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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 16 de octubre de 2026

El mismo público es dos públicos / por José Carlos Arévalo




'..¿y a cuanto de qué viene todo esto? Pues viene a cuento de que el lunes 12 vivimos en Madrid una rarísima tarde de toros en Madrid en la que a veces se produjo una desconcertante ruptura entre la sinceridad del ole y la sospechosa, pero íntima, represión del aplauso..'

EN CORTO Y POR DERECHO
El mismo público es dos públicos

Por José Carlos Arévalo
Es incuestionable, todos aceptamos que el público de los toros es el tercer actor de la corrida (el primero es el torero; el segundo, el toro, pero detrás está el ganadero; y el tercero es el público).

Atención al dato: el tercer actor en discordia de la corrida es el público. Quien, además, es más cosas. Por ejemplo, coro. Como en el teatro griego, ese grupo circundante que rodea la acción con una omnipresencia absoluta de 360 grados, aconseja, crítica, condiciona al primer actor, el torero, mediante acciones individuales del coreuta el aficionado que impelido por la emoción no puede callar su ánimo o censura, pero también y de manera más eficaz cuando lo hace el coro, esa voz colectiva que puede ser la voz callada del silencio, con sus distintos significados, o la voz colectiva, atávica y culta, voz que expresa la plenitud objetiva del arte del toreo. no dirigida por nadie. Es el ole, miles de sentimientos subjetivos, que se convierten al instante en la expresión de la total objetividad del toreo, única arma poética que, repito, une todos los juicios, todas las sensibilidades en una sola voz, el ole, misterioso y múltiple, humano, muy humano, y, sin embargo con pálpito de epifanía.

Y, además, el público es el juez de la corrida, quien decide el resultado de la lidia de cada toro. No hay público más soberano de espectáculo alguno sobre la faz de la tierra.

Bueno, ¿y a cuanto de qué viene todo esto? Pues viene a cuento de que el lunes 12 vivimos en Madrid una rarísima tarde de toros en Madrid en la que a veces se produjo una desconcertante ruptura entre la sinceridad del ole y la sospechosa, pero íntima, represión del aplauso. La primera faena del toricantano Aarón Palacios fue un faenón de los que provocan oles como truenos -el ole es o no es, pero no se puede fingir- y, por supuesto, el éxito se desvaneció tras cuatro pinchazos, pero de eso a que el joven baturro no diera ni una vuelta al ruedo... Ahí había gato encerrado. Debimos haberlo advertido cuando al romperse el paseíllo, la esperada ovación al maestro de La Puebla sonó trufada con pitos... y como a saludar se sale a corresponder una ovación trufada de pitos no hubo saludo. Pero más raro fue lo acontecido con el toreo del mexicano Héctor Gutiérrez. Sus naturales fueron quizá fueron los más largos y cabales de la feria, hicieron con garra el toreo y lo dijeron mucha verdad. Fueron jaleados como se debía y fríamente aplaudidos con una estúpida comesura. Y fue entonces cuando el que suscribe sospechó el montaje.

A mi modo de ver, la posición de una parte del público, la misma de siempre, quedó patente en el cuarto toro, segundo de Morante de la Puebla. Según se apreció por las protestas que acompañaron su salida al ruedo, de ahí vinieron. Falso, surgieron desde que se cerró el paseíllo. Por lo demás, el toro incurría, muy levemente, en dos mermas que no lo son en las demás plazas de primera, no era cornalón ni los canales de su culata habrían entusiasmado a un carnicero avariento. En todo caso, el toro del pretexto las anulo una peligrosidad solo presentida por el cónclave gracias a la poderosa muleta morantina que lo toreó por naturales con un valor reclamado por el peligro de aquel cinqueño y un arte del toreo del que anda sobrado.

La mesurada respuesta a las tres buenas actuaciones de los espadas en la segunda parte de la corrida puso en evidencia la negativa actitud de la plaza, pues la resentida actitud de una minoría parece haber sido aceptada aceptada por el resto. Se diría que la empresa todavía no se resigna a descartar la programación de carteles confeccionados con afición. ¿Tres toreros triunfadores, aunque lo sean a distinto nivel? ¡Qué vergüenza! ¿No saben los gestores de Plaza 1 que las figuras son los principales enemigos de la Fiesta?... ¡Pardillos!

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