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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 19 de octubre de 2026

Y, de pronto, los pijoprogres se hicieron islamoprogres / por Javier Ruiz Portella

 
En Milán, las turbas refrenaron su deseo de alumbrar la hoguera dentro del Duomo. Se contentaron con encenderla fuera. De momento.

'..Creíamos que lo que los movía en su relación con el Islam era, por incomprensibles razones, una especie de tolerante benevolencia. Y no es esto, en absoluto. Lo que los mueve no es disculpar y cerrar los ojos ante los mil atropellos con los que, un día sí y otro también, el mundo islámico pisotea los más acendrados principios del delirio woke. No es tolerancia, lo suyo. Es mucho más grave: es adhesión..'

Y, de pronto, los pijoprogres se hicieron islamoprogres

Javier Ruiz Portella
Se hicieron islamoprogres, pero siguieron igual de pijos, faltaría más. Sobre todo en Francia, en los amotinamientos insurreccionales que ayer calificábamos de «escaramuzas de la guerra civil», y también en Italia, y en toda Europa , de forma manifiesta en unos sitios y más encubierta en otros, lo que está estallando estos días —pero llevaba cociéndose desde hace tiempo— es la alianza más contra natura que imaginar se pueda: el abrazo entre el islamismo y el comunismo (dejémonos de tonterías: llamemos al pan, pan; al vino, vino; y al socialismo o izquierdismo, comunismo).

¿Cómo es posible, nos habíamos preguntado siempre, que los ardientes defensores de lo woke (los de «fuera barreras, abajo opresiones, acabemos con las imposiciones sexuales, las coacciones patriarcales, las obligaciones tradicionales; nada es fijo, nada es permanente, todo fluye, todo es leve, líquido; sólo cuenta el libre fluir de lo que yo, yo, yo… quiero y luego dejaré de querer, hoy soy hombre y mañana mujer…»); cómo es posible, nos decíamos, que gentes de tal ralea, tan asfixiada en medio de lo que ellos llaman «libertad», puedan tener una actitud tan benevolente hacia el Islam, ese mundo duro y opresor, machista y patriarcal, envuelto en normas opresivas y principios inquebrantables?

El palacio de la alcaldía de Limoges, del siglo XIX, pasto de las llamas criminales

Nos equivocábamos, ahora ha quedado claro. Creíamos que lo que los movía en su relación con el Islam era, por incomprensibles razones, una especie de tolerante benevolencia. Y no es esto, en absoluto. Lo que los mueve no es disculpar y cerrar los ojos ante los mil atropellos con los que, un día sí y otro también, el mundo islámico pisotea los más acendrados principios del delirio woke. No es tolerancia, lo suyo. Es mucho más grave: es adhesión.

No es adhesión doctrinal, claro está (a tanto no llegan): es adhesión de facto. Es una adhesión factual en la que poco les importa lo que la sociedad islámica sea o deje de ser, lo que isojuzgue o deje de sojuzgar. Una sola cosa les importa, más incluso que sus propios delirios woke: el odio hacia nuestra civilización occidental (y, por ende, hacia sí mismos…). Y como no hay nada más opuesto a Occidente que el mundo musulmán, la alianza entre odiadores izquierdistas y odiadores islámicos estaba cantada. Sólo esperaba a sellarse, como se acaba de sellar, en las barricadas de Francia y de Italia (en España van a esperar al 30 de noviembre).

Una alianza desigual

La alianza entre islamistas e izquierdistas es, sin embargo, más que desigual. ¡Ay, esos niñatos, tan blancos y blandos como son! ¡Ay, esos pijos hijos de papá! Les ha dado por hacerse los hombres en compañía de Mohamed, y para ello atacan a los maderos, saquean tiendas (eso tal vez se lo dejen a los moritos), incendian ayuntamientos, queman institutos (dicen que su objetivo es mejorar las condiciones de enseñanza…). ¡Qué candidos, qué idiotas! ¿No veis cómo, detrás de su antifaz, se está riendo Mohamed? Si un día ganaseis la guerra, no seríais vosotros, no, sería él quien cortase el bacalao. Se os merendaría en un santiamén, como se os merendó en Persia, donde los ayatolás derrocaron al Sha con el apoyo de unos izquierdistas que al día siguiente empezaron a ser perseguidos, encarcelados, ahorcados. Por maricones, feministas, disolutos.

Pero esto todavía no ha llegado. Ni llegará. Para que llegase, haría falta que el resto aplastantemente mayoritario de la población —no lo olvidemos— continuara en la adormecida apatía en la que tanto «la plebe rica como la plebe pobre» (Nicolás Gómez Dávila dixit) lleva sumida años y años. Ahora bien, aunque no siempre (en Roma, por ejemplo, en 476 d.C. no ocurrió), suele pasar que, por adormecidos que estén los pueblos, les dé por despertarse con renovado vigor cuando sienten que la tierra se hunde bajo sus pies, cuando se dan cuenta de que la cosa ya no va de tal o cual asunto, sino de un asunto de vida o muerte; en una palabra, cuando lo que está sobre el tapete es seguir caminando por la senda de la civilización o ser engullidos por las hordas de la barbarie.

Desoyendo la prohibición gubernamental (inconsecuente con su política exterior), ondea en muchos ayuntamientos franceses la bandera palestina. Cuando las fuerzas del propio Estado se ponen del lado de los insurrectos, entonces…

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