'..Pablo Aguado volvió a abrir la Puerta del Príncipe siete años después y devolvió a la Maestranza una de esas tardes que quedan más allá de las orejas. Tres cortó el sevillano, pero fue su toreo, natural y pausado, el que volvió a emborrachar de Sevilla a la plaza..'
Pablo Aguado Lucena, "torero de Sevilla"
María Padillo
Hay tardes que se cuentan por las orejas. Y hay tardes que, cuando cae la noche, uno sabe que no va a recordar por los trofeos. La de ayer en la Maestranza pertenece a las segundas. Pablo Aguado volvió a abrir la Puerta del Príncipe siete años después de aquella tarde de mayo de 2019 y lo hizo ante un público que, por momentos, dejó de mirar el reloj, el reglamento y hasta el resultado. Solo quiso mirar al torero.
Y Sevilla lo despidió como lo hace cuando reconoce a uno de los suyos. Aguado abandonó la Maestranza a hombros, entre los vítores de «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!», camino del Hotel Colón. Tras cortar tres orejas, el sevillano volvía a encontrarse con una plaza que llevaba demasiado tiempo esperando una tarde como esta.
Con Iniciado, el primero de su lote, apareció ese Aguado que tantas veces ha enamorado a esta ciudad. El de la naturalidad, el temple y la sevillanía. Los derechazos tuvieron esa armonía suya que hace que todo parezca fácil. Y quizá esa sea precisamente una de sus mayores virtudes: conseguir que lo difícil parezca sencillo.
Pero lo de Peleador fue otra cosa.
Aguado sabía que ahí estaba la Puerta del Príncipe. Y volvió a mecer al toro con el capote, volvió a templarlo con la muleta y volvió a hacer que el tiempo pareciera ir más despacio. Hubo muletazos que no parecían terminar. Y hubo pases de pecho que, por un instante, parecieron quedarse suspendidos en el aire.
La espada, sin embargo, puso una nota incómoda en una tarde que parecía escrita para terminar de otra manera. La estocada cayó atravesada, fueron necesarios tres descabellos y sonaron dos avisos. La oreja, por tanto, abrió un debate inevitable. Los pañuelos blancos aparecieron de forma masiva y la presidencia terminó concediéndola. El reglamento y la emoción volvieron a encontrarse en ese territorio en el que, a veces, no hablan exactamente el mismo idioma.
Pero quizá tampoco haya que quedarse ahí.
Quizá con el paso de los días se discuta aquella decisión. Se recordarán los avisos, los descabellos y la espada. Todo eso quedará en la estadística y en la crónica. Porque las orejas son, como tantas veces se ha dicho, solamente «despojos». Lo verdaderamente importante no se corta ni se levanta en la mano. Queda en quienes estuvieron allí.
Y ayer la Maestranza se emborrachó de toreo.
No de triunfalismo. De toreo.
De ese que no necesita gritos para hacerse notar. Del que consigue que miles de personas miren al mismo sitio y, durante unos segundos, parezcan olvidarse de todo lo demás.
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