'..Las reacciones son un esperpento. «Línea roja», decía El País. Pactar con ETA, amnistiar a los golpistas, regalar el Sáhara… eran anecdotillas. Hay que entenderles. La prioridad nacional es un giro copernicano porque veníamos de la postergación nacional, donde lo nacional solo se aceptaba para romperlo en los pedazos de lo plural..'
La prioridad, giro copernicano
HUGHES
Con la introducción de la prioridad nacional, lo que se dice en la calle alcanza las moquetas. ¿No era eso de lo que se trataba?
Las reacciones son un esperpento. «Línea roja», decía El País. Pactar con ETA, amnistiar a los golpistas, regalar el Sáhara… eran anecdotillas. Hay que entenderles. La prioridad nacional es un giro copernicano porque veníamos de la postergación nacional, donde lo nacional solo se aceptaba para romperlo en los pedazos de lo plural.
En la derecha se viene de Rajoy, cuya nada (collonadas) hemos vuelto a escuchar. Ese vacío suyo que daba ansiedad lo llenaron los centristas de Ciudadanos con su ciudadanismo. Tuvo su momento y su buena intención pero era tomar la salida fácil ante el problema nacional. Reducían el hecho español a una cuestión administrativa. Ojalá fuera tan sencillo. La inmigración masiva complica las cosas pero también las reduce al absurdo. Si meten cinco millones de personas y se les dan papeles, serán tan españoles como el que más. De modo que, igual que hay una maquinita de imprimir billetes, hay una de crear españoles… Si le preguntásemos a un billete, se quejaría, ¡ya no valgo apenas! pero los españoles ni controlan la maquinita, ni pueden quejarse.
Sólo pueden constatar los efectos y aunque Ayuso diga que unos no quitan a los otros, los recursos son finitos y sólo hay que ir a una consulta y mirar: extranjeros por doquier ocupando el sitio de quienes han sostenido durante décadas el Estado de Bienestar. La gente se da cuenta y no odia al extranjero. Le desea lo mejor. Odia a los que han decidido esto.
Con el trabajador y los beneficiarios de las ayudas, la izquierda ha acabado haciendo lo mismo que con las mujeres; proclamaban el feminismo y terminaron abriendo la condición de mujer al hombre, y con el trabajador español, al que decían proteger, han hecho parecida cosa trayendo otros para que ocupen su lugar.
El caso danés
Ya vimos que la preferencia nacional francesa ni siquiera comienza con la derecha de Le Pen. Surge antes en una izquierda nacional que quiere proteger a su trabajador. Y se pueden encontrar actualmente en la Europa civilizada cosas peores que la distinción entre nacionales y extranjeros a la hora de acceder a una ayuda social.
En Dinamarca lo hacen entre daneses y «no occidentales», con una ley con amplio consenso desde el centro derecha hasta la socialdemocracia de Mette Frederiksen, que al ser elegida primera ministra la endureció. La «ley de guetos» o, por maquillar, de «sociedades paralelas», llamada así por las zonas o barrios en los que se den ciertas características socioeconómicas (alto desempleo, criminalidad…) y más de un 50% de residentes no occidentales. La categoría «no occidental» es, dicen, técnica, extraída del servicio danés de estadística, e incluye a miembros de la UE, microestados europeos como Mónaco o Andorra, al Reino Unido y países anglosajones. El resto son no occidentales. Y ser no occidental en más de la mitad de un barrio supone restricciones a la vivienda, endurecimientos penales y exigencias reforzadas de integración. Fundamentalmente, se limita la vivienda social.
El objetivo de la ley es integrar a la inmigración, pero en la práctica se discrimina a gente por su origen étnico. No solo a los inmigrantes. También a los hijos de los inmigrantes. Alguien nacido en Dinamarca con nacionalidad danesa será considerado de «origen no occidental» si sus padres son de Ecuador, y occidental si son de EEUU.
Los nórdicos eran nuestro faro. El progre pasó de perseguir a la sueca a perseguir el modelo sueco. Pero así se las gastan los socialdemócratas daneses. A esto no lo han llamado fascismo, por decoro, sino chovinismo del bienestar. El mundo no es lo que nos cuentan.
El nosotros
Los críticos de la prioridad nacional se agarran unos a la Constitución, otros al catón del progresismo, otros al humanismo cristiano, a la decencia o al liberalismo, que lo aguanta todo, y en general, menosprecian sus efectos. No ven o no quieren ver el cambio que supone. Lleva el nosotros a lo contante y sonante, a los expedientes; es como si recuperase la frontera, el concepto de frontera, y la pusiera aquí o allí, en una lista, en unas ayudas, en la ciudad, en el barrio; y dibuja, prefigura o deja intuir una relación más directa entre las decisiones y los españoles. El nosotros, que existe, no quiere quedar sepultado con palabrería en el Congreso, usurpado de simbolismo en Zarzuela, ni alejado de las cosas y burlado por reglamentos, normas e instituciones; ni acomplejado ante los grandes escrúpulos de idealidad europea; muy al contrario, ese nosotros quiere ver los resultados, quiere preferirse, quiere que se note. No es heroico, quizás, se ha visto seguro en circunstancias de mayor bizarría, pero se dice por vez primera. Lo están viendo como una lucha contra el extranjero, pero se dirige hacia el poder y las instituciones.

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