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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 31 de mayo de 2026

San Isidro'26. El toreo a caballo como laboratorio del toreo a pie. (Por lo que toque a Talavante) / por Pepe Campos



Plaza de toros de Las Ventas.
Sábado, 30 de mayo de 2026. Vigésimo festejo de San Isidro. Segunda corrida de rejones. Cartel de no hay billetes. Tarde primaveral muy calurosa.

Toros de María Guiomar Cortés de Moura, de sangre Murube-Urquijo, con los pitones desmochados, muy nobles, incansables persiguiendo a las cabalgaduras. Un punto más allá de pastueños.

Toreadores: Rui Fernandes, de Almada (Portugal), vestido A la Federica, con casaca verde manzana con bordados dorados y calzón corto beis; veintisiete años de alternativa; veintiún festejos en 2025; saludos y saludos. Diego Ventura, de Lisboa (Portugal), traje campero, chaquetilla azul marino oscuro y pantalón azul oscuro; veintisiete años de alternativa; cuarenta y cuatro festejos en 2025, silencio y dos orejas, la segunda sin petición. Lea Vicens, de Nimes (Francia), traje campero, chaquetilla gris claro con bordados en blanco y pantalón gris oscuro; quince años de alternativa; treinta y nueve festejos en 2025; oreja y silencio.

PEPE CAMPOS
Con el público del rejoneo no hay quien pueda. Ayer, día de la final de la Champions futbolística, en el mismo horario, en la plaza de Las Ventas hubo lleno a rebosar. ¿Qué hubiera pasado de haber llegado a ese evento el Atlético de Madrid? Por lo pronto no lo podemos saber. Es un tipo de multitud la que acude al espectáculo del toreo a caballo que se muestra durante todo el festejo feliz e incansable petitoria de trofeos para los caballeros (ayer también una amazona) que salen a lidiar unas reses inagotables en su misión embestidora. Los bovinos que se torean en el rejoneo son unos animales que se manifiestan bajo control remoto. Un control que ha sido creado en el laboratorio de la tienta de las ganaderías especializadas en el toreo (realizado desde bellos equinos) y que se les inocula tras una esmerada selección a que estos astados (a los que se les desmocha los pitones) sean capaces de perseguir a todo ser que por delante de ellos se mueva, poco o mucho, con paradas o galopando, llevándoles por las tablas de los cosos o conduciéndoles por los medios, haciéndoles quiebros o en sentido lineal; se podría decir, tal y como son capaces de obedecer estos toros a las llamadas de los caballos, que sienten una orden genética para estar sometidos a cualquier mandato que un equino les demande. Ya sea en esfuerzos cortos o largos, al inicio o al final de las faenas, en solicitudes de humillación o en ruegos para que levanten sus testas si se les quiere sentir cerca de los estribos para situarles los rejones. Un comportamiento que se observa realizan los toros en las corridas de toreo a caballo; una clase de conducta que ha quedado históricamente fijada para estos festejos, si bien detrás de ese mandamiento se encuentra la clave de lo que vemos sucede en las corridas de toreo a pie. 

La pista la encontramos en la obra El toro de lidia y su historia ganadera de Cesáreo Sanz Egaña (1947), cuando se nos dice en relación al papel que ha jugado el toro del toreo caballeresco desde los inicios de la historia de la tauromaquia: «Hemos de admitir que con anterioridad al siglo XVIII los toros destinados a las fiestas públicas eran sacados de las vacadas corrientes: ahora bien, las exigencias de los caballeros que toreaban, contribuyeron como siempre: el deporte fue poderoso estímulo para crear una especialización en la crianza del toro». Visto hoy en día podríamos certificar que es una especialidad (la cría del ganado de lidia) que ha llevado al toro bravo hacia los terrenos de una máxima obediencia. Detrás de la «exigencia de los caballeros» podemos situar la «exigencia de las figuras del toreo a pie» actuales.

La amenaza siempre existió porque el hombre corrompe lo que toca.

Un concepto clásico de la tauromaquia había servido de dique de contención para evitar el desbordamiento de las ansias de alcanzar lo bello. Pero desde ahí hasta el engolamiento presente. En la preceptiva del toreo caballeresco del siglo XVII se decía que la cualidad principal del caballero era la de saber ver y dar respuesta adecuada a la diversidad de embestidas y tipos de astados que salían de los toriles en aquella época. La variedad de comportamientos de aquellos astados era enorme, desde el toro claro al toro madrigado, desde el boyante al remiso, desde el liso al que culebreaba, desde el bravo al manso. 

