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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 17 de septiembre de 2026

Juan Miguel: el estoicismo de Colmenar de Oreja forjado en el valle del terror / por Aitor Vian

'..Privar a las ferias de lidiadores con la verdad de Juan Miguel es despojar al toreo de su dimensión más sagrada y heroica. La afición de piedra berroqueña, aquella que sabe distinguir el oro de ley de la bisutería, reclama que el esfuerzo y el dolor tengan su justa recompensa en forma de oportunidades..'

LA VOZ DE LA ALTANERÍA
Juan Miguel: el estoicismo de Colmenar de Oreja forjado en el valle del terror

Por Aitor Vian
En los confines de la Comunidad de Madrid, allí donde el asfalto y la gran ciudad ceden su imperio a las encinas y a la dureza del campo, se extiende una geografía taurina que no entiende de concesiones ni de postines. Es el temido "Valle del Terror", un rosario de pueblos y cosos donde el toro impone su ley más severa y donde los lidiadores se miden por su capacidad para mirar a los ojos a la tragedia. De ese crisol de exigencia e inclemencia, concretamente desde la histórica Colmenar de Oreja —cuya imponente Plaza Mayor encierra en sus soportales siglos de liturgia taurina— emergió la figura de Juan Miguel, un matador que encarna, quizá como pocos en el escalafón actual, el romanticismo descarnado de los toreros de trinchera.

Hablar de Juan Miguel es abrir el libro de la tauromaquia por sus páginas más cruentas, pero también por las más auténticas. Su historia no sabe de alfombras rojas ni de apoderamientos de salón; es la epopeya de un gladiador esculpido a golpes de cornada, de sangre derramada y de silencios en los despachos. Durante una larguísima y durísima etapa como novillero, se batió el cobre frente a los hierros más terroríficos del campo bravo, asumiendo compromisos que muchos otros rehuían y entregando su propio cuerpo como garantía de su verdad insobornable.

Su concepto del toreo está desprovisto de cualquier alharaca o falsedad. Juan Miguel practica una tauromaquia de estoicismo puro, donde la quietud no es una pose, sino una necesidad vital. Cuando se abre de capa o presenta la sarga, lo hace con las plantas firmemente hundidas en el albero, ofreciendo el pecho y aguantando miradas que hielan la sangre en los tendidos. Ese valor seco, austero y castizo, se transforma en clasicismo cuando el toro, dominado por la firmeza del madrileño, se entrega a los vuelos de una muleta que busca siempre someter por abajo con trazo largo y sincero.


Sin embargo, la recompensa del sistema a tanta sangre y tanta entrega suele ser, paradójicamente, el más absoluto de los ostracismos. Tras alcanzar el codiciado y merecidísimo doctorado, Juan Miguel ha tenido que enfrentarse al muro invisible de una industria que, con demasiada frecuencia, olvida a quienes sostienen con su sacrificio la grandeza moral de la Fiesta. En el amargo desierto de la espera, frente a la escasez de contratos y el eco vacío del teléfono, este diestro ha demostrado una dignidad colosal, refugiándose en la soledad de su entrenamiento y manteniendo intacta la fe en su vocación.

Privar a las ferias de lidiadores con la verdad de Juan Miguel es despojar al toreo de su dimensión más sagrada y heroica. La afición de piedra berroqueña, aquella que sabe distinguir el oro de ley de la bisutería, reclama que el esfuerzo y el dolor tengan su justa recompensa en forma de oportunidades.

Juan Miguel es el baluarte de Colmenar de Oreja y el triunfo de la voluntad sobre el abismo. Un superviviente nato que ha hecho de sus cicatrices un mapa de honor y de su muleta, una bandera de resistencia. En su estoicismo habita el alma inquebrantable de la tauromaquia, aguardando con paciencia franciscana el instante en que las puertas de los chiqueros se abran para demostrar que el valor auténtico, el que se forja en el dolor y en el silencio, jamás pasa de moda.

Madridistas: impasible el ademán / por William Pogue


'..En el tiempo de la mentira y de la desinformación deberíamos tener un canal, un oráculo de la verdad que nos dé la calma que nos arrebata el obsceno relato de los corruptos. Entretanto, madridistas, prietas las filas e impasible el ademán. Hay que aguantar. Habrá justicia. Tiene que haberla..'

