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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 26 de mayo de 2026

Aquellos sesenta… (XIV) / Jorge Arturo Díaz Reyes

Antonio Ordóñez. Foto: Arjona, El Correo de Andalucía

'..Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, Rafael Ortega, Pedro Martínez Pedrés, Antoñete, Litri, Aparicio, César y Curro Girón, Manolo dos Santos…, quienes entonces comenzaban a caer del Olimpo, no sin la grandeza con que se apagan las estrellas..'

Aquellos sesenta… (XIV)

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali, Colombia, 25 V 2026
Digámoslo de nuevo. Fue un momento cuya identidad en la historia del toreo quedó marcada por la emergencia de una privilegiada generación de lidiadores. Cierto…, pero no lo es menos que también lo fue por el ocaso arrebolado de los ídolos vigentes.

Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, Rafael Ortega, Pedro Martínez Pedrés, Antoñete, Litri, Aparicio, César y Curro Girón, Manolo dos Santos…, quienes entonces comenzaban a caer del Olimpo, no sin la grandeza con que se apagan las estrellas. Es imposible volver a ese capítulo aparte del tiempo toro, sin contemplar como su eclipse contrastó y avaló el apogeo de quienes terminarían sustituyéndolos en el firmamento taurino.

“Dime Manolo, es que nosotros ya no sabemos torear con el capote”, le preguntaba Ordóñez a Manolo Vázquez, después de una corrida durante la cual acababan de alternar juntos con el recién llegado Curro Romero en La Maestranza.

La afición tiene las edades de la vida. Vivimos los toros como se vive la vida, individualmente siempre, según el nivel en que ella nos va colocando. Pero también colectivamente, inmersos en el espíritu de cada época. En su forma de percibir y asumir el mundo. Y en el tránsito de la infancia a la vejez. Nunca somos los mismos.

Por ejemplo, perdón, toda memoria es auto memoria. Entre mis primeras imágenes de corridas, las más recurrentes son las de una en febrero de 1952. Hay anteriores, pero muy desvaídas. Debutaba Antonio Ordóñez en la Santamaría de Bogotá, precisamente. Tenía yo seis años. 

Habíamos hecho el viaje desde muy lejos, una hacienda experimental en Boyacá, que, mi padre, ingeniero agrónomo investigador dirigía. Apenas unos doscientos kilómetros hoy. Pero entonces más, pues las carreteras eran peores, más anfractuosas, estrechas de doble vía, no tenían variantes, y cruzaban serpenteando cuanta población intermedia existía.

Veníamos mi hermano menor y yo, muy abrigados, y muy entusiasmados, veloces y felices en el platón descubierto de la camioneta campera, una International verde, del 50, por cierto. Cara al viento, cruzando el frío altiplano cundiboyacense (2.700 metros de altura). Nos parecía todo tan, tan grande, tan distante, como tan pequeño y cercano luce ahora. Las calles, los edificios, la ciudad, y sobre todo la plaza. El toro, los lances de rodillas y la vistosidad del joven torero. Que luego, a medida que crecíamos, a lo largo de los cincuenta, se convirtió, en la figura paradigmática del sobrio y clásico toreo rondeño (Escuela rondeña, decían).

Y en los sesenta, bajo la influencia taurina de mi padre, ordoñista, pasé como persona y aficionado, sin darme cuenta, de la infancia a la adultez. Mientras él matador pasaba de la vigencia a la leyenda, y del ruedo a la literatura, acrecentando su gran prestancia en mi entorno.

En el San Isidro madrileño de 1968, “Antonio Ordóñez da una feria completísima ante tres corridas de toros de verdad de las divisas de Urquijo, Conde de la Corte y Marqués de Domecq. El rondeño había vuelto a estar dos años ausente de Las Ventas y sé vuelve a reafirmar como máxima figura.” Consignaba Suárez Guanes.

Fui en este periodo, que nos ocupa, de mis quince a mis veinticinco años, asistiendo en presencia y a referencia, al declive de la épica, más no del mito, en una carrera qué se había encumbrado fulgurante por casi dos décadas. Fueron estos diez años, en los que cerré como ser y aficionado una edad primordial, la infancia, transité otra, la adolescencia, y entré de lleno en la adultez, contrayendo por vía de la lectura, la pasión de relatarme a posteriori las corridas, reflexionarlas y escribirlas.

Así, corrieron las edades, hasta que fuimos a verlo torear por última vez en Cali 1973, ya grueso, maduro, con una calvicie incipiente, y más cauto, pero aún con la indeclinable devoción de mí padre y de una feligresía internacional. Éramos tan distintos el torero y el aficionado de lo que habíamos sido veintitantos años antes. Él, un veterano maestro que, aunque siguió enfrentando al toro, esporádicamente por otros ocho años, se alejaba cada día más de su tiempo regio. Yo, un médico que, se alejaba cada vez más de su tiempo infantil, escribiendo historias clínicas de las corridas.

Mi padre murió hace cuarenta y un años. Ordóñez, hace veintiocho, y yo aún en la plaza, recordando que Joan Miró el genial pintor catalán, al que, dicho sea de paso, Hemingway compró su obra maestra “La Masiá” en los años veinte, cuando ambos eran muy jóvenes, muy pobres y muy desconocidos, (ahora en la National Gallery of Art, Washington D. C.), terminó confesando: “Tardé ochenta años en aprender a pintar como pintan los niños”. “Toda la vida”, había dicho antes Picasso.

Y preguntándome si Los niños aficionados de aquellos años quizá querríamos decir lo mismo ahora. Que tardamos la vida en aprender a pintarnos y explicarnos la corrida como un cuadro, con la misma libertad, desprevención y desinhibición que lo hacíamos entonces. Pero no, ya somos otros, muy condicionados. No podemos. Además, lo dijo Gauguin, otro pintor; “Si un cuadro necesitara explicación dejaría de ser un cuadro”. En fin, las corridas y la vida, como un cuadro, terminan siempre siendo inexplicables.

Hoy, aproximándome el final de ambas, quisiera poder decir que revivo cada tarde de toros aquella misma emoción espontánea, desprevenida y asombrada, de quien descubre el arte sin cargarle sus taras. Que fue como viví aquella época. Es imposible. Queda solo el consuelo de recordar haberlo vivido y de contar, yo también estuve ahí...

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