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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 4 de diciembre de 2016

Contra el aguacero, Jerez…/ por Joaquín Albaicín


Juana la del Pipa 
"...aquí no hay más tormenta que esa suya, cada uno de cuyos relámpagos restalla en forma de guiño al Borrico, a Terremoto y a Caracol, cantó por tangos una letra sobre un paraguas. Tonante, claro, con ese quejido suyo ronco y sentencioso que arranca los olés..."


Contra el aguacero, Jerez…

Foto de José Luis Chaín
En los toros, en cuanto empieza a llover, tres cuartos de los paganos de la plaza se convierten en tolilis. Abren el paraguas y no hay quien les haga desistir de permanecer encogidos bajo sus desplegadas varillas, como privados de raciocinio para percibir que, a fin de que no les caigan gotas en la cabeza, las riadas de agua acumuladas sobre la tela se están derramando sin cesar sobre sus muslos y los nuestros poniéndonos como auténticos pollos. En la calle, lo mismo. Rompe a llover, y quienes están al volante se olvidan de en qué consiste conducir un coche. En cuanto a los transeúntes, el tontolparaguas tarda apenas segundos en hacerse amo y señor de las aceras, repartiendo paraguazos a diestra y siniestra como si anduviera solo por la avenida.

La noche de Juana la del Pipa en la García Lorca de Casa Patas llovió, así que hasta llegar a destino vivimos una de esas noches de proliferación urbana del tontolparaguas. Menos mal que la gente lo cierra al entrar en los locales, porque sólo nos faltaba sumar al paraguazo, el cenizo. Ya se sabe, por lo demás, que esta gran gitana de Jerez trae siempre su propia tormenta, de natural purificadora.

Su cante en Latente, el más reciente espectáculo de José Maya estrenado hace un par de temporadas en el Español, es inolvidable para cuantos lo escuchamos, lo mismo que su recital de hace un año en esta misma sala. Hoy, aunque como más reconcentrada y acaso algo más mermada de facultades que entonces, forma de nuevo el lío. ¡No se esperaba otra cosa! Ademán traducido en estatua viviente, hosca mirada trastocada en ironía y un moño que es penacho de guerra alzado a mayor gloria del Gran Espíritu, su cante le hierve en las plantas de los pies para explotar por la chimenea de la garganta en castillo de oscuros y tonantes fuegos artificiales erigidos sobre la piedra de lo auténtico. Además, como si nos hubiera leído por telepatía el pensamiento y quisiera dejar claro que aquí no hay más tormenta que esa suya, cada uno de cuyos relámpagos restalla en forma de guiño al Borrico, a Terremoto y a Caracol, cantó por tangos una letra sobre un paraguas. Tonante, claro, con ese quejido suyo ronco y sentencioso que arranca los olés.

A Lela Soto, revelación en el espectáculo de su familia
Vicente Sordera en Casa Patas
recientemente presentado en Sevilla, Jerez y Nimes, así como en Holanda y Bélgica, la escuchábamos por vez primera. Nieta de Sordera y Josele, hija de Vicente Soto, sobrina de Ray Heredia, José Mercé y Sorderita… Larga y distinguida prosapia, en fin, es la que le avala y el anuncio de sus dos comparecencias en Casa Patas -como telonera de Juana la del Pipa y, al otro día, de su padre, cuyo Quijote Flamenco es una de los escasísimos exponentes de teatro flamenco de verdad que hayamos visto- nos recordó a aquellas corridas mixtas con
Curro, Paula y un Aparicio aún novillero. Dotada de ese inequívoco eco y ese buen compás por que se distinguen los Sordera, Lela bordó con donosura y sentimiento un fandango del Rubio que no muchos hubieran redondeado así y consiguió en la soleá por bulerías momentos de verdadera enjundia. Dejó impronta de cantaora seria y de verdad, llamada a continuar en la escena flamenca los éxitos de su saga.

Marta Heredia y Salomé Pavón, más aficionados como Juan Castellón, Jesús Bonanza, Diego Gallardo, Toni Fernández, María Larroca, Rufo, el pintor Antxon Lamazares o Isabel Mezquita se asomaron a este recital hilado con el soporte rítmico de la guitarra de Nono Jero y las palmas de Gregorio de Jerez y Juan Diego Valencia, y confirmarán a quien se lo pregunte lo cabal de mis palabras. O eso espero.

Ya se iba bailando Juana la del Pipa haciendo chasquear los dedos mientras le cantaba por bulerías Lela, y ya estaba este cronista apostado junto a la puerta, pensando en si daría tiempo de pedir abajo un cuenco de judiones de La Granja antes del cierre de la cocina. Por calzarse de madrugada una fabada la palmó Zuloaga, ya. Pero… ¡La emoción vivida bien valía correr el riesgo!

La publicación de estas líneas es prueba de que… ¡Sobrevivimos!

La noche de Juana la del Pipa en la García Lorca 
de Casa Patas