Madridistas: impasible el ademán

William Pogue
La Galerna / 17 Setb. 2026
El día de anteayer nos dejó unas cuantas malas noticias. No es cosa mía, se nota que el madridismo acusa los golpes. Llevamos más de tres años apretando los dientes y tragando mierda, asistiendo a un espectáculo insoportable: el NeoNeigrerismo. Tebas ha tomado el testigo de Negreira y de toda la escoria que ha corrompido el fútbol desde 1990 hasta nuestros días. Con un CEO profesional al frente de LaLiga, el Barcelona estaría en graves problemas. La permisividad con la trampa, con el engaño, con la adulteración de cuentas, cuando no la ignorancia culposa o el colaboracionismo, sitúan a Tebas como cooperador necesario, cómplice de todas las tropelías post Negreira que sostienen a un Barcelona en quiebra.


La justicia ordinaria parece más lenta que nunca y la deportiva ha dejado de dar señales de vida desde que Ceferin dijo que el caso Negreira era "una de las situaciones más graves" que había visto en el fútbol. De la cosa deportiva española ya sabemos lo que podemos esperar: intervención política en el CSD para prescribir delitos, "pasar página" por parte de los advenedizos soldados de fortuna del CTA, nacidos para medrar. Mientras, Tebas pasa de puntillas sobre el mayor escándalo de corrupción deportiva del que hay registros y mira para otro lado con palancas, inscripciones fraudulentas... Cuando "las descubre", ya consumada la golfería, escenifica la preocupación en un viaje relámpago a Barcelona, con comilona y sobremesa de las que transforman conflictos en lazos de sangre. La mugre arregla sus asuntos así.

LA GUINDA LA PUSO LA NOMINACIÓN DEL CAMP NOU COMO SEDE DE LA FINAL DE LA CHAMPIONS DE 2029... NO SE ALTEREN. ESTE ASUNTO NO TIENE NADA QUE VER CON LA EVOLUCIÓN DE LA SANCIÓN DEPORTIVA

Estamos cansados. Es insoportable ver presumir de impunidad a toda la chusma culé de las redes sociales, alguno de ellos payasos bien pagados en el circo de la tele. No se vislumbra el merecidísimo castigo que nos enseñaron en el cole que siempre alcanza a los culpables. Hasta periodistas que un día tuvieron dignidad reptan por los alrededores del culerío vanagloriándose de la impunidad y burlándose de la hipotética incapacidad de nuestro equipo para generar fútbol. Ya no se acuerdan del Barcelona de Setién, de Koeman, de Xavi. Ignoran detalles como la adulteración arbitral de la competición, que sigue más viva que nunca.


No me lo nieguen: un juez tiene que tener temple y nervios de acero, además de ser un sinvergüenza, para no amonestar al defensor de una patada sin balón a Vini, para no ver dos rojas claras consecutivas sobre Cucurella (pisotón por detrás sin balón) y sobre Huijsen (tremendo codazo en la cabeza). Se oculta que el saldo arbitral sigue inclinando el campo siempre en contra de los rivales del Barcelona y a favor de los nuestros. Tarjetas. Penaltis. Tolerancia al acoso a unos futbolistas y protección de otros. No nos lo expliques, Soto. No obligues a la señorita que lee los indescriptibles textos de "Tiempo de Prevaricación" a pasar los peores ratos de su vida. Ni ella se los cree, abogado. Y se le nota.

Tenemos problemas, sí. El partido de Elche fue algo que vimos demasiadas veces el año pasado. Apatía. El equipo juega poco sin Güler. Dominamos en la primera parte. Debimos resolver con tres o cuatro goles. Vini estuvo negado. Recordamos su época de adolescente, con esos golpeos absurdos y el balón volando sin dirección. Vini: mira la pelota, por favor. El equipo genera, pero Mbappé necesita cuatro para enchufar una. No estamos acostumbrados a eso. Ronaldo habría hecho ochenta goles en una temporada con Güler surtiendo. El arreón final después de la torrija de la segunda parte es más fruto del miedo a entrar en ese vestuario con Mou que al orgullo, reconozcámoslo. A mí me sirve. Mou lo dijo: hay que ganar. Y se ganó. Observo demasiada amargura y cabreo en el madridismo. Ganando. Veinte tiros a puerta. Arbitraje criminal. Sabiendo lo que sabemos.


A mí también me pasa. Me tienta la desesperanza. Se llama overthinking. Pensar demasiado. Es algo propio de los tiempos que vivimos. Exceso de información, exceso de estímulos negativos. No sólo las redes sociales. El trabajo, las responsabilidades, las noticias. Este mundo pre-distópico en el que nos mienten cada día, en el que vemos el sufrimiento de la gente y pasividad de quien tiene que resolver los problemas, en el que nos dicen que la IA no sólo va a quitarnos el trabajo, sino que va a matarnos en tres años... Es demasiado. Y nuestra vía de escape, nuestro Real Madrid, sin carburar y sometido al abuso sistemático de golfos, corruptos y a la injusticia. Créanme que les entiendo.