La propia historia de la tauromaquia siguió ese andar hasta llegado el siglo XXI, donde las cosas parece que se han concretado en la fabricación de un astado bienmandado, sin atisbo de fiereza, al que se le ha eliminado toda condición animal y se le ha convertido en un juguete de peluche (el borreguito Norit). Cuando acudimos al espectáculo del rejoneo vemos a las claras cuál ha sido la base de la creación de este tipo de bóvido que no lucha en las lidias sino que es un metódico funcionario de perseguir objetos sin intención de causarles desasosiego sino ofrecerles placer. El regocijo (por parte del toreador —y ahora también del torero—) de sortear embestidas limadas de asperezas, plenas de contento, acometidas «artísticas» planificadas desde la selección de las tientas. En conclusión, hemos llegado a la generalización del toro artista que había ideado Juan Pedro Domecq. Era una deriva que podía hacerse realidad si los ganaderos atendían las exigencias de los toreros que se les ha considerado figuras o figurones. Porque ser figurón significa dominar, y ese dominio parece que exige que el toro bravo deje de existir y se convierta en un ser aborregado, mecánico, chisposo, alegre pero claudicante, sumiso bajo un trapío de cartón piedra. 

De tal guisa llevamos una Feria de San Isidro donde ha dominado este tipo de toro, y su máxima exposición se pudo apreciar con la lidia del ejemplar de Torrealta (Domecq), Curioso, que le tocó en suerte al diestro Alejandro Talavante. Aquella pantomima y mofa del toro de lidia —un astado plástico— coló en Madrid el último viernes, y sabemos que corroe la tauromaquia en las plazas de España y de Francia. Talavante en su trasteo dio a entender que era un intérprete de toreo adamado. Un tipo de toreo que hace furor en el escalafón del toreo a pie porque ese toro permite esa clase de belleza (inquietante, desasosegante, turbadora). Una lindura que surge del tipo de toro que se ha creado para el toreo a caballo de nuestros días.

Ayer sábado esa interpretación pícara y amadamada del arte de los toros en la corrida de rejones que se celebró en Las Ventas le correspondió llevarla a cabo a Diego Ventura, pues hizo con el toro (ya predispuesto) todo lo que quiso; incluso, uno de sus caballos, el afamado Bronce mordió de manera indigna el pitón cercenado del burel como si le vomitara un concepto pútrido de la belleza. Y el gentío aplaudía. A Talavante el viernes cuando se pasaba al toro «claudicante» por la zona sexual de su taleguilla, una y otra vez, gran parte de la muchedumbre aplaudió y le vitoreó. A un toro de verdad no se lo podía haber hecho. Faltó un nuevo Miguelín que hubiera saltado al ruedo para subirse al torito de Talavante y deshacer el engaño. 

En el caso de Diego Ventura (ayer) estuvo ausente que su toro no hubiera estado afeitado ni cercenado de genes fieros. Ya hemos comentado anteriormente que este rejoneador concibe el toreo a todo trapo, como si condujera una moto de 50 cc trucada. Rapidez y velocidad. Piruetas y sombrerazos (un comino le importa su tocado). Conducciones temerarias porque el toro no hiere (y él deja que le toquen a sus caballos, que les corneen porque no hay lugar a la herida). En definitiva, un tropelío (tropelía) de tauromaquia. A ambos toros les puso diez hierros y utilizó en la segunda lidia cinco caballos. En su primer toro destacó montando a Quírico que recibió cornadas; también con Quitasueño y Brillante. Largas conducciones y toreo al violín. Mató mal. Con el quinto toro el despliegue de ataques fueron una avalancha sin cesar. Fijó en círculo con Oro negro. Condujo interminablemente con el maravilloso caballo Nómada que recibió a cambio tres cornadas. La lió con Lio, con mucho toreo en falso. Mordió con Bronce. Y mató con Brillante, con el que hizo el teléfono, y pinchó antes de dejar un rejón bajo. El presidente Pedro Fernández Serrano (peligro público número 1) le regaló la segunda oreja.

Rui Fernandes tiene otras formas más sosegadas y relacionadas con el toreo clásico. Ayer no tuvo del todo su día. Pero hubo fases en las que se recreó en el toreo al quiebro con elegancia (en su primer toro) montando a El Dorado. Se apretó más en las suertes de banderillas cortas con Iceberg. Mató mal. La media de hierros que clavó fueron ocho en cada uno de sus toros. En el cuarto de la tarde volvió a brillar al quiebro con El Dorado, y para obtener el éxito, con piruetas, sacó a Mistral, pero no estuvo atinado. Volvió a matar mal y su actuación quedó en modo de espera.

Lea Vicens, bella amazona, toreó despegada respecto al toro, aunque en ello vimos algo positivo porque no se dejó dar tantas cornadas (no como el figurón que ayer la precedía en la lidia). Clavó muy por detrás, de lejos. Toreó sin dominio. Destacó en su primer toro montando a Bético, un armónico caballo. Mató con dos tiempos, y el presidente Pedro Fernández (ese peligro sedente que habita en Las Ventas) le regaló un trofeo. En el sexto toro, tan obediente como el resto de sus hermanos, Lea Vicens volvió a desarrollar lo mejor con la monta de Bético. Normalmente clavando por delante y a distancia. No mató bien y Pedro Fernández no pudo ser generoso. Puso ocho y nueve hierros respectivamente.

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