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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 22 de agosto de 2011

Elogio de Ruiz Miguel, el toreo eterno, y con 62 / Por José Ramón Márquez

Plaza de Toros de Sanlúcar

Elogio de Ruiz Miguel, el toreo eterno, y con 62

José Ramón Márquez

A Mariano Paniagua, ruizmiguelista

Lo primero, el vestido. Hay que ver cómo venía vestido ese Francisco Ruiz Miguel a la plaza de Sanlúcar de Barrameda. Menudo vestido azul lleno de bordados, vestido a la antigua, sin esos bordecitos blancos tan ridículos que se ponen ahora los toreros. Ruiz Miguel en Sanlúcar vestido de torero como la copa de un pino, y él mismo, un torero como la copa de un pino, con su recua de Miuras, de Victorinos, de Pabloromeros, de Murteiras, de Palhas, de Dolores Aguirre... con sus salidas a hombros en Las Ventas, con sus sanfermines.

Ruiz Miguel nos trajo ayer el aire de aquellos tiempos en que lo primero que había que hacer para ser torero era aprender el oficio. La muleta adelantada, el medio pecho, la pata adelante, el cite al pitón contrario, la cabeza pensando en la cara del toro, la torería. Eso, en los modos contemporáneos, no creo que tenga el honor de ser considerado como arte, pero a los que nos gustan los toros en la plaza y el arte en los Museos nos llenó de satisfacción ayer comprobar que aquellos modos, necesariamente avalados por la solvencia del oficio, son los que traen necesariamente aparejado el toreo, es decir, hacer ir al toro por donde no quiere ir, mandar sobre él, y si acaso el toro no obedece, salir airosamente de la suerte con la muleta siempre por delante.

Parece mentira que tenga que venir un tío de sesenta y dos años para traer a la plaza la frescura del toreo eterno y el clasicismo de las formas, para echar esa fresca brisa de toreo sobre este mundillo atestado en nuestros días de diosecillos menores, pellizcos absurdos, arte y más arte, cabras por toros y destoreo.

Ruiz Miguel recibe a su primero, Vinazo, número 196, de Fuente Ymbro, flexionando la rodilla y recogiendo al toro en los vuelos del capote, fijándole con poder para luego torearle a la verónica ganando pasos al toro hasta el remate de la media de frente. Primera lección: ni un capotazo de más ni un banderazo inútil. Poder, firmeza y torería.

Y luego, tras el puyazo arriba en el que el toro se emplea empujando con fuerza, y el tercio de banderillas en que acosa a los banderilleros, el viejo torero se va al centro y brinda al público su faena en la que nos vuelve el recuerdo de aquellas tardes pavorosas con los victorinos tobilleros, con los Tulios, y ayer, igual que hace lustros, el torero con la muleta por delante mandando y templando, desengañando al bicho con el trapo. Aquí ya no hay nada más que toreo: el hombre fija cuidadosamente su posición y en el sitio que él elige el toro se arranca, porque el torero piensa en el toro y conoce los terrenos, y el torero no cede la posición y en un palmo de terreno le da el pase natural de ida y, en seguida, la muleta al hocico, el pase de pecho de vuelta sin haber modificado la posición. Y luego la estocada, marcando tiempos, descubriendo la muerte. Estocada desprendida de perfecta ejecución.

En su segundo los mismos argumentos, pero mejor si cabe. Las verónicas mecidas que llevan al toro hasta el platillo. El inicio de faena, todo mando, con el pase de trinchera poderoso por el pitón izquierdo enhebrado con el redondo. Toreo al paso, naturalidad pura en la forma de ir al toro, en el cite, en la actitud del torero en la plaza, ganando siempre la posición, toreando hacia adelante, como debe ser el toreo. Tras una buena serie a derechas, cambia de terrenos al toro y allí le pega una serie con la izquierda tremenda de mando, con el toro sometido siguiendo la muleta y rematada con el de pecho: ‘Lo arrematao’, decía El Gallo. No hay ya nada de atlético en este toreo de un hombre mayor en el que ya sólo hay toreo. Sólo oficio desprovisto de nada que recuerde al ejercicio físico, fiado todo al conocimiento y al poder del brazo. Pincha al toro por tres veces atacando arriba y al cuarto intento agarra una buena estocada arriba. Nos ha quitado veinte años de encima.

Padilla regaló su desbordante simpatía, banderilleó a toda mecha tomando el olivo a la salida de los cuatro pares que no fueron al violín y se entregó con alegría en los dos trasteos. Nadie diría que unas horas más tarde le estaban esperando los Miuras en Bilbao.

Finito de Córdoba estuvo como siempre.