La guinda la puso la nominación del Camp Nou como sede de la final de la Champions de 2029... No se alteren. No tiene nada que ver con el caso Negreira ni con las intenciones de la UEFA. Al Barcelona le van a caer cinco años sin Europa. Estoy seguro. El estadio no es del Barcelona, es de Goldman Sachs y esto es un negocio. No me sorprendería que la solicitud hubiera sido idea del acreedor, que está tranquilísimo viendo como la deuda se refinancia y los intereses siguen aumentando. Este asunto no tiene nada que ver con la evolución de la sanción deportiva.

Es lo que hacen siempre: Tebas tiene a los medios comprados para generar hype sobre cualquier asunto concerniente al Barcelona y hate sobre el Real Madrid. Para eso paga. No se habla del penalti de Lamine, se habla de las camisetas de apoyo a Ceuta de Vini, Konaté y Mbappé. Es lo de siempre.


Mi vaticinio es que en la edición de 2029 el Barcelona ni siquiera participará en la Champions. Veamos el lado positivo: ¿Se imaginan que nos presentamos en el Camp Nou a jugar una final? Si la ganásemos nos deberían conceder la prerrogativa de decidir indultar al Barcelona por el resto de su sanción solamente para darnos el placer de decir que no.

Dicho lo anterior, a mí también me gustaría que el club tuviera una voz institucional para dar de vez en cuando un puñetazo sobre la mesa, contarnos que seguimos teniendo contacto con la UEFA por el caso Negreira. Informar de que los investigadores siguen escandalizados de lo que han visto en el dossier de Ramos Neira y cía. Quiero pensar que han valorado el desgaste, la imagen (el Real Madrid es un negocio planetario) y no lo quieren asumir por razones comerciales.


No estoy seguro de que a Florentino le llegue la sensibilidad de la calle, más allá de los pitos en el Bernabéu, y me puedo imaginar lo que piensa sobre los silbadores. Debería dejarse grabar unos audios o dar una rueda de prensa de vez en cuando para subirnos el ánimo. Él sabría cómo. En la comunicación deportiva indudablemente hemos mejorado respecto de otros años. Mourinho es un portavoz incomparable, pero insuficiente.

En el tiempo de la mentira y de la desinformación deberíamos tener un canal, un oráculo de la verdad que nos dé la calma que nos arrebata el obsceno relato de los corruptos. Entretanto, madridistas, prietas las filas e impasible el ademán. Hay que aguantar. Habrá justicia. Tiene que haberla.

El 'Guernica'. Fusión y confusión / por Paco Delgado



El “Guernica”, de Pablo Picasso. El nombre se le ocurrió más tarde, a finales de la primavera de 1937.

'..Su nombre verdadero, al parecer, es “Recuerdo a mi amigo Sánchez Mejías”, diestro clave para la fundación de la Generación del 27 y que había muerto en Manzanares en agosto de 1934. Al serle hecho el encargo, se lo dedica a su amigo muerto, quedando terminado en febrero de 1937..'

VIENTO DE LEVANTE
Fusión y confusión

Paco Delgado
Hace unos años se puso de moda lo de la fusión, que no es otra cosa que unir en una misma receta ingredientes de muy distinta naturaleza, origen y hasta filosofía. Y la hay en la música, en la cocina, en la política —bien lo sabemos y padecemos...— y en prácticamente cualquier orden de la vida. Pero esta tendencia también lleva a otro efecto, a lo mejor no deseado: la confusión.

Unos días atrás se cumplieron 45 años de la llegada a España del Guernica, la famosa obra de Pablo Picasso que, tras mucho tiempo desde 1944 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, enrollada dentro de una caja fabricada especialmente para ello, fue transportada en un avión de Iberia para ser instalada en el Casón del Buen Retiro de Madrid, donde permaneció hasta el 26 de julio de 1992, cuando se trasladó al Museo Reina Sofía, formando desde entonces parte de su Colección Permanente, junto a una selección de los dibujos preparatorios de la obra.

Bien. Hasta aquí vemos que se fusionan el arte con la política, la diplomacia y la logística para conseguir recuperar una obra de arte para nuestro disfrute. Pero apenas llegó el paquete a Barajas comenzó la confusión, cuando el Partido Nacionalista Vasco reclamó que el cuadro fuera depositado en un museo del País Vasco, argumentando que aquel pueblo había sufrido durante el bombardeo que inspiró la pintura. Más lío y mucha más confusión, pues el origen de este mural parece ser bien distinto al que se nos ha vendido.

