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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 28 de septiembre de 2021

VERÓNICA EN ESTADO DE GRACIA / por Víctor José López EL VITO



Hubo un momento, tiempo cuando en México se ponderaba como “la más hermosa y exquisita” la verónica de Luis Castro “El Soldado” que competía en garbo e intensidad con la de Lorenzo Garza y, como la pletórica de arte y peleaba en originalidad y creación con la infinita capacidad de la imaginación de Pepe Ortíz.

VERÓNICA EN ESTADO DE GRACIA

Víctor José López EL VITO
A LOS TOROS / 28 de septiembre de 2021
Me cuentan los testigos del quehacer de aquellos toreros, artistas en tiempos que para apreciar la grandeza de las suertes era necesario ir a la plaza. Ayudaban las fotos, aunque entonces poco lo hizo el cine. La técnica era precaria y circunstancial. Aún no había nacido la industria, la que comenzaba a dar sus primeros pasos. No es atrevido asegurar que fue Manolete el que trajo a la tauromaquia, un nuevo concepto del arte de torear. Con el “monstruo” se enfrentaron dos modalidades de orden técnico: el cite, lo que se conoce como enhilarse con el toro, anulando la distancia.

Es el llamado toreo en paralelo, y la perfección en la ejecución del último tiempo de la suerte… Ahí lo tienen, amables y pacientes lectores, tema bien servido para gozar en polémica discusión: cruzarse o ligar.

No imaginé que en el remate de la pandemia tendría el privilegio de ver competir en belleza tres escultores de la verónica, le aseguro que son pocas las veces la afición ha vivido lo que hoy disfrutamos con el dominio de los tiempos en la cinematografía y su apoyo a la televisión.

Hubo un momento, tiempo cuando en México se ponderaba como “la más hermosa y exquisita” la verónica de Luis Castro “El Soldado” que competía en garbo e intensidad con la de Lorenzo Garza y, como la pletórica de arte y peleaba en originalidad y creación con la infinita capacidad de la imaginación de Pepe Ortíz.

Sobran, y se aprecian, ejecutores del lance. Ninguno como el sevillano Manuel Jiménez “Chicuelo”, otros como el trianero Francisco Vega de los Reyes “Curro Puya”, el vallisoletano Fernando Domínguez, el moreliano Chucho Solórzano y aquel del madrileño Embajadores, Manolo Escudero o el maestro de Ronda, Antonio Ordóñez colocado en el pináculo de la gloria junto al maestro de Camas, Paco Camino. … 
Hoy podemos ufanarnos de ser testigos del arte de Morante de la Puebla, Juan Ortega y Pablo Aguado, tres sevillanos que tuvieron antecedentes en madrileños como el mencionado Escudero, Andaluz y Curro Caro “El torero de cristal”, vallisoletanos como el tío de Roberto Dominguez y sobre todo el genial Sócrates de San Bernardo: Pepe Luis Vázquez.

Fue Pepe Luis el que le abrió los caminos de sevillanía a Pepín Martín Vazquez con su verónica, lance admirado en su capote sevillano por el cordobés Manuel Rodríguez.

Son aquellos lo que es hoy la sociedad de admiración que viven con intensidad Morante, Ortega y Aguado.

Insisto, no es intención abonar una polémica, solo intento expresar mi alegría por ser privilegiado y vivir, ver, y ser testigo una y cien veces, de la capacidad de creación de los tres toreros sevillanos.

Eso sí, con la venia de mis muy respetados lectores, aprovecho la oportunidad para transcribir unas líneas de una crónica escrita por Carlos Septién, el 3 de marzo de 1944 cuando Armillita, El Soldado y Procuna torearon toros de Torrecillas. La pluma jarocha del Tío Carlos, misma que apuntó notas en el pentagrama de Agustín Lara y que también escribió lineas en los poemas que hablan de Veracruz y que canta Toña La Negra.

Transcribo de Carlos Septién la expresión del torero de Mixcoac, Luis Castro “El Soldado”.


