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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 7 de marzo de 2016

Olivenza: cinco festejos en intensa triple jornada. Roca Rey, Talavante y Ginés Marín firmaron lo mejor del ciclo / por J.A. del Moral


"...muy sentida la muerte del joven crítico sevillano, Fernando Carrasco, a quien se le guardó un largo minuto de total silencio una vez terminado el paseíllo..."


Olivenza: cinco festejos en intensa triple jornada. Roca Rey, Talavante y Ginés Marín firmaron lo mejor del ciclo


07/03/2016
Un antológico faenón del limeño Andrés Roca Rey con un gran toro de Núñez del Cuvillo fue la cúspide artística del ciclo. Le siguió en el cuadro de honor la gran tarde de Alejandro Talavante frente a dos reses de Garcigrande. En el palmarés de los novilleros, se llevó la palma Ginés Marín.

El aperitivo novilleril

Del examen cuasi fallido de tres novilleros locales que abrieron boca en la feria, únicamente lo superó con aprobado alto, Leo Valadez. Y no solo porque fue el único que tocó pelo – una oreja del quinto novillo que pudieron ser dos si hubiera matado pronto y bien al segundo del que abrió la tarde-, también porque el denominador común que iluminó su doble actuación con el capote y, sobre todo, con la muleta frente a dos estupendos ejemplares de El Freixo -que echó un buen lote de ejemplares justamente presentados de la ganadería de El Juli – fue su sentido innato del temple. No es poca cosa saber templar que es la virtud fundamental del toreo tras la imprescindible del valor.

Joaquín Galdós que vino de favorito, decepcionó – no pasó de pegapases intrascendentes – y el más tierno David Bolsico casi otro tanto con nulo sentido del temple aunque con el arrojo a flor de piel tras ser cogido, recogido y zarandeado mientras muleteaba al sexto novillo de la fría y a ratos lluviosa tarde que contó con media entrada repartida, a ratos refugiada con paraguas y huidas intermitentes al graderío alto que en la placita de Olivenza está cubierto.
Tarde por otra parte presentidamente triste por la repentina y muy sentida muerte del joven crítico sevillano, Fernando Carrasco, a quien se le guardó un largo minuto de total silencio una vez terminado el paseíllo. Un minuto de silencio de verdad. Un minuto que los muchos amigos de Fernando que allí estábamos guardamos entre sordas lágrimas y aún negados a reconocer la realidad de su muerte. No salimos de la pena ni de la desolación en toda la jornada, ni saldremos en mucho tiempo porque esta muerte en plena juventud duele en lo más profundo del alma de cuantos seguimos vivos.

Ginés Marín ya anda más que sobrado

Fue el gran atractivo de la segunda novillada. La matinal de la segunda jornada ferial y a fe que confirmó todas las expectativas. Tres orejas y primera puerta grande del ciclo. Y es que como ya sabíamos, Marín lo tiene todo y en grado superlativo: Valor sereno, técnica depurada y maneras perfumadas. De los nuevos grandes valores con dos de estos, Roca Rey y López Simón, Marín es el que posee más clase. De tal modo podemos hacer una apuesta cuasi certera: en cuanto tome la alternativa se unirá a las novedades de la primera fila reinante.
Pese a la muy fría mañana, la plaza de Olivenza registró una excelente entrada compuesta por un público en su mayoría de buenos aficionados locales y foráneos de toda España, de la colindante Portugal y hasta de Francia.

A Ginés Marín le correspondieron los dos novillos más potables del envío debutante de Alejandro Talavante como ganadero. Aunque cabe reconocer que Marín puso todo de su parte para que ambas reses parecieran mejor de lo que fueron. No así las que les cupieron en suerte a Joao Silva “Juanito” y a Alfredo Cadaval, hijo de César, el mayor de los Morancos de Triana. El muy joven portugués “Juanito” no pasó la prueba. Pero Cadaval con el sexto novillo dejó constancia de torear con muy buenas maneras. Cortó la oreja de este animal que medio la corrida de Talavante, fatal en su otra mitad con reses descastadas y flojísimas que fueron pitadas en su arrastre.

Alejandro Talavante, primer gran triunfador

Llenazo en tarde con muchos atractivos. El primero, la reaparición de Miguel Ángel Perera tras varios meses de obligado y doloroso pairo a raíz de su enésima cornada gravísima. La que esperemos y deseamos no se repita más aconteció en la pasada feria de Salamanca, fue la más grave de todas entre las demás, que ya es decir… Las sucesivas cornadas de Perera le han convertido en torero perennemente “resucitado”. No solo vitalmente, también y eso es lo más admirable como torero dueño de un valor incólume a prueba hasta de bombas atómicas. Pienso y creo tener razón en afirmar que Perera junto a Diego Puerta son los dos toreros más valientes de la historia.


La ovación que el público oliventino le dedicó tras el paseíllo fue como para levantar el ánimo a un cualquiera. Pero Miguel Ángel, agradecido, hasta la compartió con sus compañeros de terna sin darse importancia. Luego no todo le salió como quiso. En parte por la debilidad de su primer toro de Garcigrande ni por lo pronto venido a menos y sin clase del quinto que no hizo honor al refrán. Pero en las culpas cabe mencionar también la del propio diestro extremeño por su a todas luces excesivos propósitos en demostrar lo que todos sabemos y admiramos. Los incontenibles deseos de mostrarse entregado tan incondicionalmente tropezaron con la escasa resistencia de sus enemigos. Debería haber administrado más convenientemente la debilidad de sus dos reses para no arruinar las posibilidades que tuvieron y para que sus labores con capote y, sobre todo, con la muleta fueran de menos a más y de tantísimo a más que acabaron en menos irremisiblemente. Cortó solamente la oreja del segundo toro de la tarde y fue ovacionadísimo tras insistente aunque no mayoritaria petición tras fallar a espadas en el quinto.