El cuadro lo encargó, para la Exposición Universal de París, el Gobierno de la II República en 1935, y por él pagó 150.000 pesetas, que en aquella época era dinero; no fue gratis y por la causa, como también se ha dicho.

Tampoco se tituló con el nombre de la ciudad vasca. Su nombre verdadero, al parecer, es “Recuerdo a mi amigo Sánchez Mejías”, diestro clave para la fundación de la Generación del 27 y que había muerto en Manzanares en agosto de 1934. Al serle hecho el encargo, se lo dedica a su amigo muerto, quedando terminado en febrero de 1937. Cuando ocurre el bombardeo de Guernica, estaba ya colgado en el pabellón de España en la exposición parisina. El nombre “Guernica” se le ocurrió más tarde, a finales de la primavera de 1937, al delegado de Cultura de la Generalitat de Cataluña, y se sustituyó el original.

Hay otra teoría, de José María Juarranz, miembro de la Asociación Madrileña de Críticos de Arte, que explica que el Guernica es un cuadro autobiográfico que recoge momentos clave de la vida de Picasso y su relación con sus mujeres y su hija: “No tiene absolutamente nada que ver con el bombardeo, ni por supuesto con Guernica, excepto el nombre que surgió, según mi tesis, en torno al veinte de mayo, ya iniciado el cuadro, cuando van a verlo unos amigos, entre ellos Paul Éluard, Zervos y Juan Larrea”.

Por otra parte, según un estudio realizado por el director de fotografía José Luis Alcaine, el Guernica, que sigue albergando numerosos enigmas, podría haber sido inspirado por una película: Adiós a las armas, de Frank Borzage, basada en la novela de Ernest Hemingway, estrenada en París en 1933 y que, según el experto, guarda sorprendentes paralelismos con el cuadro en sus fotogramas.

Para Alcaine está claro que en el lienzo la narración, en blanco y negro, el éxodo por la noche de militares y civiles por una carretera que bombardean unos aviones, apunta al filme: la secuencia tiene lugar por la noche, aunque el bombardeo real fuera a pleno día, al igual que el cuadro. Además, ambos tienen en común un “movimiento de derecha a izquierda”, así como la presencia de tres tipos de animales: caballos, toros y aves.

Tampoco hay que olvidar que dos años antes, en 1935, Picasso había grabado al aguafuerte la Minotauromaquia, obra sintética que condensa en una sola imagen todos los símbolos del ciclo dedicado a este animal mitológico y que es, a la vez, el antecedente más directo de Guernica.

Se demuestra, una vez más, que la confusión vende más y tiene un mucho mayor rédito.

Y GENTO SE REVOLVIÓ EN SU TUMBA / por Juanma Rodríguez

Vinicius y Mbappé, en Elche con la camiseta de solidaridad con Ceuta subida hasta el pecho. (ABC)

Tres jugadores de cuyo nombre prefiero no acordarme decidieron no solidarizarse con los ceutíes, que no pueden salir de sus casas, que no quieren llevar a sus hijos al colegio por miedo, que tienen que acompañar de noche a sus mujeres para impedir que sean violadas


Y GENTO SE REVOLVIÓ EN SU TUMBA

Juanma Rodríguez
ABC /16/09/2026
Comparezco ante ustedes para confesarles que el martes sentí vergüenza de mi equipo por primera vez en 63 años. No la sentí cuando el Milan de Sacchi nos sacudía en San Siro como se ventila por la ventana un trapo sucio, tampoco cuando el Barça de Messi vino al Bernabéu a meternos seis, que pudieron ser siete, ocho... No sentí vergüenza por lo del alcorconazo, son cosas que pasan, es fútbol. Soy madridista de cuna y, al menos desde que tengo uso de razón, si pongo en una balanza los buenos y los malos ratos, hay más de mil kilos más de orgullo que de vergüenza. Jamás me sentí abochornado hasta este 15 de septiembre de 2026 a eso de las nueve y media de la noche.

Tres jugadores de cuyo nombre prefiero no acordarme decidieron no solidarizarse con los ceutíes, que no pueden salir de sus casas, que no quieren llevar a sus hijos al colegio por miedo, que se están viendo obligados a cerrar sus negocios, que tienen que acompañar de noche a sus mujeres para impedir que sean violadas.

El Real Madrid, que lleva paseando la bandera de España por el mundo desde tiempos inmemoriales, decidió arriarla, la escondió apelando a la sensibilidad individual, salió corriendo. Mi equipo, que no se arruga nunca ante nadie y que es Sansón con la Liga, Supermán con los árbitros, Dan Defensor con la UEFA y el Cid con la FIFA, se hizo un ovillo y adoptó la posición fetal para evitar así una confrontación con tres niñatos con más dinero del que podrán gastar jamás en su vida y con menos empatía que una ameba.

