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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 27 de mayo de 2026

San Isidro'26. Novillos de Mayalde ante la cátedra-parvulario de Las Ventas. Márquez & Moore


'..Interesante novillada, pues, la del señor conde en la que tres novillos han sido despedidos con palmas y uno, el tal Babieco, ha merecido el honor de la vuelta al ruedo..'

JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Decíamos ayer, a propósito de la corrida de Partido de Resina, que «nadie osó pensar hoy en pases cambiados por la espalda, manoletinas o bernardinas, porque hoy el juego era salvar la vida», que es justamente lo contrario de lo que pasó hoy en la novillada del Conde de Mayalde, donde el límite de lo que se podía intentar hacer era el de la imaginación más o menos fecunda de cada uno de los novilleros acartelados. No se nos vaya a malinterpretar, que los guirlaches de Mayalde parece que, poco a poco, van sacando los pies del tiesto y hoy nos han deparado una interesante tarde de toros con muchos matices interesantes y, especialmente, la constatación de que los seis novillos han dejado su impronta en los dos primeros tercios, acosando a los banderilleros a la salida de los pares hasta sacarlos de la plaza, acudiendo con presteza y gallardamente a sus deprimentes vis a vis con los equinos de las faldillas y los zoquetes que a menudo van subidos sobre ellos y llegando al último tercio con ganas de embestir y más bien con muy pocas malas intenciones. Lo de la ausencia de malas intenciones se vio de manera clara cuando el debutante Julio Méndez quiso improvisar un pase por la espalda, estando de rodillas, y el novillo Babieco, número 7, demostró ante todos su supina ignorancia sobre la utilidad de esas dos vainas duras y consistentes que tenía a ambos lados de sus sienes.

Interesante novillada, pues, la del señor conde en la que tres novillos han sido despedidos con palmas y uno, el tal Babieco, ha merecido el honor de la vuelta al ruedo. Llama la atención la circunstancia de que si un toro es de ganadería torista o de capa gris sea casi obligatorio ponerle de lejos al caballo, independientemente de las condiciones demostradas por el animal, mientras que los demás toros que no están incluidos en la categoría anterior se pueden poner de cualquier manera, a cualquier distancia, como si eso de la distancia al caballo fuera parte de un determinado espectáculo que solamente se da en determinadas corridas. Hoy los de Mayalde demostraron que tenían intención suficiente de acometer hacia las ridículas faldas, pero eso no fue causa suficiente como para que se cuidase mínimamente la liturgia del primer tercio, travestido en nuestros días en una chocarrera y lamentable exhibición de lanzazos dados de cualquier manera y en cualquier sitio.

Desde el principio con Fortunito, número 46, se pudo ver que la novillada tenía su aquél. Cierto es que ahí había embestidas francas, pero también había ese punto de chispa, de veneno, que tan poco grato es a los coletudos. A los de plata se las puso firmes y al de oro, que era Emiliano Osornio, le complicó las cuentas porque no acababa de fiarse de las trazas del novillo, que demandaba toreo y mando hasta que se hartó, de pura incomprensión, y volvió grupas. Osornio dejó en ese toro una pobre impresión, de estar muy por debajo del toro y sin muchos recursos. Su segundo fue Guardamonte, número 10, un novillo con cuajo y bizco del izquierdo que acudió con ánimo al desengaño de las faldillas salva-equino dando más de lo que recibió a cambio. Ese aire de familia en la tradicional manera de correr hacia el toro y de banderillear de «Pirri» nos quitó años de encima y esa evocación otoñal dio paso al último tercio en el que, por momentos, Osornio dibujó el mejor toreo que se vio en la tarde de hoy. El triunfo no fue para él, pero su actitud centrada, su manera de citar buscando la colocación, alguno de los naturales que dio y un pase de trinchera majestuoso fueron argumentos suficientes para apreciar lo bueno de Osornio, que se había quedado inédito en su primero.

