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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 31 de octubre de 2026

En la muerte de Andrés Hernando / por José Carlos Arévalo.


'..De Andrés Hernando hay que retener dos cosas. Eligió la soledad, supo mirar de cara a la muerte, la toreó y la venció... la venció en el ruedo, que es el único lugar del mundo donde la muerte juega limpio. Y yo, aficionado, doy fe de ello..'

EN CORTO Y POR DERECHO
En la muerte de Andrés Hernando

Por José Carlos Arévalo.
Hombre de perfil, pelo peinado hacia atrás, en blanco y negro, entre personas uniformadas en un acto.

Detesto las necrológicas, porque son falsas. En este país sólo los muertos se salvan de la crítica. Para ellos están las necrológicas, que suelen ser tan hueras como las críticas, pero al revés. Por eso, estas líneas no son una necrológica sino una meditación sobre un torero.

Ser torero es elegir la soledad. Absolutamente. Porque no vale la menor ayuda. Ni de Dios. Porque Dios no se mete en las cosas de los hombres. No le dice, por ejemplo, a un toro, "embístele bien a este chaval, que es buen chico". No, cuando un torero cita al toro no hay nadie en el mundo: el universo es una plaza vacía donde solo hay un hombre que cita a su destino. Y su destino es la suerte o la muerte. Y eso es en esencia el toreo. Vencer a la muerte haciendo la suerte. Porque en el toreo, la suerte no se tiene, se hace. En el ruedo del toreo, cerrado al mundo entero, para que estés allí tú solo, torero, y cites al destino. Y lo torees. Con arte.

De Andrés Hernando hay que retener dos cosas. Eligió la soledad, supo mirar de cara a la muerte, la toreó y la venció... la venció en el ruedo, que es el único lugar del mundo donde la muerte juega limpio. Y yo, aficionado, doy fe de ello. Porque el torero segoviano Andrés Hernando no lo tuvo fácil. Se le ocurrió debutar en Madrid con una novillada de Palha, el día en que Victoriano Valencia hizo la faena de su vida, una de las faenas estelares de Las Ventas. Pero Andrés Hernando se ganó el respeto de esa panda de desalmados que nos sentamos en la plaza de Las Ventas.

Eran tiempos muy difíciles para los toreros. Eran los años 60, la «Década prodigiosa», con Luis Miguel, Ordóñez, Camino, El Viti... y muchos figurones más. Y El Cordobés. Del segoviano, que había triunfado de novillero en Sevilla, que luego indultó un toro de Pablo Romero en Barcelona, tengo el recuerdo del que fue el día de su vida. Una corrida de Beneficencia, o de la Prensa, no estoy seguro. Con El Cordobés. Nada menos que con el torero que más ha mandado en la Fiesta (eso sí, después de Gallito). Pero Andrés Hernando cortó tres orejas. Y estuvo por encima del Quinto Califa. ¿Y cómo fue? ¿Tuvo suerte? ¿Se llevó el lote de la tarde? No, Lo que hizo fue torear. Mejor que nadie, aquella tarde. ¿Y cómo toreó? Lo recuerdo perfectamente: toreó con plenitud. No quedaron ni cinco centímetros sin torear de cada embestida que los toros le ofrecieron. Y no toreó, o al menos esa impresión dió, para salvarse. Hizo un toreo de enorme intensidad, pero sobrado. Después, supe que torearon juntos en América. O sea, que ni celos, ni vetos. Respeto y leal competencia entre toreros muy toreros.

No traté a Andrés Hernando. Nos saludamos un par de veces, nada más. Más tarde conocí a su mujer, Sonsoles Aboín, exdiputada y gran aficionada, una de esas mujeres que añaden prestigio al hombre con el que se emparejan. Ahora se ha quedado sola y yo la acompaño en el sentimiento.

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