España tiene tres o cuatro emblemas, El Prado, Julio Iglesias y Raphael, Zara y el Real Madrid. ¿A qué puede tenerle miedo el mejor club deportivo de todos los tiempos? ¿Y cómo puede huir despavorido de su responsabilidad histórica? El 15 de septiembre de 2026 a eso de las nueve y media de la noche, los madridistas sensatos nos revolvimos en nuestras sillas y, conociéndolos un poco, Di Stéfano, Gento, Amancio, Benito, Velázquez, Miguel Ángel y Santamaría lo hicieron también en sus tumbas.

TERRORISMO VASCO.- 'EL COCHE QUE NADIE TEMÍA..'

Y después llegaron los gritos:
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.


EL COCHE QUE NADIE TEMÍA
Muchamiel-Alicante, 16 de septiembre de 1991

Hay mañanas que empiezan sin anunciar nada.
El sol sale. Las persianas se levantan. Los niños buscan sus mochilas. Alguien protesta porque no encuentra un cuaderno. Una madre mira el reloj. Un hombre abre su negocio. Un policía se coloca el uniforme. Otro piensa en su novia. Un padre sale a trabajar dejando cuatro hijos detrás.
Y nadie sabe que, en alguna parte, otros hombres han preparado la muerte.
Aquella mañana del 16 de septiembre de 1991, Muchamiel despertó como cualquier localidad que vuelve a acostumbrarse al ruido de los colegios después del verano.
Muy cerca de la casa cuartel de la Guardia Civil estaba el Colegio Público El Salvador.
Los alumnos comenzaban las clases.
Niños.
Muchos niños.
Apenas unos metros separaban sus voces del lugar elegido por ETA para intentar una matanza.
En la casa cuartel vivían seis guardias civiles. Tres estaban casados y residían allí con sus familias. Entre aquellas paredes dormían, desayunaban, discutían, jugaban y crecían cinco niños pequeños.
No eran objetivos dibujados sobre un plano.
Eran familias.
Pero alguien había decidido convertir aquel edificio en una diana.
ETA pretendía repetir una carnicería como la perpetrada tres meses y medio antes, el 29 de mayo, contra la casa cuartel de Vic, o como la cometida el 11 de diciembre de 1987 contra el acuartelamiento de Zaragoza.
La proximidad del colegio tampoco detuvo a quienes prepararon el atentado.
Para ellos, aquella mañana había comenzado mucho antes.
Meses atrás había sido robado en el País Vasco un 'Ford Fiesta'. El vehículo fue cargado con una potente bomba. Le colocaron matrícula falsa.
Después llegó hasta Alicante.
El mecanismo ideado para lanzar el coche contra la casa cuartel tenía algo de aterrador precisamente por su sencillez: una barra antirrobo sujetaba el volante para mantener la dirección, el contacto estaba puesto y había una marcha metida.
El coche debía avanzar solo.
Sin conductor.
Como si la muerte no necesitara ya manos para llegar hasta sus víctimas.
Lo soltaron contra el cuartel.
Pero algo salió mal.
El Ford Fiesta no siguió la trayectoria prevista.
Cruzó la avenida Carlos Soler y terminó estrellándose contra la fachada de una sucursal bancaria situada en la acera opuesta.
Allí quedó.
Quieto.
Abandonado.
Parecía simplemente el final absurdo de un accidente.
Y quizá esa apariencia fue lo más terrible de todo.
Porque dentro permanecían cincuenta kilos de explosivo.
La bomba destinada a una casa cuartel llena de familias y situada junto a un colegio no había desaparecido.
Solo estaba esperando.
Los terroristas no accionaron entonces el iniciador.
El coche permaneció frente al banco mientras Muchamiel continuaba despertándose.
A las ocho de la mañana llegó a trabajar el director de la sucursal.
Vio el automóvil accidentado.
Lo lógico era pensar que alguien había perdido el control, se había empotrado contra la fachada y se había marchado.
Nada hacía imaginar lo que escondía aquel pequeño Ford.
El director avisó a los guardias civiles que en aquellos momentos abrían la puerta de la casa cuartel.
Nadie sospechó.
Después llegaron dos policías municipales.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
Dos agentes que aquella mañana no acudían a combatir a ningún comando.
No perseguían terroristas.
No participaban en ninguna operación policial.
Estaban resolviendo lo que todos creían un problema cotidiano.
Un coche accidentado.
Había que retirarlo.
Llamaron a una grúa.
Y entonces entró en esta historia FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