El gran triunfador de la jornada vespertina fue quien cerró la terna. Alejandro Talavante. Alejandro “El Magnífico” al que una vez más le vimos cuajado y sin perder ni una sola de sus virtudes entre las que ayer destacó su valor tras ser dramáticamente cogido y zarandeado por el tercer toro en plena faena de muleta. Un animal de equivocas intenciones porque tan pronto obedeció al engaño como pareció convertirse repentinamente en “criminal”. El sexto fue uno de los dos mejores de la corrida tras la enorme calidad del que abrió plaza y del que luego mismo escribiremos. Con ambos, Talavante anduvo a tope de temple y de belleza con el capote y sensacional con su personalísima muleta con la que une el clasicismo a las sorpresas de sus bellísimas improvisaciones y chispazos inesperados. En el tercer toro sobresalió su mano izquierda de oro al natural. Y en el sexto, además de lo mismo, su total relajo. La certeza con la tizona pusieron en sus manos las dos orejas de su primer oponente y una del que cerró plaza con inmediata salida a hombros con su público enardecido.

El muy tardíamente debutante Diego Urdiales podría haber acompañado a Talavante dueño del mismo honor si no hubiera pinchado la gran faena que le cuajó al toro que abrió plaza. Un animal de extraordinaria calidad y gran clase. Urdiales estuvo a su altura con el capote por verónicas y en una faena de tan exquisita pulcritud, absoluto temple y neoclásico concepto como la que vimos por televisión que logró en su debut mexicano de la Monumental azteca. Todos y cada uno de los lances y muletazos que pegó fueron coreados con sentidos y arrastrados olés. Todos. Los que no le habían visto nunca quedaron asombrados. Sensacional anduvo Urdiales con este toro. La faena al también muy noble sexto no la pudo ligar por lo mucho que tardeó el animal y por el baldío empeño del torero riojano en empeñosa busca de otra oreja que le hubiera permitido salir a hombros. Se puso hasta pesado Urdiales en tal propósito.


Ganaderamente hablando, los dos mejores toros del ciclo oliventino se corrieron en la mañana del domingo 6 de marzo. Dos ejemplares de Núñez del Cuvillo para cantarlos en latín que fueron premiados con la vuelta al ruedo en su arrastre.
El que hizo de tercero le correspondió al peruano Andrés Roca Rey quien protagonizó la obra más importante y gloriosa de la feria. Tan grandiosa faena pasará a los anales de la historia taurina de Olivenza y quizá haya sido la mayor prueba por ahora de que estamos ante una gran figura de altísimo nivel mundial. La perfección absoluta del toreo se mire por donde se mire. Me acordé de todos mis grandes amigos de Lima que pueden estar más que orgullosos de tener un torero con tan altísimas dimensiones y registros artísticos propios de un diestro fuera de serie. Le concedieron en estricta justicia las dos orejas y el rabo del magnífico animal.


Fue una mañana de muchas orejas. Algunas de poco fuste, concedidas por la generosidad del público y de la presidencia. Como la segunda del primer toro que le regalaron a Joselito Adame. Las dos que el mexicano cortó del extraordinario cuarto de Cuvillo fueron más legítimas. También sobró la segunda del segundo toro que le regalaron a José Garrido por puro paisanaje. Con una habría bastado. Garrido que es otro de los grandes nuevos valores de la actual baraja de nuevos valores, anduvo bien aunque por bajo de sus posibilidades. No dio el necesario paso adelante tras cada muletazo que es lo que hay que hacer a los toros que tardean tanto como los dos que le correspondieron para poder ligar unos muletazos a otros.

Cerró el ciclo una pésima corrida de Zalduendo


Alberto López Simón fue el triunfador de la última tarde al cortar una oreja de cada uno de sus toros. El madrileño de Barajas volvió a asustar al miedo en dos labores neotremendistas que llegaron mucho al público. No a un servidor. No me convenció López Simón por el torpe arrojo que mostró en dos largas y empeñosas faenas excesivamente amontonadas, carentes de temple, llenas de trapazos y de enganchones con escasos momentos de limpieza aunque bien rematadas con la espada. Al sexto lo mató en la suerte de recibir.


La mejor faena de la tarde la consiguió Enrique Ponce en el cuarto, el más potable de su lote que el valenciano entendió como sabe y puede. Pero por adelantársele el toro en el momento de entrar a matar, Ponce lo consiguió de un feísimo espadazo que emborronó la obra del gran maestro que, por ello, se fue de vacío.

Como también de vacío se fue José María Manzanares quien, como antes Ponce con el toro que abrió plaza, se estrelló con su imposible primer toro. No así con el quinto del que sacó empacados muletazos aunque aisladamente por la pésima condición de su oponente. Con la espada fue un cañón como casi siempre. Pero el público no supo o no quiso valorarlo.