
'..Cuando un portavoz de algo escribe una frase que hay que leer dos o tres veces para entenderla, una de dos: o no sabe lo que quiere decir, o no quiere que se entienda demasiado bien. Argüello es hombre muy cultivado, así que me inclino por la segunda opción..'
Monseñores, de verdad…
José Javier Esparza
El pasado 3 de mayo, a las 9 de la mañana, Monseñor Argüello publicaba un post en X que rezaba así: «Los católicos están llamados a respetar como línea roja la dignidad que brota de la propia naturaleza de la persona, y a moverse en un ejercicio prudencial de opciones económicas y políticas a la hora de la realización del bien común». Esto no es jerga pastoral: es retórica de Politburó bañada en agua bendita, con perdón. Cuando un portavoz de algo escribe una frase que hay que leer dos o tres veces para entenderla, una de dos: o no sabe lo que quiere decir, o no quiere que se entienda demasiado bien. Argüello es hombre muy cultivado, así que me inclino por la segunda opción.
Veintidós horas antes de ese post, un magrebí había degollado a una chiquilla de 16 años, elegida aleatoriamente, en Esplugas de Llobregat. Gritaba «Alá es grande» mientras repartía puñaladas por ahí. No fue el único incidente de ese fin de semana. Sólo en 24 horas hubo cinco incidentes de este tipo en Cataluña, con otro muerto en el Raval a manos de un menor extranjero. Al mismo tiempo, bandas de «multiculturales» se liaban a machetazos en distintos enfrentamientos en Arroyomolinos y Leganés. Y un grupo de menores extranjeros apuñalaba a un hombre en plena calle en Palma de Mallorca. Estos días hemos sabido que el número de violaciones en España ha aumentado un 260% desde 2017 (datos de Eurostat). Es difícil pensar que ese dato no tiene nada que ver con el hecho de que hayamos metido en España a cinco millones, cinco, de extranjeros en ese mismo periodo. Pero monseñor Argüello nos invita a movernos en un «ejercicio prudencial».
La Conferencia Episcopal ha dejado clara su postura: promoción de la regularización masiva, nula crítica de los fraudes de ley (no menos masivos) que la medida está provocando e inhibición «prudencial» ante los estragos causados por esta invasión descontrolada. Ha ordenado callar a sus obispos y, por el contrario, elevar el tono a sus portavoces, que están censurando toda disidencia como «crítica a la Iglesia». Ahora bien, es importante subrayar que esta de nuestros obispos no es, cabalmente, la postura de la Iglesia sobre la inmigración. Nicolás Martín Bayliss recordaba hace poco en otro medio la doctrina católica al respecto, que siempre ha defendido el derecho y el deber de los Estados de proteger sus propias fronteras, imperativo al cual ha de subordinarse la regulación de los flujos migratorios. Lo dijo Juan Pablo II, lo dijo Benedicto XVI, lo dijo Francisco y lo ha dicho León XIV. Por consiguiente, si hoy la Conferencia Episcopal se presta a blanquear la monstruosidad que estamos viviendo, los motivos no pueden ser doctrinales, sino de otra especie. Estaría bien que los dijeran, para que todos sepamos a qué atenernos.
Mientras tanto, nadie entiende en la calle que nuestras elites políticas, mediáticas económicas y eclesiásticas estén cebando un proceso que perjudica objetivamente al conjunto de la sociedad, especialmente a los sectores menos favorecidos: inseguridad creciente, salarios bajos, vivienda inasequible, sanidad colapsada, ayudas sociales copadas por extranjeros… La realidad es esa. Dicho de otro modo: una erosión difícilmente reversible del «bien común» del que habla Argüello. Y la sangre de una chiquilla de 16 años secándose «prudencialmente» en una calle de Esplugas de Llobregat. Monseñores, de verdad…
No hay comentarios:
Publicar un comentario