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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 11 de diciembre de 2016

LOS INTELECTUALES Y EL TOREO. / Aniversario del homenaje a Manolete en Lhardy / por José María Sánchez Martínez-Rivero


Imagen tomada durante el homenaje al torero Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, 'Manolete', celebrado en diciembre de 1944 en el restaurante Lhardy. Entre los asistentes estuvieron Raimundo Fernández Cuesta, Agustín de Foxá, Edgar Neville y José María Pemán... Foto: D.R.

LOS INTELECTUALES Y EL TOREO.

José María Sánchez Martínez-Rivero 
En Collado Villalba, diciembre de 2016
Hoy, día 11 de este mes de diciembre, se cumplen 72 años del homenaje, celebrado en Lhardy, en 1944, en el que los intelectuales de la época, agasajaron y glosaron la figura del diestro Manuel Rodríguez Sánchez, “Manolete”. Analicemos el fenómeno del interés de los intelectuales por el toreo. No es un fenómeno nuevo.

Estando Juan Belmonte en sus comienzos y también en la cúspide del toreo se dio ese interés de los intelectuales por la Tauromaquia o dicho más propiamente, por alguna de las figuras del toreo que deslumbraban a los aficionados entonces.

Juan Belmonte, con Valle-Inclán, Pérez de Ayala y Sebastián Miranda, en el estudio de este último frente al Retiro,

El propio Juan Belmonte relata este acercamiento a la intelectualidad de la época en el libro autobiográfico: “Juan Belmonte matador de toros”, escrito por Manuel Chaves Nogales y publicado por Alianza Editorial en 1969. Dice así:

La misma noche que entré en Madrid fui a caer en el café de Fornos, y me senté casualmente junto a una tertulia de escritores y artistas que allí se reunían habitualmente. Formaban parte de aquella tertulia el escultor Julio Antonio, Romero de Torres, don Ramón del Valle Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Sebastián Miranda y algunos otros.

Aquella misma noche, Sebastián Miranda estuvo haciéndome un apunte, y desde aquel momento trabamos
amistad. Fui después a visitarle a un estudio que tenía en la calle de Montalban, y me sentí fuertemente atraído por la vida extraordinaria de los artistas y los escritores, que para mí estaba envuelta en una aureola bohemia y romántica. Procuré desde el primer momento ganarme sus simpatías, y vi maravillado que me las otorgaban con largueza. Yo iba al estudio de Sebastián Miranda, me colocaba discretamente en un rinconcito y los oía discutir poniendo mis cinco sentidos en comprender lo que decían. No era floja tarea; empezó entonces para mí la difícil gimnasia mental de pasarme horas y horas oyendo hablar de cosas que no entendía. Pronto fui haciéndome mi composición de lugar y creí descubrir a través de las diferencias de estilo y lenguaje una extraña semejanza entre aquellos artistas y escritores de espíritu rebelde y los anarquistas de la pandilla de Triana. Algo era común a unos y a otros.

El esfuerzo de comprensión que tuve que hacer fue grandioso. Venir de robar naranjas por las huertas de los alrededores de Sevilla a sentarme en aquél cenáculo de artistas gloriosos, que discutían abstrusos problemas de filosofía o estética, era una transición demasiado brusca, y yo procuraba extremar mi discreción. Ellos me animaban con su benevolencia, pareciéndoles que su conducta y mis palabras eran siempre demasiado prudentes para ser mías, es decir, de un torerillo semianalfabeto. 

Llegué a no hallarme a gusto más que entre aquellas gentes, tan distintas de mí, y muchas noches me quedaba incluso a dormir en el estudio de Miranda. Me subyugaba la fuerte personalidad de aquellos hombres: Julio Antonio, Enrique de Mesa, Pérez de Ayala y, sobre todo, Valle Inclán.

