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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 13 de diciembre de 2016

Los miserables / Por Paco Delgado




De todas formas, y como parece que desde nuestras más altas instancias no se tiene intención de mover un dedo al respecto -bueno, en esto ni en nada que no sea subir impuestos y sacarnos hasta las entrañas-, conviene no dejarse llevar por nuestro primer impulso y tratar de seguir las indicaciones de Borges: Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.

Los miserables

Hace casi siglo y medio Víctor Hugo publicaba Los miserables, su gran obra, considerada como uno de los textos más conocidos del siglo XIX. La novela, de estilo romántico, plantea a través de su argumento un razonamiento sobre el bien y el mal, sobre la ley, la política, la ética, la justicia y la religión. Y no es por nada que siga plenamente vigente.

Unos días atrás la Guardia Civil detuvo a dos personas, una en San Sebastián y a otra en la ciudad valenciana de Cullera, a quienes se imputa, además, delitos de odio y contra la integridad moral. Se trata de comentarios vejatorios contra Adrián Hinojosa, el niño de ocho años enfermo de cáncer que quiere ser torero y para quien se organizó el festival celebrado en Valencia el pasado día 8 de octubre.

Hay que ser miserables para hacer algo así. Preferir la muerte de un niño, enfermo además, antes que la de un animal -creado y criado para ese fin-, indica que algo no funciona bien en las cabezas no sólo de quienes mandan esos mensajes pestilentes, sino en las de quienes les alientan y jalean.

Los personajes del novelista francés parecen totalmente depravados, corruptos, viles y odiosos. Pero la realidad siempre supera a la ficción y no estaría de más, profundizar en aquellos que fueron capaces de cometer estos actos. Es muy raro que aquellos que han llegado tan bajo no hayan sido degradados antes. Llega un punto en que los desafortunados y los infames – y esto lo decía el propio Hugo- son agrupados, fusionados en un único mundo fatídico.

El odio contra todo lo que signifique tauromaquia -en una mal entendida cruzada contra el maltrato animal- está llegando demasiado lejos y habría que tomar medidas urgentes y contundentes. Pero por aquí somos muy dados a lamentar más que a prevenir y así nos suelen ir las cosas. El temor a perder un voto, al que nos señalen con el dedo por defender tus ideas, gustos y principios, el miedo al qué dirán, a la remota posibilidad de dejar de ganar un euro por significarte, nos está llevando a una situación que puede que sea más tarde muy difícil de atajar y no digo ya solucionar. Recordemos una de las tantas ocurrencias de nuestro gran Jacinto Benavente y tengamos en cuenta que sólo hay que temer a nuestros enemigos cuando empiezan a tener razón. Y no es el caso…

De todas formas, y como parece que desde nuestras más altas instancias no se tiene intención de mover un dedo al respecto -bueno, en esto ni en nada que no sea subir impuestos y sacarnos hasta las entrañas-, conviene no dejarse llevar por nuestro primer impulso y tratar de seguir las indicaciones de Borges: Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.

El que fuera presidente de los USA hasta su asesinato en Dallas, John Fitzgerald Kennedy, siguiendo su educación católica aconsejaba que perdonásemos a nuestros enemigos, pero, siguiendo los consejos de sus muchos amigos de la mafia -esto es un buen ejemplo de poner una vela a Dios y otra al diablo- también repetía que jamás olvidásemos su nombre, no en vano quien te la jugó una vez es fácil que vuelva a hacerlo. Y aquí habría que meter en el mismo saco tanto al que comete la acción como al incitador y al que nada hace por impedirlo ni castigar.

Y aunque sea muy taurino y muy nuestro, no hagamos otra vez el Tancredo.