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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 10 de octubre de 2026

Feria de Otoño'26. Novillada sin picadores. Cruzarse o no cruzarse esa es la cuestión / por Pepe Campos


Steve McQueen

'..la tauromaquia está entrando en un círculo concéntrico que no deja ninguna salida, pues se ha conseguido crear un animal (el nuevo toro de lidia) que no plantea dificultades a la hora de lidiarlo ni de torearlo. Viene a ser el final (la consecuencia) de la evolución que está tomando nuestra civilización donde todo consiste en lograr el confort, en tener buena vida..'

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Viernes, 9 de octubre de 2026. Feria de Otoño. Novillada sin picadores. Gran Final del XIV «Camino hacia las Ventas». 

Encierro de erales de Guadajira (encaste Domecq, procedencia Marqués de Domecq). Bien presentados. Mansos (se dolieron en banderillas) y nobles. Algunos lucieron crotales. Primero, tercero y cuarto, excelentes. Segundo y quinto, también, ideales. El sexto, con mayor nervio, movilidad y con alguna tecla que tocar para ser dominado. Justos de fuerza y boyantes, todos fueron de largo a los cites. Tres cuartos de entrada. Tarde perfecta de otoño.

Terna: Joaquín Manzur, de Reynosa (México); de azul cielo y oro; veintitrés años; silencio tras un aviso en sus dos erales. Israel Guirao, de Valencia, de blanco y oro; dieciocho años; silencio tras dos avisos y oreja. Marco Peláez, de Apizaco (México), de malva y oro; con cabos blancos; dieciocho años; saludos tras un aviso y silencio.

Pepe Campos
Los novilleros de ayer que llegaron a la final del certamen «Camino hacia Las Ventas» de 2026 han aprendido a torear en escuelas taurinas, según parece. Es un aspecto que significa que el presente ha traspasado una línea roja respecto a tiempos de antaño que no tiene vuelta atrás. Antes, en esos tiempos lejanos de la tauromaquia se aprendía, principalmente, en las capeas, en el contacto que establecían los futuros toreros (maletillas) con el ganado que se lidiaba en las fiestas de los pueblos. Un ganado no seleccionado, no elegido, sino representativo de la condición natural de la vida de aquellos momentos, una vida auténtica pero áspera, en una época de esfuerzos y de temores, de alegrías y de pesares. Eran momentos en los que un halo espiritual daba cobijo a una civilización que pensamos asemejaba ser vieja porque lo era. Esta apariencia, reflejo de una realidad, aportaba a los hombres de aquellos días rigor y les exigía coraje porque había que oponerse a la dureza de la vida antigua. Esto fue así durante mucho tiempo (a pesar de la Revolución Francesa y todo eso). Ese rico mundo antiguo de los toros, en torno al aprendizaje y sus enseñanzas, está bien reflejado, por ejemplo, en la obra del escritor y crítico taurino Antonio Díaz-Cañabate, en su Historia de una taberna (1944) y en Paseíllo por el planeta de los toros (1970). Con su lectura podemos apreciar que en el entramado de las capeas los futuros matadores salvaban la vida ante asilvestrados animales y se iban haciendo lidiadores según resolvían embestidas, comportamientos y dificultades, al tiempo que pulían un estilo propio para torear. Es posible que ya existieran dinastías, tentaderos y comodidades, pero lo usual era enfrentarse a la brusquedad del oficio ante animales imprevisibles delante de un público fiero o feroz (en la novelística taurina existen muchos títulos que tratan esta temática). Eso fue el ayer lejano. De ahí salían toreros hechos, recios, sin finuras pero con personalidad. En el recuerdo Gregorio Sánchez y Andrés Vázquez, toreros largos y de aguante; que como maestros, lo fueron de pedagogía antigua, con su verdad y su crudeza. Todo eso fue un tiempo ya desaparecido.