Tenía 'cuarenta años'.
Era natural de Cedrillas, Teruel.
Mucho antes de conducir aquella grúa había pertenecido a la Guardia Civil. Había sido destinado al cuartel de San Juan, en Alicante. Allí conoció a una muchacha de Muchamiel.
Se enamoraron.
Se casaron.
Tuvieron cuatro hijos.
El mayor tenía diecisiete años.
El menor, ocho.
Francisco había abandonado después la Benemérita y montado una fábrica de hilatura con un socio. Más tarde se convirtió en propietario de la grúa que prestaba el servicio de retirada de vehículos en Muchamiel.
Probablemente aquella llamada no tuvo nada de extraordinario.
Un coche contra un banco.
Había que recogerlo.
Eso era todo.
Francisco subió a su grúa.
Tal vez en casa alguien esperaba que regresara para comer.
Tal vez alguno de sus hijos había salido aquella mañana sin despedirse demasiado porque los hijos creen que los padres siempre vuelven.
La vida está llena de últimas veces que nadie reconoce mientras suceden.
José Luis tenía veintiocho años.
No estaba casado.
Tenía novia.
Entre sus funciones habituales como policía municipal estaba precisamente regular el tráfico en las inmediaciones del colegio El Salvador.
Conocía aquel lugar.
Conocía el movimiento de los niños.
Las entradas.
Las salidas.
Los coches de los padres.
Los pequeños que cruzaban corriendo cuando no debían.
Aquella mañana el colegio estaba allí, a pocos metros.
Y también estaba el Ford Fiesta.
Víctor Manuel tenía solamente 'veintiún años'.
Veintiuno.
Llevaba dos años ocupando una plaza de policía municipal como interino.
A esa edad la vida debería parecer interminable.
Había sido voluntario de la Cruz Roja y, después de cumplir el Servicio Militar, había colaborado en tareas de salvamento marítimo y socorrismo.
Había aprendido a ayudar.
A salvar.
A acudir cuando alguien estaba en peligro.
Dos de sus hermanos pertenecían también a la Policía Municipal.
Tres hermanos vinculados al mismo uniforme.
Aquella mañana uno de ellos tenía veintiún años y estaba junto a un automóvil aparentemente accidentado.
Ninguno sabía que estaba trabajando alrededor de una bomba.
La grúa trasladó el Ford Fiesta hasta el depósito municipal.
Era un solar al aire libre situado aproximadamente a doscientos metros de la casa cuartel.
Doscientos metros.
Esa distancia había separado a los niños y a las familias del objetivo inicial de la bomba.
Pero la muerte había encontrado otros nombres.
El reloj avanzaba hacia las nueve y cuarenta de la mañana.
Francisco manejaba la grúa.
José Luis y Víctor estaban allí.
Comenzaron a bajar el coche.
Puede imaginarse el ruido de las cadenas.
El metal.
Las indicaciones rutinarias entre hombres acostumbrados a trabajar juntos.
Un poco más.
Despacio.
Ahí.
Nadie corría.
Nadie gritaba.
No había sirenas anunciando peligro.
No había artificieros.
No había evacuación.
Porque nadie sabía.
Eso convierte aquellos segundos en algo insoportable cuando se contemplan desde el futuro.
Nosotros sabemos lo que ellos ignoraban.
Sabemos que dentro del Ford había cincuenta kilos de explosivo.
Sabemos que aquel coche no había sufrido un accidente.
Sabemos que había sido preparado para matar.
Y sabemos que el tiempo se estaba terminando.
Las nueve y cuarenta.
Quizá un segundo antes Francisco pensaba en cualquier cosa.
Sus hijos.
El trabajo siguiente.
El almuerzo.
Quizá José Luis miró alrededor.
Quizá Víctor, con sus veintiún años, pensaba que todavía quedaba mucha mañana.
Entonces el mundo estalló.
No hubo transición.
No hubo advertencia.
La bomba explotó.
La detonación desgarró el aire y convirtió el solar en un infierno.
La onda expansiva golpeó edificios, vehículos, ventanas, balcones, persianas y toldos.
Los cristales reventaron.
Durante un instante Muchamiel dejó de ser un pueblo comenzando una jornada de septiembre.
Fue humo.
Polvo.
Ruido.
Confusión.
Y después llegaron los gritos.
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.
Tres hombres habían acudido a retirar un coche.
ETA había intentado asesinar a familias enteras en una casa cuartel.
El atentado había fallado en su objetivo inicial.
Pero la bomba encontró a Francisco, José Luis y Víctor.
Y no fueron los únicos.
María del Carmen López Amador resultó gravemente herida. Sus lesiones la incapacitaron durante 330 días.