-Sobre la arena húmeda – olor a tierra mojada, cabrilleo de sol tímido – se abrió el asombro de un capote de torear duro y moreno como el bronce, hondo y suave como una caricia. Rosas de hierro forjado resbalaron al suelo de entre sus pliegos florecidos; rosas de hierro como las de una balconería de palacio virreinal. A fuego vivo labró el artista ante nosotros su milagro; cuatro lances como rosas de forja dieciochesca. Y la multitud se entregó ante el prodigio; porque había presenciado la resurrección de los viejos, desdeñados prestigios de la verónica…. ¡Qué honda revolución hubo en los tendidos ante los lances de Luis Castro! Tembló la plaza hasta sus cimientos: temblaron los huesos de acero de su oxidado esqueleto. Y hubo un clamor inacabable que llenó los ámbitos y se perdió, allá arriba, entre las nubes cargadas de lluvia y los claros azules de una tarde equívoca. ¡Qué honda revolución! … Y fue así porque se trataba de una revolución auténtica: porque había aparecido el único capaz de sacudir hasta la entraña a las multitudes y que es lo tradicional. Porque había aparecido esa cosa enteramente nueva que es lo viejo; esa cosa francamente moderna que es lo antiguo. Porque no había allí improvisaciones deleznables, ni jueguitos frágiles, ni fugaces modernismos retorcidos, sino que obra robusta como la tradición, vigorosa como la savia secular de las encinas, fuerte y madura como las ideas que desde hace siglos alimentan la vida de un pueblo. Porque lo que Luis Castro había hecho con sus lances era apartar la hiedra brilante y falsa que encubría el árbol. Y entonces habíamos saboreado la ruda hermosura de la áspera corteza engreída de sol y de lluvias, curtida de primavera y tempestades.
-En cuándo aparece lo clásico en la arena, huyen las mixtificaciones del arte de torear.


CUANDO PABLO AGUADO trató de cortar el toro y hacer el quite sintió un pinchazo por detrás de la rodilla derecha. Fuimos testigos de lo que sucedía, gracias a la estupenda transmisión de Toros Plaza. Pablo Aguado Al final, en el sexto, cuando ya había enterrado la espada, la rodilla dijo basta. Aguado prácticamente no podía apoyarla. Morante quiso ayudar con el descabello, pero el sevillano impuso el honor al dolor. Y finalizó su misión. Deberá pasar por el quirófano este mismo lunes día 20 para "restablecer cuanto antes las lesiones de ligamento y menisco de la rodilla derecha", lesión que venía arrastrando desde principios de 2019. Los médicos le habían aconsejado fortalecer muscularmente la pierna para evitar el quirófano. Todo parece indicar que el quirófano será un destino inevitable finalmente.


EN SEVILLA, igual que en Madrid, ocurren cosas que no suceden en otras plazas del orbe taurino. No con tanta frecuencia. Como el brindis de Juan Ortega a su apoderado, Pepe Luis Vargas. Vargas ha sido un torero muy respetable, matador de toros que regó con su sangre el albero de El Baratillo. Pues, Pepe Luis se negó pisar el ruedo de la Maestranza, cuando su poderdante le brindó un toro. Eso se llama “respeto por lo que significa este templo taurino”, lo que ha significado en la vida profesional de Pepe Luis Vargas.


EL MANO A MANO entre Morante de la Puebla y Juan Ortega ha sido un enfrentamiento ideológico, si pudiera caber la palabra ideología como manera de expresar la lidia y la vida un matador de toros. Morante es joselitista, y Juan belmontista…¡Y Sevilla es Sevilla, con su Sócrates de San Bernardo!

Pepe Luis, el genio que curtió su capote en el arrabal sevillano y Chicuelo que con su vencejo ató lo que pensaba hacer Belmonte con lo hecho por Manolete.
SOBRESALIÓ en el duelo el recuerdo al genio de la Alameda, Manuel Jiménez “Chicuelo”, el torero que convirtió México en la extensión revolucionaria en la evolución plástica del toreo, como hoy lo reconoce con mucho de literatura de Zabala de la Serna cuando evoca “La Hora de los Vencejos" de Elena de Alonso en su relato. Un brindis a Chicuelo dirigido a su hijo y a su nieto y expresado en chicuelinas por Juan Ortega.

SÓLO en Sevilla, y en la Maestranza puede caber tanta gloria, tanta que en los toros solo un vencejo es capaz de atar en un cartel, una tarde o una época.

¡Tanto arte con la verónica! . Gracias, Vicente.

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