Pedro Montaldo se las vio con Barrenero, número 21, y con Extranjero, número 49. De la vida pública de Barrenero lo más reseñable en la parte artística son las gaoneras que le dio Julio Méndez, con las que se presentó ante la cátedra -hoy un poco parvulario, todo hay que decirlo-. Atacó con vigor al caballo de Antonio Martín y no dio facilidades a los banderilleros, permitiendo a Iván García lucirse en un soberbio primer par, pura torería. Montaldo venía vestido de tabaco y oro con lo que se aumentaba su semejanza con un bicho palo (Medauroidea extradentata), vamos que tú le das una muleta al bicho ése y es tal cual Pedro Montaldo, que basa su estar en el hieratismo, la verticalidad, la unción, como si fuera un actor de esos de obras vanguardistas cuya actuación se basa en hacerlo todo muy pausadamente. Apenas nada se puede reseñar de este muchacho en sus dos toros, que si Barrenero tenía sus cosas, Extranjero estaba ahí para echar una mano, cosa que Montaldo no vio o no quiso ver.

Y luego Julio Méndez, de Arenas de San Pedro, nuevo en esta plaza, que trajo una cosa buena y una mala. La buena fue su disposición, sus ganas de que se hablase de él, muy en novillero. Lo malo es su tauromaquia puesta al servicio del más espantoso neoespartaquismo que concebirse pueda. Si Osornio nos dejó en su segundo unas netas pinceladas de lo que es el toreo, Méndez dio un completo recital de lo que es el neotoreo o destoreo: esa tendencia basada en la ligazón y el temple en la que la colocación del matador, el viaje que describe el toro y la resolución del pase están supeditados a que el toro gire y gire en torno al matador. Las gentes, como ya sabemos, se extasían cuando el toro no se para y como este Babieco se tiró a por la muleta de Méndez cada vez que se la puso delante, la algarabía de los tendidos fue en aumento en cada tanda de la larga faena en la que el toro no sufrió el más leve quebranto, porque esa manera de acompañar los viajes no rompe al toro ni le incomoda. 

Resaltemos el inicio de faena de Méndez en donde le baja mucho la mano al toro propiciando dos fuertes volteretas y cómo el joven torero opta por ponerse de rodillas y reiniciar de esta manera el trasteo rematando por alto para no provocar otra nueva voltereta. Ahí es donde se produce el pase por la espalda del que hablábamos al principio y donde ya todos nos percatamos de que el novillo, que portaba el hábito carmelita en su capa, no quería conjugar en ninguna de sus variantes el verbo «matar». Méndez fue desgranando su insulsa tauromaquia de vaivén, a veces citando de lejos, más veces con la derecha y menos con la izquierda, sin alma ni arte, en una faena larga por demás que, inevitablemente fue rematada con las canónicas bernardas que Dios confunda y que llevaron al paroxismo a muchos de los espectadores. Estocada y dos orejas para el novillero y vuelta al ruedo para el toro, al que si fuera humano tildaríamos como de una buena persona.

En su segundo, Segurito, número 52, salió Méndez a por todas probando la porta gayola. Nueva voltereta de este segundo toro, que algo tiene Méndez que pone a los novillos a dar volteretas, y luego con el novillo en los medios enjaretó otra faena basada en lo mismo que la anterior, aunque el toro no era tan santo como el otro, que, sin duda, le habría valido una nueva oreja si llega a acertar con el estoque a la primera. Su próxima cita será su alternativa en Cáceres, donde su padrino Talavante le podrá dar un perfecto máster de cómo profundizar en esa insulsa tauromaquia de vaivén que le ha propiciado este triunfo de hoy con aroma a humo de pajas.

Luego, como viene siendo habitual, se lanzó una multitud de muchachos al ruedo a sacar al novillero por la Puerta Grande y entre todos ellos destacaban, por su hermosa inocencia, tres muchachas ataviadas con la falda tableada y el uniforme del colegio, que salieron encantadas junto a Méndez camino de la calle de Alcalá.




ANDREW MOORE


















FIN

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