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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 30 de abril de 2026

El judío al pie del vagón / por José Javier Esparza


'..Uno siempre se pregunta por qué nadie se levanta, por qué nadie se rebela, por qué nadie se abalanza sobre el fusil del guardia, por qué nadie «hace nada»..'

El judío al pie del vagón

José Javier Esparza
Una imagen que siempre golpea las conciencias: la de esos judíos al pie del vagón, esperando la deportación, todos en mansas filas, ataviados con sus sombreros y sus abrigos y sus maletas, como cualquier burgués que marchara de vacaciones. Uno siempre se pregunta por qué nadie se levanta, por qué nadie se rebela, por qué nadie se abalanza sobre el fusil del guardia, por qué nadie «hace nada». Si se prefiere una imagen más castiza, pensemos en un Calvo Sotelo, el hombre de orden por antonomasia, asaltado alevosamente en su casa por la policía del Frente Popular: puesto en tal tesitura, Calvo Sotelo termina confiando en los asaltantes porque hay un capitán de la Guardia Civil y éste, al fin y al cabo, es la autoridad. «La autoridad»: esta es la clave. Nadie «hace nada» porque se supone que es la autoridad la que tiene que hacerlo. Y sin embargo…

Uno entiende sin dificultad que alguien asalte las instituciones. La dialéctica orden/desorden es la base misma de la Historia política. Pero las cosas cambian cuando son las instituciones las que te asaltan a ti. Aquí los conceptos de orden y desorden se subvierten, todos los puntos de referencia propiamente políticos desaparecen y la persona queda completamente desamparada, inerme, paralizada en un paisaje en el que ya no hay literalmente capacidad de reacción. Uno mira alrededor esperando «que alguien haga algo», pero ya nadie puede hacer nada porque, previamente, hemos depositado nuestra libertad en quien posee la autoridad. En las instituciones. En el orden. Nadie hace nada porque ya no ha quedado nadie. El último recurso sería el sacrificio, morir defendiendo a tiros la inviolabilidad del propio domicilio, como ese militante socialista del que habla Jünger en La Emboscadura y que, al cabo, encarnó las viejas libertades germánicas mejor que sus agresores. Un héroe. Pero es injusto exigir heroísmo al común de los mortales.

Lo que estamos viviendo hoy en España, a poco que uno tome una cierta distancia, nos sumerge en una situación de ese género: la del desamparo. He aquí a un tipo que construye su poder escalando mentira tras mentira; que sucesivamente ha ido conquistando, comprando o neutralizando (o las tres cosas a la vez) a:

su partido, a la mayoría mediática, al poder económico, a la Fiscalía, a los recursos públicos, al Tribunal Constitucional, al órgano de gobierno de los jueces, al Parlamento, al círculo más íntimo de la Corona, a una parte sustancial de la Conferencia Episcopal…

Ahora el último golpe es apoderarse también del sistema democrático por el expeditivo procedimiento de cambiar al demos: la nacionalización de al menos dos millones de extranjeros so capa de ser nietos de españoles supuestamente «víctimas del franquismo», más el acceso a la nacionalidad de cerca de otro millón de inmigrantes (un 25% de ellos, marroquíes) en los últimos años, más lo que se sumarán en los próximos a medida que vayan consolidando su «regularización» administrativa… Todo eso supone el mayor golpe de Estado imaginable: ya no cambiar violentamente el poder del Estado, sino cambiar el Estado mismo por la vía de constituir una nación nueva, una población distinta. Es un golpe de una osadía asombrosa. Y, en efecto, «nadie hace nada». Porque ya no hay «nadie». Porque las instituciones ya han sido corrompidas y forman parte del mismo juego.

Los dados corren sobre la mesa pero la partida aún no está decidida. A todo esto se le puede dar aún la vuelta. Pero sólo si los jugadores son conscientes del envite: nada menos que la supervivencia de la nación.

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