Don Ramón, era para mí, un ser casi sobrenatural. Se me quedaba mirando mientras se peinaba con las púas de sus dedos afilados su barba descomunal, me decía con gran énfasis:

- ¡Juanito no te falta más que morir en la plaza!

- Se hará lo que se pueda, don Ramón – contestaba yo modestamente.

Se les ocurrió a aquellos hombres hacerme un homenaje. Redactaron una convocatoria en la que con las firmas de Romero de Torres, Julio Antonio, Sebastián Miranda y Valle Inclán, se decía que el toreo no era de más baja jerarquía estética que las bellas artes, se despreciaba a los políticos y se sentaban algunas audaces afirmaciones estéticas. Yo estaba verdaderamente aturdido al sentirme causa de todo aquello. 

Se celebró, el banquete en el Retiro, lugar donde entonces se reunía a cenar la gente elegante de Madrid. El dueño del restaurante, al ver que se trataba de un banquete a un novillero, puso discretamente la mesa en un rinconcito, disimulando, para que no espantásemos a su selecta clientela. Pero llegó don Ramón, le pareció mal el sitio, y armó un escándalo terrible. Se fue hacía el dueño, un industrial con mucha prestancia, que estaba en su bufetillo, y le dijo:

- ¡Tú, levántate!

El hombre balbuceó, sorprendido e impresionado por el talante de Valle Inclán.

-¿Qué desea usted, señor?

-¿Dónde nos has puesto, bellaco? –gritó don Ramón -, ¿Dónde nos has puesto, di?

El pobre hombre, aturdido, ensayaba unas disculpas.

- Es un sitio de la casa como otro cualquiera.

- ¡También es un sitio el watercloset! –replicó don Ramón -. ¡Colócanos en el sitio de honor, badulaque! ¿Sabes quienes somos? ¿Sabes quien es este hombre? Y me señalaba con un gran ademán.

Yo quería que la tierra me tragase; me acercaba humildemente a don Ramón y le decía:

- Pero no se moleste usted; sí yo como en cualquier parte...

- ¡Qué es eso! –rugía él -. ¡En el sitio de honor he dicho!

Y, efectivamente, desalojaron a los clientes distinguidos, y allí me senté a comer, apabullado por los gloriosos nombres de los artistas y escritores que me rendían un aparatoso homenaje, sin que yo acertase a comprender bien la razón de que aquellos hombres me admirasen.

Este homenaje se celebró en la primavera de 1913. Más tarde, el escritor Ramón Pérez de Ayala sería el director de la campaña periodística que acompañaría a Juan Belmonte al encumbramiento como gran figura del toreo. Tuvo, además, Belmonte, gran amistad con otros intelectuales de su época, entre ellos el pintor Joaquín Sorolla, gran admirador y seguidor del trianero.

Hemos visto que el fenómeno del acercamiento de los intelectuales a las grandes figuras del toreo no era nuevo en la época de Manolete, y por lo tanto, a él, como grandiosa figura que fue, se acercaron, también, intelectuales y artistas que gozaban de gran prestigio. 

El 11 de diciembre de 1944 –han transcurrido 72 años-, como se ha dicho, se reunieron en Madrid, en el histórico restaurante Lhardy, prestigiosos intelectuales para ofrecerle un homenaje a Manolete. Entre los más destacados estaban: Agustín de Foxá, José María Alfaro, Alfredo Marquerie, Adriano del Valle, José María Pemán, Francisco Casares, Samuel Ros y José Vicente Puente alma de la organización del homenaje. Asistieron también, políticos, médicos, abogados de prestigio, pintores, músicos; es decir, una representación completa de la intelectualidad de la época que eran admiradores del torero.

Comentaba José Vicente Puente que en la organización de este homenaje no habían tenido en cuenta el que le dieron a Juan Belmonte en 1913 otra generación de intelectuales. Llevó un mes, aproximadamente, la organización del mismo. Entre los invitados, que en principio estaban en proyecto, figuraba don José María de Cossío, quien declinó la invitación ya que no era partidario del toreo de Manolete, sus razones tendría pero..., el homenaje continuó organizándose pese a esta baja y en nada quedó desmerecido por esa señalada falta.

