja plaza de Los Tejares de Córdoba: toros de Samuel Flores para Antonio Bienvenida, José María Montilla y el doctorado de un novillero que había sacado al toreo de su molde. Pero la lluvia impidió que Manuel Benítez El Cordobés pudiera tomar la alternativa en aquella tarde otoñal. Fiel a su compromiso, esperó al 25 de mayo de 1963 -en la yema de las antiguas fechas de la Feria de la Salud- para hacerse matador de toros en el mismo coso, con idéntico cartel de toros y toreros. Aquel buscavidas de Palma del Río ya se codeaba con los grandes.


Había nacido un nuevo icono de la España del siglo XX. Manuel Benítez Pérez formó un auténtico alboroto aquella tarde pero ya era una figura social y taurina antes de recibir los trastos de torear de manos de Bienvenida, creando un curioso contrapunto entre la trasgresión y la ortodoxia. El nuevo diestro salió a hombros en medio del delirio del público cordobés, que abarrotó aquella plaza decimonónica a la que sólo quedaban dos temporadas de vida. La poderosa estela del Benítez llevaría a un grupo de comerciantes e industriales cordobeses a erigir el inmenso coso de Los Califas, que sería inaugurado por el propio Cordobés el 9 de mayo de 1965 en una corrida a beneficio de la Asociación de la Lucha contra el Cáncer.


El Cordobés fue el torero ye-ye, una imagen más de la España del desarrollismo y uno de los rostros de esa ruptura que impregna todos los estratos de una sociedad en erupción. Esa marea de cambios no fue ajena ni a la propia Iglesia Católica, que clausuraría el Concilio Vaticano II sólo diez días después de la alternativa de Benítez. Las casualidades nos sirven para trazar interesantes paralelismos: el concilio de Roma se había convocado a la vez que aquel ratero de Palma del Río iniciaba su égida de don nadie en busca de una gloria que tardaría aún en llegar.

Benítez sirvió de inspiración del best seller O llevarás luto por mí de Lapierre y Collins, que novelaron su ascensión a la cumbre social y taurina, y llegaría a ser portada reincidente en la revista Life. Se hacía acompañar de un profesor particular -dentro del avispado plan de promoción diseñado por El Pipo - al que se mostraba como preceptor del torero analfabeto que estaba ávido de adquirir la cultura que no había podido beber en sus años de maletilla. Se sacó la licencia de piloto y compró una avioneta que le ayudaba a completar unas temporadas que llegaron a pulverizar todos los récords…

El Cordobés, a pesar del desafecto de ciertos sectores de la crítica, mantuvo intacto su tirón hasta el punto de provocar una peregrinación de empresarios a su finca de Villalobillos ante el amago de una retirada que no se produjo. Los empresarios firmaron su continuidad -y la elevación de su caché- en la almohada que le había servido de consulta. Después llegaría la guerrilla, las idas y venidas de los 90…


El rostro del Cordobés pertenece por derecho propio a un retablo de imágenes en el que figuran el Seiscientos, la Costa del Sol, el apartamento de Benidorm o la popularización de la incipiente Televisión Española. Pero ese carisma, su rol de icono de la década prodigiosa, no puede enmascarar su valía como gran torero, que va mucho más allá de esas formas iconoclastas -incluido el famoso flequillo- que enardecían a los públicos que llenaban las plazas para verle mientras los puristas se rasgaban las vestiduras.


En 2014, cerca de cumplir la octava década de vida no dudó en anunciarse en el declinante festival de la Asociación Española de la Lucha contra el Cáncer en su feudo cordobés. Se trataba de levantar un evento que había vivido mejores horas. Fue, hasta ahora, la última vez que toreó en público y lo hizo formando un auténtico lío a un serio ejemplar de Garcigrande con el que mostró sus galones de gran figura, su grandioso fondo torero, el carisma que le hizo grande… Dictó una lección magistral eclipsando al resto de sus compañeros en una tarde que le sirvió de antología taurina.

Pero Benítez sigue de plena actualidad: el reencuentro vital con su hijo Manuel Díaz o el Premio Andalucía de Tauromaquia, entre otros reconocimientos, añaden un renglón más a una biografía que no se puede separar de la memoria íntima y doméstica de España. Ahora cumple 90 años en plena forma, al ritmo de un reciente marcapasos, sin abdicar de ese impresionante carisma, sin haber abandonado nunca su aura de gran figura.



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