
'..El de Pedro y Begoña parecía un beso de campaña: de esos que no comprometen demasiado los labios, pero aspiran a comprometer el voto..'
BESOS DE AMOR, BESOS DE UN JUDAS
Es evidente que Pedro Sánchez quiere a Begoña. Ahí está, entre otras cosas, su ayuda en el camino hacia una cátedra universitaria cuyas circunstancias han suscitado preguntas y controversia. Y Begoña parece querer a Pedro. No todos los matrimonios pueden presumir de una historia en la que las ambiciones políticas, los negocios familiares y las saunas madrileñas se entrecrucen de semejante manera.
Hay familias que ayudan a sus hijas pagando una hipoteca; otras parecen preferir invertir en el futuro político del yerno. Cada suegro pone su granito de arena donde cree que puede obtener mayor rendimiento. Lo de Sabiniano, el suegro, merece capítulo aparte.
Mientras Pedro construía su imagen de adalid de la izquierda, los negocios vinculados a su entorno familiar alimentaban una contradicción difícil de ignorar. ¡Hay que joderse! El capitalismo, cuando afecta a los demás, es una amenaza para la humanidad; cuando aparece en el árbol genealógico, quizá solo sea una tradición familiar.
Pero vayamos al beso.
El de Pedro a Begoña tenía más de trámite administrativo que de arrebato amoroso. Un beso de ventanilla: «Dame ese piquito, corasón», pero sin arrimarse demasiado.
Yo esperaba algo a lo Clark Gable en Lo que el viento se llevó. Pero Pedro, que no deja cámara sin conquistar, nos ofreció un simulacro de enamorado en el que parecía preocuparle más el encuadre que la destinataria. A fuerza de verlo interpretar su propio papel, uno acaba preguntándose si alguna vez se olvida del personaje.
Porque Sánchez ha convertido la política en una representación permanente. Sus sonrisas parecen ensayadas, sus abrazos calculados y sus gestos administrados. A veces da la impresión de que, en lugar de sangre, le circula por las venas un argumentario electoral.
Y si de interpretar papeles hablamos, ninguno como el suyo cuando llegan las elecciones. Promete una cosa y termina haciendo la contraria. Lo que ayer era inadmisible, hoy resulta imprescindible para salvar la democracia. Las líneas rojas se convierten en pasos de peatones y las promesas incumplidas, en decisiones históricas.
Pedro no cambia de opinión: cambia de explicación. Si alguien le recuerda sus propias palabras, siempre queda el recurso de invocar a la derecha, a la extrema derecha e incluso a Francisco Franco. Si escasean los argumentos, nunca falta un enemigo al que señalar.
Sus asesores le dicen que baile y baila; que sonría y sonríe; que grabe un vídeo para TikTok y allá que va. Pedro nos ha salido bailón y resultón. Da bien a cámara, pero cuando intenta parecer espontáneo uno termina preguntándose quién le ha escrito también la espontaneidad.
Y volviendo al amor, esa fuerza electoral que nuestro presidente no desaprovecha: si hay que abrazar, se abraza; si hay que emocionarse, se emociona uno. Y si mañana sus asesores descubren que besar a cada nieto de España aporta votos, no descarto una gira nacional de achuchones, con fotografía oficial en cada columpio.
Porque una cosa es mostrar afecto y otra convertirlo en propaganda. Para Sánchez, cualquier escenario parece útil: el Congreso, el paseo familiar o el beso conyugal. Si el sentimiento no se aprecia, siempre queda repetir la toma.
Lo preocupante es que funciona. Hay quienes siguen juzgándolo no por lo que hace, sino por lo que dice que va a hacer. La etiqueta de hombre de izquierdas parece servirle de salvoconducto para hacer hoy lo que ayer reprochaba a los demás.
Todo esto me recuerda a El vuelo del moscardón: empieza con un zumbido discreto y termina convirtiendo la música en un estruendo. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya no sabe si escucha una melodía o está atrapado en una campaña electoral interminable.
Al fin y al cabo, ya lo decía la copla:
Me puede dar un beso en la mano,
me puede dar un beso de hermano,
pero un beso de amor no se lo doy a cualquiera.
Pedro administra los besos como las promesas: calcula su rendimiento y procura no desperdiciar ninguna oportunidad de rentabilizarlos.
Porque hay besos de amor, besos de Judas y besos de hiel. Los primeros se sienten; los segundos traicionan; los terceros dejan un regusto amargo.
El de Pedro y Begoña parecía un beso de campaña: de esos que no comprometen demasiado los labios, pero aspiran a comprometer el voto.
¡Alucina, vecina, que esto ya no hay quien lo defina.
El Viejo Aprendiz.
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