
Marine Le Pen, la más que probablemente próxima presidente de Francia, se ha dirigido a la nación.
L’espoir: esperanza es, en efecto, lo que suscitan las palabras, firmes y rotundas (las encontrarán subtituladas abajo) que Marine Le Pen ha pronunciado, con toda la solemnidad requerida, sobre los motines (nos resistimos a calificarlos de ‘disturbios’: son más, mucho más que meras algaradas) que asolan Francia… antes de que crucen próximamente los Pirineos (ya hubo, por cierto, un ensayo general el otro día en Barcelona).
Por Sertorio
Hace una semana, nos asombraba la tibia reacción ante los desórdenes callejeros del pelele que ejerce de Presidente de la República Francesa. Frente a los desmanes de las hordas de salvajes que asolaron las ciudades del país, no tuvo otra reacción que la de una suave reprimenda de caduca ‘tante’ octogenaria: a fin de cuentas, estos hotentotes no dejan de ser sus cachorros. Cuando se escriben estas líneas, las harkas de Melenchon han vuelto al ataque, seguras como están de la impunidad y del pánico de los policías a ser sancionados si cumplen con su deber: el de proteger vidas y haciendas, que para eso el contribuyente paga sus impuestos, no para subvencionar a la nueva casta de holgazanes y vándalos que arrasan la ciudad, la civitas, de donde por algo viene el termino de civilización.
Si la autoridad sigue cediendo ante la chusma (la ‘racaille’, que dicen por ahí), el fantasma de los horrores de 1789 y 1792 irá materializándose, porque, en realidad, esas turbas de brutos encarnan a la perfección el espíritu del 14 de julio, de ahí la inhibición freudiana de las autoridades liberales para ejercer sus funciones. Los cafres incendiarios de París son el producto final de doscientos años de República, los dignos tataranietos de Rousseau. Dos siglos de envidia igualitaria alcanzarán su cumbre en esta regresión imparable de Francia y de Europa a la barbarie, porque Francia es el corazón de Europa y la síntesis de su mejor cultura. Lo que ahora surge como disturbios callejeros y manifestaciones de masas, poco tardará, si no se frena de manera contundente, en convertirse en Terror.
“¿Hacia la guerra civil?”, titulaba en su portada
el último número de la revista ‘Marianne’
Entre Marat y Mélenchon la diferencia es inapreciable, mínima: toda su facción de greñudas tricoteuses feministas y de fedayines rojos añora la guillotina y desea usarla para decapitar a Francia, a lo que va quedando de ella. Es el instinto atávico de la chusma, de la canaille, de los verdaderos causahabientes de Robespierre. A su lado, Macron no es más que una temblorosa madame girondina.
La próxima presidente de Francia
Frente a la pasividad cómplice de un presidente que no es sino un títere de los financieros, se ha alzado una voz enérgica y serena, la voz de Francia, la de Marine Le Pen. Cierto que, dentro de la firmeza y de la defensa de la patria, abundan las referencias a la República y a sus valores, que son la causa de todo lo que sufre su nación; pero el lenguaje de la política práctica no puede conformarse con el de la teoría y el momento apremia.
Lo que suceda en Francia en las próximas fechas no es una pugna entre facciones políticas, sino una elección entre civilización o barbarie, entre Versalles y la jungla.
Marine Le Pen no es la candidata de la República ni la de la nación francesa, sino la de Europa, la de su cultura, la de su civilización. El peso de los bárbaros, tanto internos como externos, es tan poderoso en el Hexágono que lo que debería de ser una fácil victoria de la luz contra la oscuridad, de lo solar contra lo telúrico, del orden contra la anarquía y de la civilización contra el salvajismo, no está nada clara. No es hora de ponerse exquisito, sino de luchar a vida o muerte por salvar una Europa que la oligarquía de Bruselas se empeña en convertir en Tercer Mundo, una Francia que sus dirigentes quieren transformar en Haití.
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