María África Antón González, durante 331 días.
Felisa Azor Troyano no recibió el alta médica hasta **470 días después**.
Juan Capella Valls necesitó 158 días para recuperarse de sus heridas.
Y otras treinta y seis personas precisaron atención médica.
Entre ellas había alguien cuyo nombre debería bastar para comprender hasta dónde podía llegar aquella bomba:
Noelia Berenguer.
Tenía un mes de vida.
Un bebé.
Treinta días en el mundo.
También ella resultó herida.
Después de una explosión queda un silencio extraño.
No es ausencia de ruido.
Es otra cosa.
Es el momento en que quienes han sobrevivido intentan comprender lo ocurrido.
Alguien llama una ambulancia.
Alguien busca a un familiar.
Alguien pregunta quién estaba allí.
Alguien todavía espera una respuesta que ya no llegará.
Las fachadas estaban heridas.
Los balcones dañados.
Los cristales cubrían el suelo.
Los toldos y persianas habían quedado destrozados.
Pero los daños materiales podían repararse.
Lo demás, no.
En alguna casa comenzó entonces la espera.
Una mujer aguardaría noticias de Francisco.
Cuatro hijos preguntarían por su padre.
Una novia esperaría saber dónde estaba José Luis.
Una familia buscaría a Víctor.
Y poco a poco los nombres dejaron de ser hombres vivos para convertirse en nombres pronunciados entre lágrimas.
Aquella tarde instalaron la capilla ardiente en la Iglesia arciprestal de El Salvador.
El mismo nombre del colegio cercano al lugar donde ETA había pretendido provocar una matanza.
El Salvador.
Unas seiscientas personas acudieron al funeral de los tres asesinados.
Ofició la ceremonia el obispo de Orihuela-Alicante, Francisco Álvarez Martínez.
Muchamiel era demasiado pequeño aquel día para contener tanto dolor.
Al día siguiente se celebró un segundo acto religioso en el mismo lugar.
Doce sacerdotes concelebraron la misa.
Asistieron, entre otras autoridades, el ministro del Interior José Luis Corcuera, el presidente de la Generalidad Valenciana Joan Lerma y el director general de la Guardia Civil Luis Roldán.
Pero las cifras oficiales dicen menos que la imagen:
más de diez mil personas acudieron a aquella misa.
Diez mil.
Un pueblo convertido en multitud.
Dolor.
Rabia.
Consternación.
Y tres familias caminando detrás de tres ausencias
Francisco fue enterrado en Muchamiel.
Tres días después, su padre habló.
A veces toda la literatura sobra cuando habla un padre que acaba de enterrar a un hijo.
Dijo que Francisco era un hombre bueno.
Muy de su casa.
Recordó que en la familia muchos pertenecían a la Guardia Civil.
Y expresó la terrible ironía: después de abandonar el Cuerpo, Francisco podía pensar que finalmente viviría tranquilo.
Pero la muerte lo encontró conduciendo una grúa.
Su padre resumió después todo el atentado en algo mucho más profundo que cualquier sentencia judicial:
Le habían quitado a su hijo.
Y él pensaba en sus pobres nietos.
Cuatro niños de entre ocho y diecisiete años.
Cuatro hijos que aquella mañana habían tenido padre.
José Luis fue enterrado también en el cementerio de Muchamiel.
Tenía veintiocho años.
Dejó una novia.
Y quedó para siempre unido al colegio cuyas inmediaciones había regulado tantas veces.
Quizá muchos niños que cruzaron la calle bajo sus indicaciones no supieron nunca cómo se llamaba aquel policía.
Pero aquel 16 de septiembre su nombre quedó escrito en la historia del pueblo:
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
Víctor fue enterrado en Alicante.
Veintiún años.
Había sido voluntario de Cruz Roja.
Había trabajado en salvamento marítimo.
Había elegido ayudar a otros.
Y terminó asesinado mientras cumplía una tarea rutinaria.
Su juventud hace especialmente cruel contemplar aquella mañana.
Porque a los veintiún años casi todo debería estar por suceder.
Los viajes.
Los amores.
Los errores.
Las reconciliaciones.
Los trabajos.
Los hijos que quizá nunca llegarían.
Las canas.
La vejez.
Víctor no tuvo nada de eso.
Su reloj quedó detenido a las nueve y cuarenta de una mañana de septiembre.
La Justicia tardaría años.
En 1995, la Audiencia Nacional condenó a Gonzalo Rodríguez Cordero y José Gabriel Zabala Erasun a 136 años de prisión cada uno.
