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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 8 de mayo de 2026

La Barcelona que nos han robado / por Rafael Nieto


'La degradación de Barcelona tiene varios responsables, y no cabe duda de que algunos se sientan, y se han sentado, en el Palacio de la Generalidad. Pero los mayores culpables han estado, y siguen estando, en La Moncloa.'

La Barcelona que nos han robado

Rafael Nieto
La Barcelona que me viene a la cabeza cuando echo la mente atrás veinte o treinta años es una ciudad que, simple y llanamente, lo tenía todo. En cierto modo, era una síntesis casi perfecta de todas las maravillas que hay en España: un paisaje natural inolvidable, monumentos e historia sin igual, gastronomía maravillosa, un clima paradisiaco y un paisanaje acogedor e inteligente. Ir a Barcelona era marcharse con la certeza de que uno querría volver cuanto antes. Y ni siquiera los pujoles ni las ferrusolas (excrecencias normales en toda tierra que rebosa bondad y excelencia) constituían un motivo suficiente para no hacerlo.

Sin necesidad de caer en la nostalgia de que cualquier tiempo pasado nos parezca mejor, la realidad es que si hoy nos damos un paseo por las principales calles de la Ciudad Condal, salvo el clima y los monumentos, no queda prácticamente nada de aquella ciudad de ensueño, envidia de otras joyas del Mediterráneo. Esta Barcelona podemita y trans, acogedora de la más repugnante ralea humana que pueda existir, probablemente pueda competir por el título de la ciudad europea más sucia, peligrosa y decadente; una ciudad donde uno no sabe si le van a disparar en un callejón oscuro, le van a arrancar el reloj en plena Rambla, o le van a encarcelar las autoridades municipales por tener aspecto de fascista. O las tres cosas.

La degradación de Barcelona tiene varios responsables, y no cabe duda de que algunos se sientan, y se han sentado, en el Palacio de la Generalidad. Pero los mayores culpables han estado, y siguen estando, en La Moncloa. Barcelona no ha sido cuidada como la joya que siempre ha sido; como ese paraíso regional dentro del gran paraíso mundial que es España. Y, como sucede siempre en la vida con las cosas que no se cuidan, la capital catalana se ha echado a perder de manera lamentable, entre el descuido del urbanismo, la desatención de la limpieza y la abominable invasión de inmigrantes ilegales, foco permanente y constante de inseguridad ciudadana. Es, en definitiva, un lugar irreconocible.

El pasado fin de semana, en varios sucesos que han ocupado las portadas de varios medios de información, se produjeron cuatro apuñalamientos con el resultado de dos personas muertas en la provincia barcelonesa. Sería una fatalidad, o una desgraciada anécdota, si fuese un hecho aislado; pero por desgracia, ésta es la realidad que viven cientos de miles de barceloneses prácticamente a diario, cerca de sus casas o de sus centros de trabajo. Robos con violencia, violaciones, atracos, secuestros, tráfico de drogas tiroteos, apuñalamientos…, muy a menudo aderezados con el ya frecuente «¡Alá es grande!» que caracteriza a los invasores islamistas, y que también se escuchó el pasado sábado.

Esta lacerante realidad no es motivo exclusivamente del lamento de los patriotas que vemos cómo una parte de nuestra nación se ve irreconocible. Es también, y sobre todo, un motivo de sufrimiento constante para decenas de miles de familias españolas que se tienen que enfrentar diariamente a este infierno, sin que las autoridades ofrezcan la menor solución. Con la inevitable sensación de que nos han robado algo que era nuestro; la tierra de nuestros ancestros, la que nos pertenece a todos por el hecho de ser españoles. Una riqueza objetiva, cuantificable, que nos han quitado para darnos esta otra orbe lúgubre, amenazante, abandonada a su triste suerte.

Obviamente, Barcelona no es la única ciudad española que sufre el abandono, la desidia y la irresponsabilidad de nuestros dirigentes bipartidistas, y de sus socios separatistas. Pero hoy he querido dedicarle esta columna quizás en la nostalgia inevitable de un recuerdo que hoy duele, porque uno sabe que ya no volverá. Que son muchos años, el destrozo es inmenso, y serán necesarios muchos arrestos de mucha gente para revertir una deriva tan absolutamente enloquecida. Que habrá que recobrar la conciencia nacional para darnos cuenta de que todo lo que no se cuida se termina perdiendo. Barcelona, pulmón inseparable del resto de España, merece que todos los patriotas luchemos por ella.

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