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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 23 de febrero de 2013

Paco Ojeda: Un premio absolutamente merecido / Por José Antonio del Moral


"...Paco Ojeda representa uno de los más honestos ejemplos de la quietud que han pisado los ruedos, uno de los más grandes artistas de la historia contemporánea y, por ende, el torero más influyente en los que habrían de venir..."

Paco Ojeda: 
Un premio absolutamente merecido

José Antonio del Moral
El matador de toros Paco Ojeda ha sido distinguido con el Primer Premio Nacional de Tauromaquia, instituido por el Ministerio de Cultura, Educación y Deportes. Por fin se ha hecho justicia con un torero importantísimo no solo por lo que logró profesionalmente, sino por la influencia que tuvo en el toreo posterior a su tiempo.

Ojeda demostró que la distancia corta no estaba reñida con la hondura ni con la más depurada estética sin renunciar a sus principios, basados en un canon que surgió como un diamante en bruto del toreo furtivo cuando, en el campo envuelto en la obscuridad de la noche, asombró a los pocos testigos que le acompañaban, mostrando que no existían más terrenos que los del torero, siendo éstos los que el toro debía de pisar y a los que habría de plegarse.

Ojeda ya había experimentado en su todavía pobre soledad su increíble y a la vez asombrosa complicidad comunicativa con los animales cuando se demostró a sí mismo que un caballo cuasi silvestre llegaba a embestir a sus capotes y muletas como si fuera un toro bravo. Esa capacidad de extraordinario domador de los animales fue el cimiento sobre el que edificó sus maneras de torear. Unas maneras que poco a poco fue puliendo hasta desembocar en su deslumbrante estilo.

Qué había detrás de sus ilógicos modales, de su al parecer inexpugnable técnica, de su genial valor…? Cómo podríamos entender su intenso y a la vez intermitente paso por los ruedos? Qué se ocultaba en el fondo más intrínseco de sus sentimientos artísticos? Una batalla contra la razón basada en la ruptura del sitio: cuanto más cerca estuviera del toro, más sintió vencerlo, someterlo, embrujarlo… Y ello unido a su enorme personalidad y a su estricto sentido de la independencia.

Paco Ojeda representa uno de los más honestos ejemplos de la quietud que han pisado los ruedos, uno de los más grandes artistas de la historia contemporánea y, por ende, el torero más influyente en los que habrían de venir. Podríamos decir que el más decisivo tras quienes protagonizaron las primeras revoluciones en el toreo: Belmonte y Manolete. Ojeda ha sido y todavía sigue siendo el tercero, el último revolucionario.

Porque los que vinieron después de su mismo palo, no son sino meros imitadores aunque no tan definitivos ni tan perfectos. Y es que Ojeda, además de lo dicho, también fue un virtuoso del temple, tanto con el capote como con la muleta. Toreó con indiscutible por evidente limpieza y por eso nunca fue tenido por tremendista pese a lo ajustado que toreó sin moverse del sitio, ni siquiera sin abandonarlo para cuajar muchas faenas que, tras él, no hemos visto hacerlas a nadie. Puede que alguno se aquietara tanto o más, pero casi siempre destemplado. Puede que otros también hayan conseguido pisar esos terrenos y no abandonarlos, pero sin la empacada e imperial personalidad artística del sanluqueño.

Ojeda nos colocó ante una evidencia insospechada porque la conjunción de sus espacios, de sus gestos y de su natural apostura lo convirtieron en prodigio. El prodigio de parecer ejecutar una lenta y noble danza con pasos al mismo tiempo desenvueltos y recogidos, ligados y a la vez sueltos que hacía resurgir al compás de su voluntad y de su inspiración. Así pues, también podemos decir de Paco Ojeda que hay un antes y un después de él. 

Ojeda fue – todavía lo es en sus frecuentes actuaciones en los íntimos escenarios de los campos ganaderos – un artista que vive al margen e impermeable al exterior sin que ello implique perder el sentido de la realidad que pone a su servicio. Contempla la vida con personalidad y lleva a cabo su quehacer con originalidad. Algo que pertenece a la cordura rondando la locura. Ojeda estuvo en el centro de ambas. No fue chocante, por tanto, que muchos le contemplaran con extrañeza y que los conservadores de rechazaran, incluso violentamente. Su marginalidad personal se correspondió con su originalidad creativa. Lo que explica la invención taurómaca de Ojeda: un diestro que no heredó el toreo sino que lo inventó.

Cuando surgió, ni sus detractores entre la afición y la prensa, ni la mayor parte de la profesión taurina y hasta sus primeros partidarios más cercanos y entusiastas entre los que me cuento, supimos que estábamos asistiendo a la idealización del toreo furtivo. Pues mientras todos los toreros que habíamos visto hasta la aparición de Ojeda habían llevado las maneras de salón a la práctica, él trajo la práctica al salón.

En su especialísimo caso, el toreo dejó de ser norma. No pareció ser técnico, ni mucho menos geométrico, ni siquiera la solución de un problema insoluble. Había convertido el toreo en un hecho tan relativo y hondo, tan efímero y perdurable, que sólo podía ser enjuiciado desde la visión de arte.

Desde el instante postrero a su creación, Ojeda figura por derecho propio junto a los sentimientos y a las fantasías que proporcionan la música, la pintura, la escultura, la literatura… sin más condición que recrearlo en la mente.
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