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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 10 de diciembre de 2016

Ponce cumplió ayer 45 años. Hace 21 lo celebramos por la noche volando desde Quito a Lima / por J.A. del Moral



Ponce cumplió ayer 45 años. Hace 21 lo celebramos por la noche volando desde Quito a Lima

J.A. del Moral · 09/12/2016
Por la mañana había indultado su segundo toro en la plaza de Iñaquito y debimos viajar a Lima a primera hora de la tarde porque al día siguiente toreaba en Acho la primera de sus corridas de la feria del Señor de los Milagros. 

En este vuelo se nos adelantaron su apoderado y la cuadrilla. Enrique y yo nos quedamos en Quito porque el ex-presidente de la República de Ecuador le invitó a comer y a petición de Ponce, les acompañé. A este almuerzo asistió también el Embajador de España y el ágape se extendió tanto que perdimos el primer vuelo a Lima. Alertado y francamente nervioso, advertí de la fatal pérdida de este vuelo. Pero nos aseguraron que había otro a las 6 de la tarde. Pero también perdimos este porque el ex-presidente se empeñó en que Enrique fuera a su casa para que le conocieran sus hijas. Lo que hicimos. 
A Ponce pareció no importarle tantos retrasos y a poco de llegar la hora de tomar el segundo avión, viajamos rápidamente al aeropuerto. Al llegar, el embarque ya estaba cerrado. Yo tuve un enfrentamiento bastante fuerte con el Embajador que volvió a tranquilizarnos afirmando que podríamos viajar a Lima en un avión que partía de Caracas hacia Lima haciendo escala en Quito y en Guayaquil. Y en este nos fuimos por fin tras varias horas en la que yo no pude contener mi disgusto mientras Enrique permaneció tranquilísimo. Increíble…

Fuimos prácticamente solos en el avión que era de los grandes. Las azafatas se perdieron en la cabina de los pilotos y, cuando dieron las 12 de la noche, le dije a Enrique: “Oye, qué acabas de cumplir años. ¡Felicidades!” Nos damos un abrazo y yo me levanté para ir a la cabina. Cuando me abrieron la puerta, les dije a las azafatas y a los pilotos que quien iba conmigo era Enrique Ponce y que organizaran algo porque acababa de cumplir el aniversario de su nacimiento y había que celebrarlo. Dicho y hecho. Las azafatas sirvieron champagne y dulces, se unieron brevemente los pilotos y lo pasamos en grande.

Cuando llegamos a Lima eran casi las 2 de la madrugada y rápidamente los que estaban esperándonos nos llevaron al Hotel Sheraton. Me sorprendió el casino que había en la inmensa planta baja. Algunos de la cuadrilla de Ponce estaban allí jugando a la ruleta.

Al despertar, vi Lima por primera vez en mi vida…. Y salí a la calle. Había tanquetas del Ejército peruano. Si. Todavía patrullaban…

Llegada la hora del apartado, A Juan Ruiz Palomares y a un servidor nos llevaron a la plaza Carlos Corno y Gabriel Tizón. Amabilísimos por cierto. Ambos me saludaron con mucha alegría afirmando que me conocían por mis libros. Me quedé estupefacto. Descubrí en ese momento que el poder de los libros es universal.

Luego de celebradas las tareas de enchiqueramiento, nos sentamos junto a un gran grupo de aficionados delante de uno de los bares que hay en el recinto cerrado de la plaza de Acho. Nunca había visto más y mejor ambiente previo a la corrida. Cuando les escuché hablar, no pude resistir decirles muy emocionado: “Se me saltan las lágrimas escuchándoles hablar un castellano tan perfecto a tantos miles de kilómetros distancia…” 

Pensé en este momento lo que tantas veces había escuchado decir: ¡Qué lejos se ve Lima desde España y qué cerca se ve España desde Lima”.