Se eligió Lhardy, y su salón de la segunda planta, por ser un local con gran tradición, tanto política como taurina y literaria. Llegaron a reunirse en torno a Manolete unas cien personas. José Vicente Puente había pactado con varios de sus compañeros de letras, a los cuales podía acudir Manolete para que le hicieran el discurso dando las gracias, que no lo haría ninguno y que tendría que arreglárselas solo Manolete para agradecer el acto, esperando los organizadores, acudir a la improvisación que Manolete fuera capaz de hacer y así darle una mayor verdad a lo expresado por el diestro, que no tendría más remedio que “quitarse el toro de encima”

Al final del homenaje Manolete, poco hablador de costumbre, pronunció unas palabras agradeciendo el acto. Una vez terminada la alocución como le había fallado José Vicente Puente, dijo:

“ Me ha fallado José Vicente. Ya me las pagará. Si alguna vez se ve en un apuro, que no espere que yo le eche un capote. Ya lo sabe.”

Adriano del Valle, fue el primero en leer su poema A Manolete:

“ Córdoba al pie de la sierra...
Allí naciste torero 

porque lo quiso tu sino,

con tu tristeza de sauce

y tu empaque de obelisco.

Facistol, centras el ruedo

como quien sostiene un libro.

Si del Guerra la sentencia

la estampa de Lagartijo.”


  • Agustín de Foxá leyó su “Poema a Manolete”, una de cuyas estrofas decía:
“ Yo saludo al torero más valiente del ruedo. 

Saludo el abanico difícil de tu izquierda, que hace al toro satélite, luna de tu oro antiguo con órbita de estrellas.”

  • José María Alfaro leyó “Brindis a Manolete”:
“Está Manolo en pie, frente a la fiera, clavado por las mismas zapatillas que no han de ver el aire con la suela...

Porque trajiste–cuando así ganabas- en tu capa de sol la primavera, yo levanto mi copa entre los tuyos, Manolo, por tu estoque y tu muleta.”

  • Alfredo Marquerie leyó "A Manolete":
“ Junto al cuerno la muerte se ha dormido; estampa y bronce puro de la raza. 

¡ Qué gloria ser de Córdoba y torero! 

Desgajado del cosmos del tendido vuela y cae sobre el centro de la plaza un planeta sin órbita: un sombrero.”

También hicieron uso de la palabra en este acto, José María Pemán, cuyo discurso fue extraordinario; Raimundo Fernández Cuesta, Samuel Ros, Mourlane Michelena, García Serrano, Javier Millán Astray y Francisco Casares; secretario de la Asociación de la Prensa de Madrid, quien leyó las numerosas adhesiones al acto entre ellas las de Clarito y El Cachetero. Asistió también el rejoneador don Álvaro Domecq gran amigo del diestro de Córdoba.

Manolete presidía la mesa teniendo a su derecha a Raimundo Fernández Cuesta y a su izquierda a José María Alfaro. El marqués de la Valdavia ocupaba sitio preferente también. No hay que decir que su apoderado don José Flores tenía, igualmente, lugar de honor en la mesa.

En resumen, el acto resultó de una gran brillantez y los objetivos previstos por los organizadores se alcanzaron largamente. 

Terminemos este ensayo con lo expresado, en 1936, por Federico García Lorca en cuanto al toreo:

“El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”.

Por algo lo diría...



"Vendrán luego los versos,
el incienso y los mármoles.
Vendrá luego el responso
y la gloria y el salmo,
el culto absurdo trágico
a la muerte ensalzada;
y una fecha y un nombre
como un vano conjuro será,
al fin,
cuanto quede."

"Réquiem para un tiempo de posguerra"
Carlos Clementson