la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 12 de octubre de 2026

Feria de Otoño'26. Adolfo Martín se viene arriba de mano de Antonio Ferrera y Román. Campos & Moore


'..Parece mentira que en la fiesta taurina que se compone de valores recios (heroicidad) la parte mollar quede reservada (exclusivamente) para los diestros que firman más contratos (una parcela de menor riesgo y donde se necesita menos coraje)..'

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Domingo, 11 de octubre de 2026. Feria de Otoño 2026. Cuarta corrida de toros. 

Encierro de toros de Adolfo Martín (encaste Albaserrada). Bien presentados. Cinqueños, finos y largos, cárdenos, con buena encornadura. Una corrida muy variada en su comportamiento, con dificultades, nobleza (cuando la hubo) y transmisión. Primero, cornivuelto y buido, flojo y noble. Segundo, corniveleto y astifino, bien hecho, se le partió el pitón izquierdo, complicado. Tercero, corniabierto y astifino, algo flojo. Cuarto, inválido, cornilevantado y buido, tardo y andarín. Quinto, veleto y astifino, fuerte. Sexto, corniabierto y buido, noble. Lleno de no hay billetes. Tarde de otoño excelente.

Terna: Antonio Ferrera, de Buñola (Mallorca); de blanco y oro; veintinueve años de alternativa; veinticuatro festejos en 2025, y treinta y dos en 2026; silencio, oreja tras un aviso y oreja. Román, de Valencia; de verde botella y oro, con cabos blancos; doce años de alternativa; catorce festejos en 2025 y diecisiete en 2026; vuelta al ruedo, oreja tras un aviso y oreja tras un aviso.

Suerte de varas: se cuidó poner a los toros en suerte para el caballo. Acudieron todos a la llamada de los piqueros. Se les picó con proporcionalidad. Muchas de las puyas cayeron traseras, no siempre; bien colocadas en el tercero y el quinto. Los toros pelearon en las varas, algunos se repucharon y otros fueron sacados del peto. Como característica general escarbaron mucho en los primeros tercios. Destacó Antonio Ferrera en la dirección de la lidia, sacando a los toros de debajo del caballo con variedad de quites, recortes y galleos. Al tercero, ante su mansedumbre, lo llevó con acierto a terrenos del seis para que fuera picado. Buena lidia de la mayoría de los peones con excelentes capotazos de Víctor del Pozo (cuarto) e Iván García (al quinto). Un par de banderillas extraordinario, pareando en la cara del astado, por parte de Ángel Otero en el quinto. Modélica la lidia a este toro que tomó tres varas bien colocadas y administradas por Francisco Javier Sánchez, cogiéndolas bien detrás de la cruz, el toro empujó, en las dos primeras pegó, y en la tercera, marcó.

PEPE CAMPOS
Las corridas denominadas duras tienen lo que vimos ayer, que aportan verdad y épica al toreo. Se componen de toros que normalmente son lidiados por toreros que no gozan del favor del «taurineo» y a los que no se les valora nunca lo suficientemente. A la hora de configurarse los carteles de estas corridas del circuito torista se dan excepciones, como cuando se anuncian toreros como Antonio Ferrera, asiduo en las corridas genéricas de las ferias pero también en las difíciles (y alejadas de lo común). No suele ser algo normal. Por otra parte, se anuncian toreros como Román, que no gozan del favor de los que dirigen la fiesta de los toros, que suelen pechar con lo duro; si bien Román no lo hace de una manera sistemática, pues no llega a ser un especialista, como lo pudo haber sido Ruiz Miguel o Fernando Robleño. Aún así, Román se está abriendo camino en la parte heroica de la fiesta de los toros a base de anunciarse con responsabilidad en estas corridas que calificamos como complicadas, donde al salir el toro con casta y no previsible dificulta la posibilidad de triunfo de los toreros que las matan. Ahí está la cuestión de todo este meollo, que consiste en que al anunciarse un espada para matar lo duro (Adolfo Martín, Victorino, Cuadri, Dolores Aguirre…) no tiene la garantía de salir bien parado (físicamente) ni con un triunfo bajo el brazo como suele ser norma en las corridas nominadas como comerciales (de toros de un comportamiento regular porque garantizan facilidad). 

Parece mentira que en la fiesta taurina que se compone de valores recios (heroicidad) la parte mollar quede reservada (exclusivamente) para los diestros que firman más contratos (una parcela de menor riesgo y donde se necesita menos coraje); mientras la porción ardua de la tauromaquia se destine (únicamente, con alguna excepción como hemos apuntado) a los espadas que no entran en los carteles feriantes de la temporada con sus corridas mercantiles o manejables y que, por lo tanto, torean poco y con lo desabrido.

En la actualidad (posiblemente desde los años sesenta del siglo pasado) la fracción arisca (hoy se entiende así) de la fiesta de los toros está abocada a que sólo la vean o la lidien los toreros que torean poco y que sea estrictamente valorada por los aficionados románticos que entienden que el toro bravo es la base fundamental de la tauromaquia. Antes, los toreros ases del entramado taurino, tenían que medirse con lo duro y difícil (que aportaba mítica) y con lo sencillo y más asequible (que agregaba, digamos, belleza artística). Con lo uno y con lo otro había que estar y esos ases del toreo eran toreros completos, largos, lidiadores, artistas sólidos que sabían y se medían a todos los peligros y a todas las comodidades (pensemos en Luis Miguel Dominguín o en Antonio Bienvenida). No en una sola ocasión (esto no vale ni justifica) sino en muchas citas. Hoy los toreros que no son ases, sino figuras, se han acomodado a lo sencillo a seguir el carril de la vida que solo conduce a la molicie (es lo que vemos en esa parte de la fiesta de todos los días que se encamina a la decadencia y a la monotonía, y no sabemos cuál es el verdadero orden de estas dos palabras). 

