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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 16 de mayo de 2026

PALCO 16 - 7ª SAN ISIDRO.- La puerta de la discordia / por Jorge Arturo Díaz Reyes



Fernando Adrián hacia la Puerta Grande. Foto: Las Ventas

Fernando Adrián abre la Puerta grande. Oreja para Fortes en gran faena natural. Urdiales saluda. Enrazado y serio encierro.

La puerta de la discordia

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Madrid 15 V 2026
A hombros de una juvenil multitud y a los contrapuestos gritos de ¡torero! y ¡fuera! salió de Las Ventas el madrileño Fernando Adrián. La corrida fue corta, poco más de dos horas, pero intensa. Seis encastados, astifinos y muy parejos domecq de El Torero, que tras emotivas peleas y cuatro sobrecogedoras cogidas a los lidiadores, cayeron vendiendo caras sus vidas, bajo seis estocadas de diferente letalidad. Siendo arrastrados con aplauso y dejando tras de sí, tres orejas de distinto recibo y una Puerta Grande mayoritaria, pero con hostil oposición de una minoría. Todos cinqueños, tres negros, dos castaños y un berrendo pesaron en promedio 555 kilos.

Adrián levantó pasiones; odio y amor, en la soleada y pletórica plaza. Con un toreo alegre, vistoso, arrimado y valiente, lució sus toros, arrobó a unos, los más, y puso en evidencia la saña de sus malquerientes, los menos. Al tercero, “Encarcelado”, lo recibió con cinco verónicas y media que fueron lo mejor de la tarde hasta ese momento. Iturralde acertó en las dos entradas, y Blanco y Valladares fueron perseguidos hasta las tablas, tras clavar con distinta fortuna.

El brindis al público y el tercio de muerte se desarrollaron en los medios, con series generosas, muy en jurisdicción por ambas manos. El berrendo las tomaba humillado y repetitivo, y la muleta matizaba con repentinos y apegados cambios por la espalda. El volapié limpio y la estocada en sitio fueron acompañados de aviso y requirieron descabello. La pañolada se impuso y la oreja cayó no sin repulsas.

Cuando salió el sexto, el asunto de la Puerta Grande latía en la plaza unos con deseo y otros con temor. Se llamaba “Herrerillo”, aplaudido no más apareció. Negro de 564 kilos, al segundo lance cogió por la faja a Adrián y lo izó como una bandera, gritos de cornada grave, pero no fue. Luego fue a por el picador Javier Díaz y lo tumbó con todo y caballo, y como si fuera poco, cogió a Curro Javier a la salida de un par, lo tiró al aire y lo cogió de nuevo, dos veces más ensañándose con él en el suelo.

Cuatro doblones genuflexos lo metieron en cintura. Y alrededor de la suya Fernando lo puso a orbitar en dos tandas derechas rematadas con giro y el de pecho, y luego con otras dos izquierdas de similar kilometraje y muy ceñidas. El mando estaba establecido. La división se ahondaba y el hombre se metió en la cuna y haló al ofensivo, pallá y pacá largamente, mirando al público enardecido en doble vía. La estocada de frente, completa, ligeramente pasada, tardó, el puntillero levantó dos veces al caído, antes de rodar definitivamente y desatar una petición furiosa, con oposición idem, ante lo cual su señoría don José Antonio Rodríguez San Román, optó democrática y reglamentariamente por la muy amplia mayoría. La muchachada se tiró al ruedo y la Puerta de la discordia se abrió para el triunfador, por segunda vez en esta feria.

En lo que sí hubo unanimidad fue en la faena izquierdista y pura de Fortes, quien ya había sido cogido dos veces por el segundo. Este quinto “Vivaracho” lo intentó también sin conseguirlo. Se salió del peto y blandeó en las dos varas de Muñoz. Adrián lo quitó lucido e irreprochado con dos tafalleras, dos miguelinas y una revolera. Entonces el malagueño sin brindar, más serio que un revolver, se le fue a la cara y lo bautizó con una trinchera, tres ayudados y un gran natural que fue el preámbulo del recital por ese lado, no desafinado por los varios derrotes que le tiró el negro. Diecinueve naturales le conté, repartidos en tres actos. No todos perfectos, algunos cerca de ello, pero a cuál más verdaderos. Cesaron los partidos, y aunque no se consolidó la unión, sí se pusieron de acuerdo en este momento brillante de la corrida y de la feria. Quizá el mejor. La estocada, honestamente ejecutada pero desprendida, fulminó y otra vez los votos esta vez como hermanitos de uno y otro bando consiguieron la oreja

Urdiales, con su tan admirado toreo despegado, desligado e interrupto, consumió así su tiempo en las dos ocasiones. En la segunda, finiquitada con la estocada de la tarde, en una tarde de estocadas, logró emocionar y emocionarse pues cuando lo aplaudieron salió hasta los medios montera en mano. Nadie le reviró.

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