
'.Pero que no les quepa duda a los representantes de esta Iglesia bolchevique de que ellos serán los primeros en caer. Celso y Juliano se asoman desde los Campos Elíseos y brindan con néctar de los dioses.'
La Iglesia bolchevique
Jesús Laínz
Durante bastantes años tuve trato frecuente con un sacerdote muy leído y escribido con el que conversé de mil cosas humanas. Pero, curiosamente, nunca de las divinas. Un día le dije que lo que más me interesaría sería hablar con él de metafísica, lo que rechazó tajante: «Soy muy poco metafísico». Y lo explicó brevemente con que «cuando un eclesiástico llega a tener cierta cultura, sobre todo cuando frecuenta demasiado la teología, que aspira a explicarlo todo con la razón, acaba siendo ateo, como casi todos».
También conocí a un cura rural, hombre asimismo de cierta cultura, que me explicó que la mayor desgracia de la historia de España había sido la victoria de Franco en 1939 y me confesó que hacía mucho que había perdido la fe. A mi pregunta de por qué, entonces, no había ahorcado los hábitos para dejar de engañar a sus feligreses, respondió que de algo tenía que vivir. Sus superiores jerárquicos, por cierto, conocían de sobra su ateísmo, pero no movieron un dedo porque debieron de opinar que al fin y al cabo no era tan grave y quizá también porque más de uno y más de dos no habrían estado legitimados para tirar la primera piedra.
Un tercer hombre de Dios se distinguió por el cartel «La unión del pueblo es su fuerza» que presidía el altar de su parroquia y por haber lamentado la canonización del reaccionario de Juan Pablo II.
Y el último representante de este pequeño grupo de sacerdotes modernos me heló la sangre al oficiar el funeral de un buen amigo ante su joven viuda y su anonadado hijo de seis años dedicando el sermón a recaudar aportaciones para las actividades en Brasil de Pedro Casaldáliga, figura destacada de la teología de la liberación. Pero sobre la vida, la muerte, el misterio, la fe, el consuelo religioso y la doctrina de la Iglesia, ni una sílaba.
Casos como éstos se cuentan por miles, naturalmente, y entre ellos merecen mención honorífica los religiosos vascos y catalanes metidos a revolucionarios nacionales e incluso a terroristas.
No es extraño que una Iglesia tejida con estos mimbres se haya comportado con tanta cobardía e ingratitud con la memoria de quien les salvó del exterminio en 1936 y que se haya puesto a las órdenes de quienes, entre otros objetivos, aspiran a acabar con el cristianismo por considerarlo absurdo y pernicioso. Y tampoco es extraño que, ante tanta tomadura de pelo, sean innumerables quienes dan la espalda tanto a la Iglesia como, de rebote, al mismo Dios.
Tras su atronador silencio ante mil asuntos a los que debía haberse enfrentado en defensa de lo estipulado por la doctrina católica, su última actuación estelar es su alineamiento con las fuerzas que, por unos u otros motivos, están a favor de la marea inmigratoria que cambiará irremediablemente la faz de España y Europa, es decir, de una parte esencial e insustituible de la cristiandad, así como, paralelamente, su viril condena a las personas y organizaciones que se atreven a oponerse.
Los progresistas de izquierda y derecha están encantados con la sustitución de la población en nombre del multiculturalismo, el internacionalismo, el globalismo, la endofobia y un etéreo humanitarismo de alcance universal que, precisamente por su universalismo, es imposible. Los islamistas están encantados con la oportunidad de invasión pacífica que los gobiernos europeos les han puesto en bandeja: nuestro próximo Guadalete, provocado por la natalidad, no será bélico, lo que no quiere decir que vaya a ser incruento. Y los dirigentes empresariales, en nombre de la libertad económica, están encantados con la oportunidad de negocio que les presenta la llegada masiva de mano de obra barata. Los eclesiáticos de hoy, que desprecian la caridad cercana para dedicarse a la lejana, mucho más fotogénica, deben de haber olvidado la encíclica Rerum Novarum, promulgada por León XIII en 1891 para denunciar la explotación económica del hombre. En ella se condenó la acumulación de riquezas en manos de unos pocos, la inhumanidad y la codicia desenfrenada de los empresarios, la usura y el hecho de que «un número sumamente reducido de opulentos y adinerados haya impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios». Y subrayó que los patronos tienen el deber de no considerar a los obreros como esclavos, respetar su dignidad, no abusar de ellos como si fuesen objetos de lucro y pagarles un salario justo, pues lo contrario sería «un gran crimen que llama a voces las iras vengadoras del cielo».
Pero que no les quepa duda a los representantes de esta Iglesia bolchevique de que ellos serán los primeros en caer. Celso y Juliano se asoman desde los Campos Elíseos y brindan con néctar de los dioses.
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