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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 17 de octubre de 2019

Enrique Berenguer «Blanquet», el banderillero que olía la muerte de los toreros



Cuenta la leyenda que cuando notaba un fuerte olor a cera era porque una cornada mortal se avecinaba, como ocurriría con Joselito y Granero.


Enrique Berenguer «Blanquet», el banderillero que olía la muerte de los toreros


«Ha habido en la historia del toreo muchas cuadrillas de leyenda, muchos banderilleros famosos, y algunos acabaron por convertirse en matadores de renombre. Pero ningún banderillero ha alcanzado la condición mítica del valenciano Enrique Berenguer, Blanquet
Fue el peón de confianza de Joselito el Gallo, el niño dios, el hombre a quien nunca pudo un toro, pero a quien un toro terminó matando en una de las más célebres tardes de tragedia en la historia de la tauromaquia. Tan gran peón fue Blanquet, y en tanta consideración lo tenía Joselito, que en más de un festejo se puso a sus órdenes en el tercio de banderillas, como homenaje, y ofició de "peón de su peón". Son palabras de Carlos Marzal en un artículo publicado en ABC en 2010.

Cuenta la leyenda que Blanquet (1881-1926) era un hombre muy supersticioso, con un «don» que daba mal fario: cuando olía a cera, la muerte estaba cerca. Eso mismo ocurrió la trágica tarde del 16 de mayo de 1920, cuando el toro «Bailaor» mató a Joselito en Talavera de la Reina. Dicen que el subalterno olió a cera derretida en el patio de cuadrillas y advirtió a José Gómez Ortega de que no toreara. El maestro hizo caso omiso y salió al ruedo: el quinto de la tarde le propinaría una cornada mortal.

Podría ser una casualidad, pero lo cierto es que la historia se repitió dos años después, cuando actuaba a las órdenes de Manuel Granero. Corría otra vez el mes de mayo, esta vez en Madrid. Cuando se dirigía a la plaza, el matador paró el coche de caballos para hacerse una foto. En ese momento percibió un tremendo olor a cera y le dijo a Granero que no torease. El espada se lo tomó a risa. Cuenta el boca a boca que Blanquet le espetó: «Manuel, esta es la última foto que te haces». Y lo cierto es que el toro «Pocapena» acabó con la vida de Granero. Hemingway explica en «Muerte en la tarde» que no vio nunca una muerte más terrible.

Espantoso olor a cera

Y como no hay dos sin tres, la tragedia merodeó de nuevo... Aterrorizado por su don de profecía, Blanquet se retiró de los ruedos, hasta que Ignacio Sánchez Mejías lo convenció para que regresase como su peón de confianza -dice el artículo de Marzal en Estampas Taurinas de ABC-. Blanquet terminó por aceptar, bajo el juramento de que si volvía a oler a cera, el maestro no torearía. El aguerrido Ignacio le dio su palabra de honor.

El 15 de agosto de 1926, Sánchez Mejías toreaba en la Maestranza. Estando en el callejón, Blanquet adivinó de nuevo en el aire un espantoso olor a cera. Al parecer se produjo un altercado entre Blanquet, Sánchez Mejías y el resto de la cuadrilla, cuando el peón valenciano trató de que Ignacio no saltase al ruedo. El caso fue que Sánchez Mejías incumplió su palabra, hizo su faena con extrema precaución y la tarde acabó sin percances, entre burlas de los compañeros de Blanquet...»

Sánchez Mejías salió por su propio pie del coso maestrante. Pero cuando se dirigían hacia su compromiso del día siguiente, Blanquet murió en su asiento del tren de un ataque al corazón. El olor a cera había anunciado esta vez su propia muerte.
La siguiente década, la de los 30, llegaría el llanto por Ignacio, el mismo que había velado la muerte de Joselito y que también había tenido a Blanquet en sus filas. La muerte le esperaba en las astas de «Granadino».

Enrique Berenguer, “Blanquet”, si saberlo, poseía lo que se llama la clariesencia u osmogénesis y que es la percepción extrasensorial de olores sin justificación alguna, con un origen desconocido que son preludio de alguna otra manifestación, como en estos casos, la muerte.

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