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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 30 de marzo de 2018

Viernes Santo. Nació para morir, murió para vivir


La creación de Adán en la Capilla Sixtina
Los desesperados forman parte de la facción del Maligno: tienen miedo a la muerte pero no a morir. Y sobre todo, temen a la vida.

Viernes Santo. Nació para morir, murió para vivir

A las 15,00 horas, entregó el Espíritu. El relato de la muerte del Nazareno emplea esa expresión: entregar el espíritu. No puede morir el espíritu, somos a la fuerza inmortales. Y sin embargo, el hombre siente pánico a la nada. Siente tanto terror a la nada que jamás lo reconocerá y, fuera de la esperanza, hija de la fe en Cristo, como Castilla, “envuelto en sus harapos desprecia cuanto ignora”. Como el avestruz, esconde la cabeza, no ante la muerte, sino ante la posibilidad de volver a no existir.

Porque claro, una cosa es sentir miedo a morir –humano, lógico y sensato- y otra cosa es el temor a la muerte. Un cristiano puede sentir el temor a la separación, al dolor del tránsito. No sentirlo así casi sería una muestra de demencia, pero no puede sentir miedo ante la muerte.

En 2018 sólo existe un tabú: la muerte 

El miedo a la muerte ha provocado la obsesión por la salud y la seguridad y el miedo a la muerte ha convertido a estos dos sectores económicos en el top de la rentabilidad.

Además, aceptamos cualquier merma de nuestra libertad si se hace en nombre de nuestra salud o de nuestra seguridad. Es el conjuro ante el pánico que nos provoca la muerte que, insisto, no es terror al fallecimiento sino terror a la nada o desesperación, que es el deseo morboso de fusión con la nada.

Por lo demás, morimos entre médicos que mienten, familiares que mienten… todo el mundo miente. Y la sanidad pública impone la muerte en silencio. En 2018 sólo queda un tabú: la muerte.

Pero la muerte no existe: no es muro, es cortina 

Los paganos hablaban de las necrópolis, la ciudad de los muertos. Si son muertos, no hay ciudad. Sin embargo, los cristianos lo cambiaron por dormitorios. No confundir con el ‘vamos a dormir’ con el que los revolucionarios franceses pretendían conjurar la desesperación que les provocaba la precitada idea de su desaparición. Para los cristianos, se trataba de un cuerpo dormido, a la espera de recuperar el espíritu, bien vivo, que lo animaba y que le volverá a animar cuando llegue el momento. El Espíritu que Cristo entregó al Padre a las 15,00 horas de aquel viernes, y el que todos debemos entregar al mismo ser: a Dios Padre. Por eso, también para los antiguos cristianos el día del fallecimiento, el de la muerte, era también el ‘dies natalis’.

El espíritu no puede morir. Somos, a la fuerza, inmortales 

Mírenlo de esta forma en este Viernes Santo: la muerte no es muro, es cortina. La muerte no existe, es paso a la vida eterna. Nacemos para morir y morimos para vivir: el que cree en mí no morirá jamás.

Cuando San Ignacio de Antioquia van a echarle a los leones. Exclama: ahora voy a nacer. Y recuerden a San Juan: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al padre…”. Lo dicho: un mero paso. O lo de Santa Teresa: ansiosa de verte, deseo morir.

Sólo Cristo puede conjurar el terror a la nada 

La muerte es la realización del hombre. ¡Viva la muerte, porque es vida!

Enfrente, los desesperados, que forman parte del ejército del Maligno, temen morir, temen a la muerte y, sobre todo, le tienen miedo a la vida. No saben entregar el espíritu para después recuperar el cuerpo.