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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 24 de febrero de 2016

Panda de golfos y déspotas




"...El corrupto del PP o del PSOE es repugnante, pero tiene fecha de caducidad. El de la ultraizquierda, por el contrario, quiere quedarse ahí para siempre, para regenerarnos mejor..."

  • Lo más llamativo, sin embargo, es el sorprendente manto de silencio que encubre la suciedad de la ultraizquierda. Desde los tribunales hasta las grandes cabeceras mediáticas, desde la Agencia Tributaria hasta los oligarcas del duopolio televisivo, ¡y hasta el arzobispo de Madrid!

Panda de golfos y déspotas

El Ayuntamiento ultra de Madrid ha consagrado el nepotismo como norma de gobierno: entre tuit y títere, la corporación municipal se ha llenado de padres, tíos, parejas, ex parejas, sobrinos y todo género de familiares, con sueldos más que apetecibles, bajo la excusa de la “confianza”. De Podemos a Nepotemos. ¿Más? El alcalde de Valencia, Ribó, cargó al Ayuntamiento los gastos de un acto de las mareas podemitas en la Coruña. Lo mismo hizo, por cierto, el alcalde de Zaragoza, Santisteve (el de la gomina). La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, añade sobre el nepotismo y la arbitrariedad contable la financiación del delito: ha cargado al erario municipal la factura de la luz de unos okupas. En Alicante, las bravas gentes de Compromís-Podemos aprovechan su poder para convertir la aulas en escenario de mítines, y así hemos tenido a la diputada Rita Bosaho reclutando voluntades en centros de enseñanza (llamativamente, para alumnos de entre 16 y 18 años). En Pamplona, la coalición ultra-abertzale que gobierna la ciudad ha impuesto la enseñanza exclusiva en euskera en escuelas infantiles, pese a la oposición de los padres. Esto es lo que hay.

En menos de un año de gobierno, la ultraizquierda “regeneradora” ha demostrado lo que realmente va a dar de sí: demagogia a punta de pala, radicalismo fanático, guerracivilismo, arbitrariedad contable y nepotismo, y eso sin contar con las llegadas de dinero extranjero. En definitiva, corrupción. O sea, más de lo mismo, pero con aspiración de permanencia. El corrupto del PP o del PSOE es repugnante, pero tiene fecha de caducidad. El de la ultraizquierda, por el contrario, quiere quedarse ahí para siempre, para regenerarnos mejor.

Lo más llamativo, sin embargo, es el sorprendente manto de silencio que encubre la suciedad de la ultraizquierda. Desde los tribunales hasta las grandes cabeceras mediáticas, desde la Agencia Tributaria hasta los oligarcas del duopolio televisivo, ¡y hasta el arzobispo de Madrid!, todos parecen de acuerdo en rodear a la ultraizquierda de una suerte de coraza protectora, archivar sus delitos, exculpar sus abusos, callar sus desmanes. La doble vara de medir es un clásico de nuestra vida política (¿alguien se ha enterado, por ejemplo, de que la ex alcaldesa socialista de Jerez acaba de ingresar en prisión por corrupta?), pero en el caso de Podemos alcanza dimensiones nunca vistas. Y aunque los medios independientes publiquen la verdad, no hay consecuencias palpables. La ultraizquierda se beneficia de una especie de bula de indulgencia –plenaria- que coloca a esta gente por encima del bien y del mal. O sea, en el mal. 

Vale la pena reflexionar sobre esta singularidad de la vida pública española, que ha llevado a nuestra sociedad a aceptar los abusos de la ultraizquierda con la misma mansedumbre con que las civilizaciones decadentes se entregan a los bárbaros. Hay algo de suicidio colectivo en esta ciega transigencia. También los troyanos quisieron creer que aquello era simplemente un caballo. En nuestro caso se trata más bien de un burro.