El tribunal consideró probado que ambos habían robado en junio de 1991, en Zarauz, el Ford Fiesta utilizado en el atentado; que el automóvil fue cargado con explosivos en una lonja preparada en Oyarzun; que le cambiaron la matrícula por otra falsa y que posteriormente fue entregado a miembros del grupo Levante de ETA.
En 1999, Fernando Díez Torres fue condenado a treinta y ocho años de prisión por facilitar infraestructura a miembros de ETA para la comisión de atentados.
En 2002 serían condenados también José Luis Urrusolo Sistiaga e Idoia López Riaño, integrantes del grupo Ekaitz, por delitos de pertenencia a banda armada, tenencia ilícita de explosivos y armas y falsedad documental.
Los tribunales pusieron nombres, delitos y condenas.
Pero ninguna sentencia podía devolver las nueve y treinta y nueve de aquella mañana.
Ese minuto anterior a la explosión.
El último minuto en que Francisco seguía siendo padre de cuatro hijos vivos con padre.
El último minuto en que una muchacha seguía teniendo novio.
El último minuto en que Víctor tenía veintiún años y toda una vida posible delante.
Pasaron los años.
El ruido de la explosión se convirtió en recuerdo.
Los cristales fueron sustituidos.
Las fachadas se repararon.
Los niños del colegio crecieron.
Los pequeños que aquella mañana entraban en clase se hicieron adultos.
Algunos quizá tuvieron sus propios hijos.
Y el solar volvió a parecer simplemente un lugar.
Eso hace el tiempo.
Cubre.
Desgasta.
Suaviza las esquinas de las tragedias hasta que quienes no estuvieron allí pueden caminar por los mismos lugares sin escuchar nada.
Pero algunas personas continuaron escuchando aquella explosión durante toda su vida.
En enero de 2007, el Ayuntamiento de Muchamiel aprobó por unanimidad poner los nombres de los tres asesinados a tres calles de la localidad.
Tres calles.
-Francisco Cebrián Cabezas.
-José Luis Jiménez Vargas.
-Víctor Manuel Puertas Viera.
Los nombres que ETA quiso borrar quedaron escritos en las esquinas del pueblo.
Tal vez ésa sea una de las respuestas posibles frente al terror: Nombrar.
Recordar.
Contar.
Porque hubo un momento aquella mañana en que todo pudo haber sido todavía peor.
El coche había sido dirigido hacia una casa cuartel donde vivían guardias civiles con sus mujeres y cinco niños pequeños.
A pocos metros comenzaban las clases de un colegio.
El vehículo falló la trayectoria.
La masacre proyectada no ocurrió allí.
Pero la muerte no se marchó.
Esperó escondida dentro de un Ford Fiesta mientras todo un pueblo creyó estar contemplando un simple accidente.
Esperó hasta que llegaron tres hombres para hacer su trabajo.
Un padre de cuatro hijos.
Un policía de veintiocho años que tenía novia.
Un muchacho de veintiuno que había dedicado parte de su juventud a salvar vidas.
A las nueve y cuarenta, los tres estaban junto al coche.
Un instante después ya no estaban.
Y quizá ésa sea la imagen que debemos conservar.
No la bomba.
No a quienes la fabricaron.
No a quienes prepararon el vehículo.
Sino a ellos.
Francisco conduciendo su grúa.
José Luis cumpliendo con su trabajo.
Víctor comenzando una vida que todavía parecía inmensa.
Tres hombres acercándose a un automóvil sin saber que caminaban hacia el último minuto de sus vidas.
Alguien me dijo una vez que éstas son historias entre buenos y malos, y que, si los buenos hubieran sido realmente malos, todo habría sido muy diferente.
Quizá llegue el día en que alguien pregunte qué hicieron aquellas víctimas para merecerlo.
Quizá alguien pronuncie aquella frase miserable:
«Algo harían…»
Entonces habrá que volver a Muchamiel.
A aquella mañana.
Al colegio lleno de niños.
A las familias que vivían en la casa cuartel.
A un coche aparentemente abandonado.
A una grúa.
A tres hombres que únicamente estaban trabajando.
Y habrá que responder con sus nombres.
-FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
No fueron números.
No fueron daños colaterales.
No fueron tres líneas en una estadística.
Fueron un padre, un hijo, un novio, un hermano, un compañero, un vecino.
Fueron vidas.
Y mientras alguien recuerde sus nombres, aquella bomba podrá haber destruido cuerpos, ventanas, balcones y familias, pero no habrá conseguido la última victoria que busca siempre el terror: que llegue el día en que nadie recuerde a sus muertos.
'Que la pesada losa del tiempo no borre su memoria'.