la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 23 de septiembre de 2012

El toreo no puede andar entre los bobos / Por I. Ruiz Quintano


Victorino de Bilbao
Verano, 2012

Las incomprensiones y oposiciones que rechazan el toreo no son otra cosa, en definitiva, más que odio mortal a la inteligencia: “Es el rencor sentimental de intelectuales de improvisación, que son sentimentales disfrazados, sin sensibilidad todavía para su natural, y sobrenatural, espiritual, entendimiento.”


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Un catedrático de Ética ha dictaminado en Barcelona que los toros no son cultura, porque cultura es cultivo de la humanidad (?) y tiene un sentido edificante (?). “Cultura es –afirma el catedrático– todo lo que podemos recomendar a un niño o al que no sabe.”

No sería cultura, pues, la escritura de este catedrático de Ética, y tampoco el Fórum de su pueblo, atacado por hordas levantiscas del progreso. En cambio, sería cultura el hecho de enviar a los niños a la cama o el acto de enseñar a un ciego a cruzar un paso de cebra. Entre los hechos y los actos están los acontecimientos, que Tierno, que también era catedrático, definía como “la realización en espectáculo de una concepción del mundo”: es decir –invirtiendo la fórmula–, que “todo espectáculo que significa una concepción del mundo es acontecimiento”.

Tierno creía, con razones de buen marxista que nunca osaría desmemoriarse de Dios –“es el más grave, casi increíble, suceso del alma olvidarse de Dios: se le puede negar, pero no parece fácil olvidarlo”–, que los toros son un acto colectivo de fe: el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español. El espectador de los toros, explicaba, se está continuamente ejercitando en la apreciación de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, de lo bello y de lo feo: “El que va a los toros es exactamente lo contrario de aquel aficionado a los espectáculos de quien dice Platón que no tolera que le hablen de la belleza en sí, de la justicia en sí y de otras cosas semejantes.” Sin obviar la lucha de clases: en el setecientos, el torero de a pie conquista el acontecimiento y la nobleza pierde la función directora, limitándose a ver, imitar y halagar. Todos los que sin riesgo miran al torero jugándose la vida son en ese momento, desde el punto de vista español, inferiores a él. Y esta inferioridad los iguala. Ante los toros, concluía Tierno, los españoles revalidan la sabiduría irracional de que sólo el aventurero y burlador de la muerte vive de modo superior a los demás.

Pero estábamos con un catedrático de Ética barcelonés y en medio de un paso de cebra. ¡De cebra! Que la cebra, aunque muerda, pasa por pacífico rumiante, frente a esa fiera totalitaria –fascista, naturalmente– que representa el toro, circunstancia que lleva a Llamazares, el comunista profesional, a “n’accepter pas les courses de taureaux”. Como buen comunista profesional, Llamazares es un puritano de cojones, y exige que los toros se televisen de madrugada, como las películas pornográficas, a fin de proteger a la juventud y a la infancia.

“Una corrida de toros es un espectáculo inmoral, y, por consiguiente, educador de la inteligencia”, leemos en “El arte de birlibirloque”, que es el arte que sabe que, en toda acción y obra del hombre, Dios pone siempre la mitad. O no la pone y tiene que ponerla el Diablo. Dice Bergamín: “La inteligencia es una aptitud o predisposición metafísica para torear”. Y remata con una media birlibirloquesca:

–El juego inteligente del toreo no puede andar entre los bobos, como dice un estribillo popular.

Vale que Llamazares deplore ahora la guerra y las efusiones de sangre, pero sus ramplonerías dialécticas contra los toros son las que en la materia vienen empleándose desde que hay solteronas en el mundo organizadas como clase social. Para “El arte de birlibirloque”, las incomprensiones y oposiciones que rechazan el toreo no son otra cosa, en definitiva, más que odio mortal a la inteligencia: “Es el rencor sentimental de intelectuales de improvisación, que son sentimentales disfrazados, sin sensibilidad todavía para su natural, y sobrenatural, espiritual, entendimiento.”


Llamazares exige en nombre del comunismo infantil que los toros se televisen de madrugada, 
como las películas pornográficas, a fin de proteger a los jóvenes y a los niños