En definitiva, en los tiempos que corren, aquellos que pueden elegir lo que torean deciden irse a lo previsible y a lo que aporta un colorido de pastel y no el auténtico color o calor de la seriedad de medirse al reto, al desafío, y atribuirse mítica, y viajar a ese mundo heroico que ya solo revivimos al leer las obras de la época clásica o al acudir a corridas como las de ayer donde dos toreros (Antonio Ferrera y Román) entraron en el Olimpo (ya sea por necesidad o por obligación). Una morada donde los toreros que mandan ahora no han entrado, porque no han querido, porque no entienden el valor de la vida que ha forjado nuestra civilización: combatir la dificultad. Digamos que entrar en este espacio de lo legendario o fabuloso sería muy fácil para los mandamases, pero, como hemos apuntado, no quieren. Ese amor propio no lo poseen. Algunos de ellos ya no entrarán nunca en la morada de los dioses, porque hay que emplearse, y buscarán el refugio para justificarse en la literatura (a través de sus cantores, de sus bardos, de sus juglares) recurriendo a las palabras que prefiguran ese ámbito nebuloso de la estética y de la blandura.

Ahora vayamos a la corrida de ayer. Antonio Ferrera no es una novedad (tiene cuarenta y ocho años) y desde hace tiempo ha ido creándose una leyenda, la de ser un torero que aporta variedad a cuanto hace. Y lo ha logrado. Ante sus tres Adolfos desplegó con su capote de seda en las manos una tauromaquia ya no vista. Recortes, galleos, largas, y toda una gama de dinamismo e intensidad en sus acciones lidiadoras. Cuajó una actuación redonda sacando (como antiguamente) a los toros del caballo, de debajo del peto, para ponerlos en suerte en las rayas del tercio. Llegó a recrear el quite de oro. Oro puro fue toda su tarde en el apartado capotero. Dirigió las lidias, habló con los picadores, estuvo en multitud de detalles. Sobresaliente. Con la muleta en la mano compuso tres faenas de ir haciendo a los toros de Adolfo Martín que requerían un tiempo y un espacio. Los fue entendiendo. Aplicó suavidad y temple. Al que era algo más flojo, le consintió. Al que se quedaba corto en la embestida, se la alargó. Al que embestía con bonanza, lo toreó. Sus labores fueron de menos a más y al tomar el estoque de verdad había conseguido domeñar y torear a sus tres toros. 

En su segundo toreó con largura y temple por los dos pitones. En el quinto diseñó una versión de muletazos profundos y hondos rematados con un molinete y un extraordinario pase de pecho. Después se fue a por la espada y sin citar al toro, a mucha distancia de él, dándole la querencia, le esperó, y a toro arrancado, a galope, le metió la espada con gallardía, muy quieto, aunque se le fuera contraria y algo baja. Fue uno de los «momentazos» de la tarde. A su primero no lo mató bien, fue en la suerte natural, y la espada se fue baja. En su segundo empleó «su suerte» de irse al toro con la muleta al hombro, acercándose a él desde lejos, en la suerte contraria; y dentro de ese «espectáculo Ferrera» lo pasaportó de una estocada casi entera.

Román es un torero que ha ido creciendo y haciéndose mejorando desde la exigencia y la afición. Ayer en el sexto desde el primer muletazo entendió las condiciones del animal y le aplicó una tanda de naturales ligada desde el primer muletazo sacándolo de la barrera del ocho hacia el tercio. Con esos muletazos limpios, templados y perfectos se hizo con el toro. Había que estar ahí y hacer lo que hizo (luego se dirá que si ese toro hubiera caído en manos de otro…¿de quién, de quienes desprecian las corridas encastadas?...). Demostró haber adquirido una madurez en el conocimiento (lo más difícil) de los astados, ya algo serio. La faena tuvo altibajos (tal vez), pero también hubo toreo caro por los dos pitones, y toreo largo (la gran clave, nada de codilleos con los Adolfos) y bien rematado. Los ayudados finales de sabor y el de pecho. Se tiró a matar sin especular, en la suerte natural, finiquitando al Adolfo de una estocada casi entera eficaz, más un descabello (donde tampoco se anduvo con remilgos). Anteriormente se había jugado la vida en sus otros toros. 

En el segundo de la tarde en lucha con el animal que le buscaba por abajo y Román se impuso a base de exposición y tesón. Mató en la suerte natural de una estocada atravesada y trasera. La vuelta al ruedo que dio Román a petición del público demostró que Madrid estaba entendiendo la tarde y empujaba a los dos toreros hacia la gesta. La valentía de Román quedó cimentada en su actuación ante el cuarto toro que no dio facilidades y vendió caro su trasteo. El toro se revolvía y Román aguantaba y le embarcaba, muy valiente, toreando con sabor, aprovechando la querencia (había que saber cómo) con temple y donosura. Mató en la suerte natural de una estocada casi entera algo atravesada.

Vimos una corrida para el recuerdo. De las que crean afición. Las figuras que quieran entrar en este Olimpo sólo tienen que levantar el dedo y pedir torear toros bravos y encastados. ¡Están invitados! / 'Salmonetes ya no nosquedan' blogspot /


ANDREW MOORE
























FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario