Iglesia, inmigración y reemplazo
Javier Torres
Hoy es San José Obrero, día del trabajador, y conviene recordar que el país con mayor paro juvenil de Europa reparte ayudas sociales como si a los nuestros se los rifaran empresas que pagan sueldos con los que afrontar la entrada de un piso. Los extranjeros son casi la mitad de los beneficiarios de prestaciones a jóvenes en el Madrid de todos los acentos. Entre los agraciados del bono de alquiler aparecen nombres con el pedigrí de Stalin Santiago, Geisy Yuliana o Leidy Tatiana. Como diría aquella mujer en el ‘sorteo’ de unas viviendas sociales en Pontevedra, «siempre le tocan a los mismos».
Por algún motivo denunciar estas cosas es delito de odio, racismo o merece un editorial en ABC, donde nunca leímos «el PSOE contra la Iglesia» cuando Sánchez profanó dos tumbas frente al altar de una basílica. Ahora el contexto es la invasión. En los últimos cinco años han entrado tres millones de extranjeros en España, que es la población de Valencia, Zaragoza, Sevilla y Málaga juntas. Aún no saltan las alarmas y la gente continúa adormecida, convencida de que lo ocurrido en Inglaterra o Francia no tendrá su réplica aquí, en la eterna excepción ibérica.
Hace dos años monseñor Argüello reconoció que hay un fenómeno global de reemplazo en marcha y que el primer derecho del inmigrante es estar en su casa. Sin embargo, también defendió las regularizaciones masivas. «Lo hacemos de una manera católica», lo cual invalida todo lo anterior. Porque, ¿qué hace la Iglesia defendiendo el capitalismo transnacional criticado en tantas encíclicas? Ya no es ninguna sorpresa que lo haga el PSOE, que tanto debe al SPD alemán, a la patronal y a la CIA. Carlos Cuerpo lo proclama sin complejos: la inmigración impulsa el crecimiento, la productividad y las finanzas públicas. Ni Garamendi lo habría dicho mejor.
En apenas un mes estaremos hablando del Mundial de fútbol y leeremos reportajes sobre el ejemplo de integración que representan Lamine Yamal y Nico Williams, iconos de la España multirracial. Además, viene León XIV, al que las televisiones pondrán en bucle cuando hable de los cayucos que arriban a Canarias, pero omitirán sus palabras —ya lo están haciendo— cuando diga que un Estado tiene derecho a establecer normas en sus fronteras o que deberíamos trabajar más para que los africanos no tengan la necesidad de emigrar.
Enfocar el debate al humanitarismo más demagógico es el gran mérito de Sánchez, del que podremos decir casi de todo excepto que carece de astucia política y sentido de la oportunidad. Sánchez es hoy el pegamento del antitrumpismo y delfín del viejo orden mundial. Ahí es nada. Va con todo y sus medios también. La prensa del régimen insiste en que el ejército de reserva del globalismo viene a pagarnos las pensiones. La propaganda alcanza niveles Javieritos y los medios oficiales fabrican telediarios que dejan a Good Bye, Lenin! en la pieza informativa del año.
Apenas digerimos el medio de millón de regularizaciones y las colas interminables ante los consulados cuando 2,5 millones de descendientes de españoles han solicitado la nacionalidad. Gente que no ha vivido en España ni ha cotizado un euro tendrá el mismo derecho que usted a decidir nuestro futuro en las urnas. Toma memoria democrática, toma memoria histórica.
Y aquí uno se acuerda de Zapatero, que no sólo desentierra los odios de la guerra civil, deslegitima a los abuelos que ganaron la guerra, excluye a media España e impone una verdad oficial desde el poder. Su plan es resucitar el Frente Popular e integrar a ETA en las instituciones -con el apoyo siempre tardío del PP- para formar un bloque que impidiese al contrario llegar al poder. A tal propósito obedece que Sánchez otorgue derecho a voto a millones de personas que no han pisado España en su vida. Es la adulteración del censo electoral, pero Feijoo cree que ganará porque prepara una ley de costas.
Sabemos que asistimos a los estertores de nuestra civilización porque el poder ataca con una saña especial a quienes se atreven a decir que el rey va desnudo. El otro factor es la natalidad, que rememora tiempos de guerra. En España nacen menos niños que en 1939 y en Alemania las cifras son peores que el año después de la caída del III Reich, lo que nos recuerda que el invierno demográfico tiene más que ver con el carpe diem que con la cartera.
Con tales números quienes mandan en esta Europa de libertades y progreso no proponen un plan de natalidad, sino de reemplazo. Y el que se quede, a la guerra, que por algo el Gobierno alemán (democristianos y socialdemócratas) ha prohibido a los hombres en edad militar salir del país más de tres meses y ha aplicado recortes para financiar las bombas contra Rusia. Qué poco recordamos -y eso que ayer fue el aniversario del suicidio de Hitler- que los rusos desfilaron en Berlín en 1945 y en París en 1814. Las élites quieren una guerra que al europeo medio, que sufre la suya mediante el reemplazo, ni le va ni le viene.

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