
Para lo que sí está sirviendo el juicio es para traernos de nuevo al presente a Mariano Rajoy Brey, un jarrón chino (González dixit) que se asoma al mundo tangible de cuando en cuando para recordarnos que él también estuvo en La Moncloa, a pesar de sus peculiaridades. Durante su comparecencia de esta semana ante la juez, al ser preguntado por el hecho de que varios de los imputados en la trama de presunto espionaje en el Ministerio del Interior de su Gobierno le conocían como «El Barbas», o «El Asturiano», él se limitó a responder: «Mire usted, yo me llamo Mariano Rajoy, y la gente me podrá llamar como quiera, pregúntele a ellos». Y se quedó tan pancho, oiga.
Rajoy ha acostumbrado a los españoles a estas frases suyas, de hondo contenido gallego, pero que además demuestran una cierta forma de desprecio hacia la inteligencia ajena. Vamos, que te trata como si fueses tonto. Tiene esa pachorra que da siempre la condición de «ex» algo, como esas personas que al enterarse de que ha muerto su madre de un infarto, dicen, arqueando una ceja: «Si es que…, es ley de vida…», y siguen haciendo su sudoku. A Rajoy no hay nada aparentemente que le pueda sacar de ese estado aparentemente vegetal en el que milita desde su nacimiento, y que sin duda le ayudó mucho, durante su etapa de presidente, a seguir defendiendo las bondades de bajar los impuestos mientras los subía más de lo que propuso Izquierda Unida.
La pachorra atlántica tiene muchas ventajas, pero uno de los mayores inconvenientes es que suele sacar de quicio al resto de los mortales. Porque el juicio del caso Kitchen no es ninguna tontería; estamos hablando de una presunta trama ilegal para realizar espionajes, entre otros, a quien fuera el tesorero del PP, Luis Bárcenas, primero hombre de confianza de Rajoy, después enemigo público número uno de Génova. En esa presunta trama, obviamente, se habría utilizado dinero público. Cospedal, otra de las comparecientes, trató de negar ante la juez que tuviera con Villarejo una relación de confianza, limitando sus conversaciones, según dijo, a saber qué repercusión tendrían ciertas informaciones en los medios de información. Versión difícil de creer, a no ser que se esté dispuesto a creérselo todo, claro.
En el fondo, a poco que se fijen, es llamativo lo parecido que es cualquier juicio relacionado con mandatarios del PP a cualquier otro juicio relacionado con mandatarios del PSOE. Son las mismas actitudes despóticas y chulescas, los mismos aires de una superioridad que sólo existe en sus cerebelos, el mismo desprecio por la pobre gente tan vulgar como para levantarse cuando le suena el despertador para ir al trabajo. El bipartidismo vive en una burbuja de privilegios que se ha fabricado a sí mismo, y del que solamente sale para, como es el caso, acudir a un tribunal y aparentar que se enfrenta a durísimas penas de cárcel, como los mortales. Aunque los mortales sepamos de antemano cómo terminan casi siempre estos juicios donde los jueces miran de reojo a los altos tribunales manejados por el PSOE y el PP.
Esos alardes retóricos suyos, a medio camino entre Camilo José Cela y Antonio Ozores, como el famoso “es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”, o aquel otro de «me gustan los catalanes, hacen cosas», no describen solamente una forma de ser y de pensar, sino también una forma de naturalidad que tiene una frontera muy próxima a la mala educación. Acudir a un tribunal con esa expresión de empleado de banca en prejubilación, tratando de que sus obviedades resulten chistosas a la juez, lo único que le garantiza a Mariano Rajoy es el recuerdo colectivo que tenemos la mayoría de los españoles sobre su etapa como presidente: fue, en efecto, la tercera legislatura de Zapatero. El Gobierno incapaz de Mariano, el inane.
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