Hoy no hay capeas, sino certámenes de novilladas donde los aspirantes a futuros matadores compiten delante de animales (erales, en el caso de las novilladas sin picadores) nobles, mansos o bravos, y, sobre todo, previsibles. Los toreros para hacerse no tienen que ir a los pueblos en busca del momento idóneo a la hora de dar un lance o un muletazo, y recibir un revolcón o una cornada; y ser descubiertos por los gerifaltes del mundillo. Actualmente la dificultad consiste en que los profesores (entre los que habrá psicólogos) elijan o no a un aspirante o a otro para que se enfrente a un animal en un certamen, y a partir de ahí pueda disponer de nuevas oportunidades para ser seleccionado y mantenerse en esa pelea que conlleva destacar. Lo hará ante erales o novillos que pertenecen a una nueva generación de ganaderías (las del presente) que crían astados nobles, sin raza, sin casta, y con obediencia, ante los cuales es muy difícil decir algo nuevo cuando se les torea: parecen ser originados para que los toree Morante de la Puebla, con un tipo de toreo que sólo él posee, pues tiene el don de la transmisión a base de temple y estilo, y es su secreto. 

En definitiva, la tauromaquia está entrando en un círculo concéntrico que no deja ninguna salida, pues se ha conseguido crear un animal (el nuevo toro de lidia) que no plantea dificultades a la hora de lidiarlo ni de torearlo. Viene a ser el final (la consecuencia) de la evolución que está tomando nuestra civilización donde todo consiste en lograr el confort, en tener buena vida, en sentir sensaciones, en dejarse llevar, en no esforzarse y en verlas venir. En todo esto, la vida actual, se puede decir, ha mejorado sobre la antigua, plagada esta de sudores y de sinsabores. Hoy se viaja, y, si no, se huelga. En nuestro hoy no se aprende mediante el sacrificio ni el sufrimiento, se aprende mediante la ciencia infusa de lo etéreo, de lo dócil, de la facilidad. Así para estos tiempos de bonanza y bienestar la tauromaquia no tiene otra que crear ese toro, ya no artista, sino «excelente», correligionario del carretón. La perita en dulce. Y los toreros deben encararse a él, en sus comienzos, a través de certámenes, en una lucha amable, de circunstancias favorables, y a ser posible con un público receptivo y consentidor.

Esto es lo que sucedió en la novillada de ayer: una tarde apacible, erales a modo, novilleros correctos y un público «voyeur». La cuestión es que todo este asunto habría cosechado un mejor resultado si los profesores de los obedientes novilleros de las escuelas taurinas de cada uno de ellos les hubieran enseñado a sus alumnos que, con ese animal tan bonancible al que se iban a medir, si se cruzaran e intentaran torear con concepto curvo y rematado (clasicismo belmontino) el respetable entraría en el espectáculo y en el olé. Pero esto no sucedió, pues esa lección pareció que no le ha sido explicada a ninguno de los tres novilleros de ayer tarde. Torearon sin cruzarse en ningún instante y plantearon las faenas por las afueras, de manera reiterada. De ese modo es muy difícil emocionar. Se tenga temple o no. Se intente esto, aquello o lo de más allá. Los tres novilleros torearon de manera correcta pero sin esa verdad que aporta la cercanía concebida desde el riesgo. Torearon a la verónica y al delantal. Hicieron quites. Ensayaron chicuelinas, gaoneras y tafalleras. Iniciaron las faenas por bajo, por alto y por la espalda. Las remataron con ayudados o con manoletinas. Dieron pases en redondo y al natural. Variedad hubo. También a la hora de matar, bien, regular y mal. Digamos, que faltó el toreo canónico.

De los tres actuantes, Joaquín Manzur, estuvo pulcro, despegado y sin saber conectar con el respetable. Puso en escena lo que ha aprendido y puede mejorar. Israel Guirao, mostró más conocimiento, también en ser consciente de no cruzarse, en una faceta que debería subsanar. Por último, Marco Peláez, en algún momento quiso acompasar su toreo, tirar de pellizco, aunque sin la virtud del mando.

Lo más torero del encierro fue el extraordinario par de banderillas que se marcó el subalterno Jesús Robledo «Tito» en el tercer eral. Y lidió con solvencia, Raúl Cervantes, al primer astado.

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